miércoles, 15 de abril de 2020

Martes de la Octava de Pascua en una iglesia vacía

martes, 14 de abril de 2020
Martes Santo

Seguimos, durante toda la octava de Pascua, celebrando la resurrección del Señor como si fuera el primer día de la semana. No salimos del primer día de la semana, cuando la primera iglesia todavía lloraba por la muerte del Señor. 
La imagen de María Magdalena llorando junto al sepulcro de Jesús nos habla de la desolación de la Iglesia. Una vez le preguntaron a Jesús: «Por qué tus discípulos no ayunan?». Y Él contestó que los amigos del novio no pueden ayunar cuando están con el novio pero si un día les quitan al novio, entonces ayunarán. 
La primera Iglesia ayunó y lloró durante tres días, desde el Viernes Santo a la hora de nona, cuando el Salvador muere en la Cruz, hasta el domingo por la mañana cuando una mujer enamoradísima busca lo úinco que ella piensa que puede encontrar: el cuerpo muerto de aquel a quien ella sigue considerando su Señor. Cuando le preguntan «¿qué buscas?», ella responde: «a mi Señor».
¿Qué sería la Iglesia sin Jesús? Pues una Magdalena tristísima que habría muerto de pena hace dos mil años. Herido el Pastor se habrían dispersado las ovejas. 
Pero esa Iglesia desolada desde el Viernes Santo se encuentra con Cristo en la madrugada del domingo y se llena de alegría. La Iglesia acobardada se encuentra con Jesús y se convierte en Iglesia misionera. Las ovejas dispersas se reunen de nuevo en torno al altar para celebrar la victoria de Cristo sobre la la muerte y para celebrar su memorial hasta que vuelva. 
Teresa ha leído la primera lectura que está tomada de los Hechos de los Apóstoles y allí se ve esa transformación de la Iglesia que ahora anuncia por medio de San Pedro, ya sin miedo, la resurrección de Cristo. 
Se preguntaba el cardenal Newman, ahora San Juan Enrique Newman, por qué Jesús no se apareció a todos y quiso aparecerse solamente a unos pocos —unos quinientos— y nosotros no sabemos el por qué pero sí el para qué. Jesús se aparece a unos pocos para suscitar testigos de su resurrección. La providencia de Dios ha decidido que la salvación se realice por el ministerio de la predicación. Jesús habla a María Magdalena, María a los Apóstoles, los Apóstoles al mundo entero. Y así se propaga la buena noticia de corazón a corazón. Cor ad cor loquitur, era el lema del cardenal Newman: el corazón habla al corazón. 
Ha querido Dios que la salvación se propague por la predicación, el apostolado y los sacramentos para que se vea que la obra es suya y no de la elocuencia humana o de la humana capacidad de organización.
Jesús resucitado encarga a su Iglesia que anuncie el evangelio y bautice a los que crean, que perdone los pecados en el sacramento de la penitencia, que unja a los enfermos, que celebre el memorial de su Pasión en la Eucaristía…Y promete que, cuando su Iglesia haga eso, Él estará con ella.
Unos pocos, que sin Cristo nada podrían, se hacen fuertes en la fe y se convierten en levadura que hace fermentar toda la masa, sostienen la esperanza y llenan de alegría el mundo. 
Reina del Cielo, alégrate. Que se alegren la Iglesia y el mundo entero porque, verdaderamente, ha resucitado el Señor. 

lunes, 13 de abril de 2020

Lunes de la Octava de Pascua en una iglesia vacía

lunes, 13 de abril de 2020
Lunes de la Octava de Pascua

Después de la resurrección del Señor las mujeres corren a dar las noticia a los Apóstoles mientras los soldados dan explicaciones confusas a las autoridades hablando de un terremoto, del movimiento de la piedra del sepulcro y de su propio desvanecimiento. 
Los que aman a Jesucristo van a recibir la noticia primero con sorpresa y luego con alegría. Los que no aman a Cristo van a sentir miedo y van a hacer todo lo posible por desfigurar la verdad. Tanto los soldados como quienes los sobornan saben que, al acusar a los discípulos de haber robado el cuerpo de Jesús están cometiendo una injusticia. Se juntan el miedo, el dinero y los prejuicios para tratar de ahogar la verdad.
No hay que asombrarse de que, también hoy, al hablar de los asuntos de la Iglesia, algunos medio de comunicación obren de la misma manera: poniendo el foco de atención sobre cualquier escándalo, silenciando cualquier noticia buena y, lo que es peor, deformando la verdad. 
Y ese desprecio de la verdad se ve aún más en las redes sociales donde cualquiera puede inventar falsedades para desacreditar a la Iglesia.
¿Cómo podemos responder a todo eso? 
En primer lugar con nuestra alegría que es una prueba de que vivimos en la verdad. Estar alegres en la verdad que conocemos y no tener miedo de ser cristianos: «sé de quien me he fiado».
En segundo lugar con la caridad. «Estad dispuestos a dar razón de vuestra esperanza con dulzura y respeto». Si el que escucha ama y busca la verdad, agradecerá el testimonio que damos; si la rechaza aún hay esperanza de que algún día la encuentre y se alegre con nosotros y rezaremos por ello.
Y, entre tanto, celebramos la Pascua con gozo, con esperanza y muy cerca de nuestra Madre, la Virgen Santa María, que hace amables nuestros pasos por la tierra, incluso en las contradicciones y en los momentos de dolor.
Santa María, ruega por nosotros. 

D.E.P Don Alberto Elzaburu


Tengo en mi despacho —enmarcado— un tarjetón que me mandó el 5 de febrero de 2015 junto con un libro. 
En el membrete se lee:

Con los saludos cordiales de
With compliments
ELZABURU
Estab 1865
Abogados y Consultores
P. Industrial e intelectual

Luego, a mano, van seis líneas escritas con una caligrafía limpísima, elegante, firme y clara. 

Mi relación con don Alberto, aunque fue siempre muy cordial, no fue propiamente de amistad y, si tuviera que describirla de algún modo, diría que fue la que puede haber entre un mendigo que está sentado en la calle y un señor que, cada vez que pasa por su lado, después de dedicarle la más bondadosa de las sonrisas conversa un rato con él, lo hace reír, le da una limosna generosísima y, antes de despedirse, le da —además— las gracias de tal forma que queda el mendigo honrado, contento y rico.

El mendigo, naturalmente, era yo en mi calidad de cura, y el señor que así me trató cada vez que pasó a mi lado, don Alberto. Aunque debo decir que, antes que él, esa misma caridad la usó conmigo su madre, doña Mercedes quien, a la sonrisa, a las palabras cordiales y a la limosna, solía añadir algún consejo útil para mi salud. 

Tanto ella como él me hicieron esos beneficios por una sola razón: porque veían en mí, sacerdote de muy poca virtud, a Cristo. Deteniéndose junto a mí cada vez que pasaban a mi lado para hacerme reír, mostrarme su afecto y ayudarme, no podían ganar nada porque, a más de generosos, fueron siempre muy discretos. 
Don Alberto ha muerto en estos días difíciles para todos pero aún más para los que entierran a sus parientes y amigos en soledad. Siempre que pasaba junto a mí, lo acompañaba su esposa, doña Ana Luisa. Al imaginar su pena ahora, me dan ganas de llorar y, la verdad, no hago esfuerzos para evitar las lágrimas.

En la Vigilia Pascual, al llegar el memento de difuntos, encomendé a Dios el alma de este caballero cristiano que, en las últimas líneas de aquel tarjetón se despedía así del mendigo: «Gracias por todo… y reza por mí. Un abrazo. Alberto».

domingo, 12 de abril de 2020

Domingo de Resurrección en una iglesia vacía

domingo, 12 de abril de 2020
Domingo de Pascua de la Resurrección del Señor

Feliz Pascua a todos:

Si no fuera por el estado de alarma, hoy habríamos tenido —primero en San Miguel, luego en Torremendo y, por supuesto, en muchos otros pueblos de España— la procesión del Encuentro.
En realidad son dos procesiones: una que acompaña a la imagen de La Virgen María y otra que acompaña a la imagen de Jesús resucitado o, como en Torremendo, al Santísimo. Las dos procesiones se juntan en una calle o plaza representando el encuentro gozoso de la Virgen con su Hijo resucitado.
Sabemos que esta escena no la relatan los evangelios pero Jesús, que se apareció al incrédulo Tomás, a Pedro, que lo había negado tres veces, a Juan que había recibido en su casa a Santa María y, antes que a todos ellos, a la Magdalena ¿iba a negar a su Madre el consuelo de ese encuentro? Como no es de fe, cada uno puede pensar lo que quiera pero, en cualquier caso esa procesión sigue teniendo mucho sentido sobre todo si distinguimos “encuentro” y “aparición”.
No hay un solo cristiano en el mundo que no haya tenido un encuentro con Cristo aunque después de la época apóstolica son rarísimos los que han sido testigos de una aparición del Señor resucitado.
No me gusta hablar de mí mismo pero lo que voy a decir lo pueden decir prácticamente todos los cristianos de sí mismos: no hemos visto al Señor resucitado pero nos encontramos con Él a diario. Y no es un modo de hablar poético o metafórico sino absolutamente real.
Nuestro primer encuentro con Cristo tuvo lugar en la mayoría de los casos el día de nuestro bautismo cuando el Espíritu Santo nos marcó con su sello imborrable como hijos de Dios. Después, en nuestras familias cristianas, entre nosotros estaba presente el Señor resucitado. La confirmación fue un nuevo encuentro con el Señor que impuso ss manos sobre nosotros por medio del obispo para que recibiéramos un nuevo don espiritual. Cada vez que nos ponemos de rodillas ante un sacerdote para confesar nuestros pecados tenemos un encuentro con Cristo resucitado. Y así con todos los sacramentos por los que actúa en nosotros el mismo Jesús que pasó por el mundo haciendo el bien y sigue actuando en su Iglesia.
Un encuentro con Cristo resucitado tenemos también cuando leemos la Sagrada Escritura. Y quisiera contaros algo que nos ha contado hace poco una persona que ha llegado a la parroquia.
Esta persona estuvo en la cárcel y conoció allí a otro preso que siempre estaba sonriente. Se acercó a él para preguntarle cuál era el secreto de su alegría y aquel compañero se limitó a darle una Biblia y a decirle que la leyera. Nuestro amigo jamás había leído la Biblia y a penas tenía formación cristiana pero, cuando empezó a leerla vio —así lo dice él— que allí estaba escrita su vida. Se acercó al capellán de la prisión para contarle lo que le estaba pasando con el temor de que no lo creyera pero el sacerdote le dijo: lo que te está pasando es que Cristo te está hablando y estás teniendo una conversión. Nuestro amigo y su novia están ahora preparando su boda que ha tenido que retrasarse por esta pandemia. Ella no está bautizada pero ha sido admitida al catecumenado y, si Dios quiere y ella persevera, podrá ser bautizada en la próxima Pascua. Tampoco ellos han visto a Jesús resucitado pero dan testimonio con su palabra y con sus vidas —y he de decir que mejor que yo— de que se han encontrado con Él y se han convertido a Él.
Así que, queridos amigos, una cosa son las apariciones de Cristo y otra los encuentros con Él.
Y, si volvemos a nuestra procesión, se apareciera o no el Señor resucitado a su Madre, esa procesión representa el encuentro más íntimo que ha podido haber en el mundo de una criatura con el Señor. Porque esa criatura fue su Madre, lo llevó en su seno, lo acompañó hasta la sepultura, y, aunque no lo hubiera visto resucitado como lo viero tantos, su encuentro con el Hijo por la fe habría bastado para llenarla del gozo que ahora tiene al contemplarlo en el Cielo.
De nada nos valdría ser testigos de mil apariciones de Jesús si no nos encontrásemos con Él por la fe obediente allí donde Él nos llama: en su Iglesia, en los sacramentos y en su Palabra.
Ahora nos toca a nostros ser testigos de la resurrección con el gozo de los santos y felicitar a Santa María porque verdaderamente ha resucitado el Señor.

Vigilia Pascual en una iglesia vacía

sábado, 11 de abril de 2020
VIGILIA PASCUAL

Queridos amigos:
Un ángel anunció a Santa María la Encarnación del Hijo de Dios y otro ángel anunció su resurrección a María Magdalena y a la otra María. 
Jesús, nacido en Belén de Madre Virgen y muerto y sepultado en Jerusalén, fue hombre como nosotros en todo menos en el pecado. 
Jesús renacido del sepulcro sellado el primer día de la semana, el mismo día en que Dios dijo «hágase la luz» y separó la luz de las tinieblas, sigue siendo hombre, pero no como nosotros somos sino como nosotros seremos. 
El camino de Jesús desde su nacimiento hasta su muerte es el camino que nosotros estamos recorriendo en esta vida.
La vida nueva de Jesús desde su resurrección es la vida nueva que esperamos. 
Y la Pascua que hoy empieza y que durará cincuenta días es el tiempo gozoso en el que nuestra esperanza se fortalece contemplando a Jesús resucitado que es el fundamento de esa esperanza. 
Reina del Cielo, alégrate. Ruega a Dios por nosotros, regocíjate y alégrate, Virgen María, porque verdaderamente ha resucitado el Señor. 

viernes, 10 de abril de 2020

Viernes Santo: La Pasión del Señor en una iglesia vacía

viernes, 10 de abril de 2020
VIERNES SANTO
Queridos amigos:

La lectura de la Pasión conmueve y hace llorar a cualquiera que tenga corazón. Pero es solamente un capítulo de la más dichosa Historia de la humanidad: la historia de un viaje que protagoniza el mismo Dios cuyas delicias son estar con los hijos de los hombres. 
Al crear el mundo Dios muestra y limita su poder pero también muestra, y no limita su amor. Muestra su poder en una Creación que existe por su palabra. Limita su poder porque permite que las cosas sean como son. Pero no limita su amor porque su providencia guía todo, también lo que nos hace sufrir y hasta el mismo pecado, hacia Sí, hacia un Bien infinito que ni ojo vio ni oído oyó. 
Y tanto amó Dios al mundo que al llegar la plenitud de los tiempos envió a su Unigénito. El Verbo de Dios se despojó de su gloria y tomó la condición de esclavo y así, actuando como un hombre cualquiera se hizo obediente hasta la muerte, y muerte de Cruz.  Descendiendo al sepulcro y a la región de los muertos llegó hasta el punto más bajo de la humillación del hombre. Cristo muerto y sepultado ya no puede pasear entre los hombres ni hacer milagros. Su muerte fue tan real y tan triste como la muerte de cualquier hombre. Pero, precisamente, al entregar la vida mostraba su amor y su poder: el poder que tambien se nos ha dado a nosotros de entregar la vida. 
Y aquí termina este capítulo conmovedor de la Historia de la Salvación, pero no termina aquí nuestra esperanza. Y si hoy celebramos la Pasión del Señor es porque nos guía la esperanza de la resurrección. 
Madre Dolorosa, Madre de la Esperanza, ruega por nosotros. 

Jueves Santo: La Cena del Señor en una iglesia vacía

jueves, 9 de abril de 2020 

Hemos llegado al Jueves Santo, el día grande e el que Jesús celebró la primera Misa de todos os tiempos. Lo que nosotros hacemos cada domingo es lo que Jesús hizo en la última Cena y lo que mandó hacer a sus discípulos en memoria suya hasta el fin de los tiempos. 

Para la última cena los apóstoles habían preparado una sala grande en la parte alta de una casa de Jerusalén. 

Se reunieron allí y Jesús, quitándose el manto, se arrodilló y empezó a lavar los pies de sus discípulos como si fuera su esclavo. Quería enseñarles que, entre ellos, no debía haber discusiones sobre quien manda más sino  que debían recordar siempre que Él, su Maestro, se había hecho servidor de todos ellos. 

Después se volvió a sentar a la mesa con ellos y, muy triste, anunció que uno de de ellos lo iba a traicionar y que todos los demás lo abandonarían. San Pedro le decía: «auque todos te abandonen, yo no». Pero Jesús le dijo: «Pedro, esta noche, antes de que el gallo cante me habrás negado tres veces». 

Jesús sabía que el traidor era Judas y que había prometido entregarlo por treinta monedas de plata. Y aún así quiso tener un gesto de cariño con él. Tomó un trozo de pan untado en salsa y con su propia mano se lo dio a Judas, dándole de comer como dan de comer las madres a sus hijitos pequeños. A Judas no le conmovió ese cariño de Jesús. Disimulando salió de la casa y fue a preparar su traición. 

Jesús, entonces, hizo lo que hacemos cada día en Misa, lo que vamos a hacer dentro de un momento. Tomó pan, lo partió y lo dio a sus discípulos diciendo: «Tomad y comed, esto es mi Cuerpo». Luego tomó el cáliz lleno de vino y lo pasó a sus duscípulos diciendo: «Tomad y bebed, este es el Cáliz de mi sangre». Y les dijo: «Cada vez que hagáis esto, hacedlo en memoria mía. Y sabed que ya no volveré a beber con vosotros hasta que me veais resucitado». 

Por último Jesús les dijo: «Os doy un mandamiento nuevo. Que os améis unos a otros como yo os he amado. En esto conocerán todos que sois mis discípulos». 

Yo ahora voy a hacer aquí en San Miguel, lo mismo que hizo Jesús hace dos mil años. Y a los que seguís la Misa por la tele os voy a pedir dos cosas: la primera que, cuando llegue el momento de la consagración adoréis al Señor diciendo: «¡Señor mío y Dios mío!». Y la segunda que, cuando os acordéis, recéis por mí para que sea una sacerdote bueno, para que no traicone a Jesús. 

Os pido esas dos cosas y os prometo que también yo adoraré a Jesús y rezaré por voostros.
Ahora mismo podemos rezar unos por otros diciendo: «Santa María, Madre de Dios y Madre nuestra: ruega por nosotros».

miércoles, 8 de abril de 2020

Miércoles Santo (de la traición) en una iglesia vacía

miércoles, 8 de abril de 2020
Miércoles Santo

«El Señor Dios me ha dado una lengua de discípulo para saber decir al abatido una palabra de aliento». 
El discípulo no solamente escucha una doctrina: la palabra del maestro, que llega a su corazón, lo va transformando. 
Isaías describe la transformación que la palabra de Dios va obrando en  el Siervo de Dios: en su lengua, en su oído, en sus espaldas, en su rostro, como si la palabra del divino maestro hubiera dejado señales en su cuerpo. 
En la escuela de Dios su lengua ha aprendido a consolar al abatido, sus oídos han aprendido a escuchar al Señor, sus espaldas se han hecho anchas. No se ha limitado a aprender una doctrina, se ha hecho fuerte para llevar el peso de los pecados de los hombres.
«Ofrecí la espalda a los que me golpeaban, las mejillas a los que mesaban mi barba». La barba es signo de virilidad, y mesar las barbas a alguien era un insulto que deshonraba a quien lo recibía. Todavía en español decimos «no te me subas a las barbas», como diciendo ¡un respeto! Isaías es ahora capaz no solamente de soportar golpes en sus espaldas sino de sufrir con paciencia los ultrajes, signo de una fortaleza aún mayor y de auténtica virilidad. Ahora es de verdad un discípulo, no alguien que sabe mucho sino alguien que se parece al maestro. 
El Siervo de Dios es anuncio de Cristo en quien todo esto se cumple perfectamente. Jesús es Maestro para nosotros porque antes ha sido el discípulo perfecto. En cuanto Dios no ha tenido que aprender nada pero, hecho hombre como nosotros en todo menos en el pecado, ha tenido que aprender, como nosotros, sufriendo. Es Maestro y es Modelo para el discípulo. 
Su lengua no maldice, bedice y conforta y perdona. Sus espaldas cargan con el peso de la Cruz, con el peso de todos los pecados, con la oveja perdida. Su rostro, tan delicado y tan amable, se ha endurecido para recibir la bofetada del criado del Sumo pontífice y, con la misma mansedumbre, los salivazos y las burlas de los soldados. El Cordero inocente es una roca de fidelidad y no lo echan para atrás ni las amenazas, ni toda la violencia desatada contra él, ni los insultos, ni la soledad, ni la Cruz. Él ha puesto su confianza en el Padre.

Podemos estar con los pecadores compartiendo su pecado —como hacemos, por ejemplo, cuando nos sentamos a murmurar contra el prójimo— o aplaudiendo su pecado, como hacemos cuando aprobamos cualquier inmoralidad o aceptamos, por ejemplo, el aborto y otros crímenes diciendo: «yo no lo haría pero me parece muy bien que lo haga el que quiera». Jesús nunca estuvo así con los pecadores. 
Jesús estuvo con los pecadores en primer lugar para confortar a los que estaban aplastados por el peso de sus pecados. A la mujer adúltera no solo no la condena sino que la libra de la condena que ya habían dictado contra ella. Estuvo con los pecadores para llamarlos a la conversión. Cuando entró en casa de Zaqueo algunos decían «no puede ser un profeta este que come con pecadores». Pero allí Zaqueo se convirtió y Jesús pudo decir: «Hoy ha entrado la salvación a esta casa». Nunca se hizo cómplice del pecado aunque ofreció su amistad al pecador. 
Pero, a menudo se encuentró con corazones endurecidos y, entonces solamente pudo entristecerse. Se lamentó de la hipocresía de los fariseos, se entristeció por aquel joven rico que no fue capaz de seguirlo y, en la última cena con sus discípulos lanzó el lamento más terrible por Judas: «Más le valiera no haber nacido».
Jesús, que ha comido con tantos pecadores que se han conmovido con su palabra y su misericordia se va a encontrar ahora con Judas que es todo lo contrario del discípulo. Está con el Maestro, se sienta a su mesa, recibe de Él signos de amistad y de predilección, conoce su doctrina pero en su corazón endurecido no entra la Gracia.  Y Jesús, que se alegra con todo el Cielo por un solo pecador que se arrepiente, se entristece y exclama «¡Ay de aquel por quien el Hijo del Hombre va a ser entregado! Más le valiera no haber nacido!».
Sin embargo esos lamentos de Jesús no van solo por los fariseos, por los ricos o por Judas sino por mí, por tí, querido hermano, cuando siendo discípulos, ni siquiera su Pasión nos mueve a la penitencia que podría alcanzarnos el perdón y hacernos compasivos con nuestros hermanos.
Si alguien está siguiendo esta celebración por televisión le ruego que rece por mí. Porque hoy escucho este lamento del Señor «¡Ay de aquel por quien el Hijo del Hombre va a ser entregado!» y pienso que se lo dice a mi alma. 
Durante la Misa, los sacerdotes recitamos en secreto algunas oraciones pidiendo a Dios que nos purifique y que lo que estamos celebrando no sea para nosotros motivo de condenación. 
«Más le valiera no haber nacido» es la sentencia final de Jesús para los que, por tratar de ganar el mundo, han perdido su alma. 
Una vida que parece acabar en la Cruz, vale la pena. Una vida enferma y frágil, vale la pena. Una vida de sufrimientos y de humillaciones, vale la pena. Pero una vida de placeres, de conquistas y de éxitos humanos no habrá valido la pena si quien ha vivido así pierde su alma. 

Quiera Dios que vivamos estos días de la Pasión de tal modo que lo que celebramos nos transforme según el modelo que tenemos en Cristo.
Santa María, esperanza nuestra, asiento de la Sabiduría, ruega por nosotros. 

martes, 7 de abril de 2020

Martes Santo en una iglesia vacía

martes, 7 de abril de 2020
Martes Santo

Pasamos hoy de Betania, de la casa de Marta y María en la tarde del lunes, a Jerusalén, al Cenáculo donde Jesús celebra la Pascua. 
En Betania Jesús quiso hablar al corazón de Judas anunciando su propia muerte y llamándolo a la conversión. Hoy hace algo más, le da un signo de amistad entregándole con su propia mano un pedazo de pan untado que aún no es la Eucaristía pero que es una imagen de ella y una invitación a la comunión con Él. Judas lo toma y sale a consumar su traición. El evangelista nos dice que detrás del pan entró en Judas el diablo y que ,cuando salió el traidor, era de noche. 
Lo que Judas ha recibido de manos del Señor no le aprovecha porque su corazón se cierra a la luz y a la comunión y se adentra en las tiieblas. 
Todavía Jesús tendrá otro gesto de amor con Judas en el Huerto de los Olivos cuando mansamente le pregunte:«¿Con un beso entregas al Hijo del Hombre?».
A los que echáis de menos la celebración eucarística en estos días de encierro os anima la Iglesia a hacer muchas comuniones espirituales y a todos se nos pide e esta Semana Santa que preparemos el corazón con ua contrición sincera y el propósito de confesar nuestras culpas para que los misterios que celebramos den fruto en nosotros.
Quiera Dios que, como el apóstol Juan, estemos también nosotros cera del corazó de Jesús, lo acompañemos hasta el Calvario y lo encontremos resucitado y glorioso en el Cielo. 

lunes, 6 de abril de 2020

Lunes Santo en una iglesia vacía

lunes, 6 de abril de 2020
Lunes Santo en una iglesia vacía

Betania, la aldea cercana a Jerusalén, es el lugar donde Jesús encuentra descanso con sus amigos: Marta, María y Lázaro. 
Dice el evangelio que Jesús amaba a Lázaro, a Marta y a María. Parece que eran amigos muy cercanos y que Jesús encontraba consuelo con ellos. No era la primera vez que Jesús iba a comer a esa casa y que Marta servía. En este caso, mientras Marta sirve, María gasta una fortuna —trescientos denarios— en perfume para ungir al Señor. Lo que era una simple costumbre de hospitalidad —ofrecer al invitado perfume y agua para lavar sus pies—- lo aprovecha María para hacer una locura de amor. Y la casa entera se llena del olor del perfume. 
Nuestro corazón debe ser Betania para el Señor. Y también nuestras casas y nuestras ciudades deben ser Betania: lugares donde el Señor esté a gusto; donde Él sea el centro. ¡Ojala Jesús sea el centro de nuestras parroquias, de nuestras casas y de nuestras vidas! Entonces se llenarán del prefume, del buen olor de Cristo. 

Aunque lo hemos repetido muchas veces, hay que insistir. Hemos de leer el evangelio como Palabra de Dios que se dirige a cada uno. No es un lugar donde recoger piedras para arrojar a los demás. 
Las dos veces que Jesús tiene que defender a María, lo hace porque alguien ha querido usar su Autoridad y su Nombre contra ella. La primera vez fue Marta: «dile a mi hermana que me ayude con el servicio». La segunda vez Judas: «¿No podía haberse vendido el perfume por treinta denarios para darlo a los pobres?». 
Marta y Judas apelan a Jesús, a su sentido de la justicia y a su amor por los pobres contra María. Pero Jesús insiste en hablarles a ellos, precisamente. A Marta le dirá que se preocupa por demasiadas cosas mientras una sola es importante. Y a Judas —sabiendo que no ama a los pobres sino que roba del fondo común y que lo va a traicionar— lo corrige con paciencia. Le dice que a los pobres los tendrán siempre entre ellos pero a Él no. Así declara que la Iglesia, mientras Él sea su centro, siempre estará cerca de los pobres pero, además, anuncia su propia muerte y viene a decir a Judas  que todavía está a tiempo de convertirse.
Haríamos bien en pensar que esas palabras de Jesús a Judas son para nosotros. Cada uno de nosotros es el discípulo a quien Jesús dice: «No uses mi evangelio contra otros, escúchalo tú primero y conviértete ahora, cuando aún puedes estar conmigo».  
Santa María: ruega por nosotros. 

domingo, 5 de abril de 2020

Domingo de Ramos en una iglesia vacía

domingo, 5 de abril de 2020
Domingo de Ramos en una iglesia vacía

Queridos hermanos:
Esta es una Semana Santa nueva para nosotros y, quiera Dios, que sea también la última que tenemos que celebrar así, encerrados en casa. Este año las imágenes no pueden salir a la calle y no vamos a oír las tamboradas. De todas formas, esta misma novedad, por una parte nos permite unirnos a la Pasión de Cristo ofreciendo nuestra pena y las contrariedades pequeña o grandes que experimentamos y, por otra parte es una ocasión de vivir estas celebraciones con más silencio y con más atención a la Palabra de Dios. Dios quiera que esta Semana Santa sin procesiones sea una Semana Santa de conversiones. 
Sabemos que el santo Rosario tenía tradiconalmente tres partes: los misterios gozosos que comienzan con la Encarnaión del Hijo de Dios; los misterios dolorosos que terminan con la muerte de Cristo en la Cruz y los misterios gloriosos que van de la resurrección hasta la venida del Espíritu Santo en Pentecostés. A estas tres partes añadió san Juan Pablo II otra más: los misterios luminosos, el último de los cuales es la institución de la Eucaristía. 
Meditar esos misterios es recorrer todo el evangelio de la mano de la Virgen María. En ellos se resumen todo el misterio de Cristo que revela el misterio del hombre. Porque también nuestras vidas de cristianos están entrelazadas de gozo y de dolor pero, sobre todo, Cristo las ha llenado de luz y de esperanza de gloria. 
Quienes celebramos la Encarnación del Hijo de Dios podemos celebrar la vida porque sabemos que toda vida —incluso la más frágil y débil— es un don de Dios. Quienes celebramos la Pasión y Muerte de Cristo estamos seguros de que, cuando llegue para nosotros la hora del dolor, pasaremos por ella de la mano del Buen Pastor. Quienes celebramos la Resurrección del Señor vivimos con la gran esperanza de que también nosotros resucitaremos con Él. Y al celebrar la Eucaristía, los que hemos sido iluminados por el bautismo somos alcanzados y transfigurados por la comunión con el cuerpo y la sagre del Salvador. 
Al celebrar la Semana Santa que tiene, como la tiene nuestras vidas, un aspecto de dolor y de humillación, no debemos olvidar que, por medio del dolor, Cristo nos abre las puertas del gozo, ilumina nuetras vidas y nos da la más firme esperanza. 
Madre Dolorosa, causa de nuestra alegría, ruega por nosotros.  

sábado, 4 de abril de 2020

Décima sexta homilía en una iglesia vacía

sábado, 4 de abril de 2020
Sábado de la V semana de cuaresma

Por medio del profeta Ezequiel Dios promete reunir a su pueblo, que se ha dispersado, como el pastor reúne a su ovejas. Y el salmo dice algo misterioso. «El que dispersó a Israel lo reunirá, lo guardará como un pastor a su rebaño». 
Entonces ¿es Dios quien ha dispersado a su pueblo? 
En estos días de encerramiento vuelve a nacer con fuerza ese gran sueño del corazón humano: formar, todos, una familia; acabar con las rencillas y abrazar a todos. Pero ¿es esto posible? ¿Podemos, nosotros solos, lograr la unidad de la familia humana cantando «Resistiré» o aplaudiéndonos unos a otros?
La respuesta es: no. Los hombres sin Dios somos como ovejas sin pastor. Podemos soñar con la unidad, con la paz, pero despertamos tarde o temprano y nos encontramos con la realidad de la división y de la rivalidad; con la realidad de que, cada cual, sigue corriendo tras sus ídolos.
Entonces ¿tenemos que resignarnos a vivir siempre dispersos y enfrentados?
Otra vez la respuesta es: no. El mismo Dios llama «bienaventurados» a los que trabajan por la paz y el primer bienaventurado es Cristo que murió «para reunir a los hijos de Dios dispersos». De modo que no, no tenemos que resignarnos a vivir dispersos y enfrentados sino volvernos hacia aquel que puede y quiere reunirnos en su paz. Porque será Él, no nosotros, quien finalmente nos reunirá. 
Mañana —domingo de Ramos— aunque no podamos salir a la calle podemos salir a los balcones, a las ventanas para aclamar «al que viene en Nombre del Señor». Él, Cristo, es el Rey de Paz que puede reunir y reúne a los hijos de Dios dispersos». 
A las doce, si Dios quiere, celebraremos la santa Misa en la parroquia. Os invito a todos a asomaros a la calle —sin salir de casa— y yo mismo haré sonar las campanas y, cuando dejen de sonar, me subiré al campanario y —sin asomarme porque téngo vértigo— agitaré mi palma desde la torre para dar la bienvenida a San Miguel al Rey de Reyes: Jesús, el hijo de Dios y de Santa María.