Granja de Rocamora
viernes, 30 de octubre de 2026
7:50
La iglesia está abierta. Colijo que están limpiando.
¿Qué es ese papel que el viento arrastra hasta mis pies? Es la factura que cierto músico famoso me entregó anoche, que yo metí en mi maletín y que no encontré cuando llegué a casa.
Harto improbable que un papel se te caiga en una plaza a las ocho de la tarde de un día y que a las 7:50 de la mañana siguiente la amable brisa te lo devuelva sin mancha ni arruga. ¡Oh amigable brisa!
Ha vuelto la Dolorosa de Ponsoda. Se la llevaron a Almoradí —creo— para una exposición de imágenes de Ponsoda. Me felicito.
Oficio de lectura y laudes en la capilla del Santísimo. Luego me siento para mirar fijamente al sagrario.
Saco a la puerta las mesas y el atril que van a llevarse al cementerio para la misa de Todos los Santos. Mientras voy a la sacristía para laburar allí, Horacio llega y lo mete todo en la iglesia otra vez. Muy bien
Saco a la puerta las mesas y el atril que van a llevarse etc.
Hay que alinear los bancos y despejar el rincón del coro abarrotado de sillas plegables.
Voy a casa de Rosario. Me abre Ángel. Me enseñan los retratos de Susana en el día de su boda y de los dos hermanos en su primera comunión. Mientras me enseñan el retrato de Susana en el día de su boda, Rosario llora mucho porque no se acostumbra a que haya muerto cuando no tenía que morir. Ángel la mira con pena y no sabe qué decirle. Yo tampoco.
En la foto de la boda de Susana puede verse que en el altar había seis candelabros. Ahora solamente hay cinco. Algún día —si Dios quiere— conoceremos el misterio del sexto candelabro.
Ángel me dice que suele salir a coger caracoles y que los lava y los congela y que puedo pasar cuando yo quiera para llevarme una bolsa de caracoles congelados.
Rosario me da una receta secreta para prepararlos.
Me llevo lotería del Sepulcro y del Señor y una balconera y prometo que volveré para llevarme los caracoles.
Vienen los del ayuntamiento para llevar al cementerio las mesas y el atril.
A las 12:30 he quedado con don Paco en Cox.
Cumpliendo una directriz del Vicario General, hemos quedado en reunirnos cada viernes a la doce y media para tratar graves asuntos pastorales y para comer luego.
Invito a don Paco al restaurante Teresita o algo así. Los mosquitos me comen los tobillos mientras yo como el menú de Teresita.
Voy al aseo. Cerca del aseo hay una mesa ocupada por un grupo de amables gitanos. Cuando salgo, una amable gitana se tapa los ojos y toca madera con la mano gimiendo: «¡Ay, mare mía!». Me acerco a ella cerrando un ojo y le digo: «Mala suerte, niña que te ha mirao un cura y tuerto». Y ella, muy rápida también: «Ya lo has dicho tú».
Luego va al aseo don Paco. A él no le dicen nada.
Hemos pedido dos reclinatorios por Amazon. Han llegado a Cox. Uno es para la ermita de la Santa Cruz de Granja. Después de comer vamos a la casa parroquial de Cox para cargarlo en mi Lamborghini.
A las cinco he quedado con Rosa. Es una excelente arquitecto y tía de Martín. Le he rogado que me ayude a poner orden en la iglesia parroquial y —¡qué amable!— no me ha mandado a la porra.
Llega puntualmente a la ermita y paseamos hasta la iglesia parroquial. La verdad, da gusto hablar con ella.
Recorremos la iglesia. Le voy contando lo que he hecho y lo que quiero hacer. Es de esas personas que saben escuchar e invitan a hablar.
Ella me va hablando de los arquitectos que son hijos de Granja. Han salido de Granja excelentes sacerdotes y arquitectos.
Rosa dice que no es muy observadora. Que cuando está trabajando se concentra en lo suyo y procura hacerlo del mejor modo posible pero que luego no anda mirándolo todo con ojos de arquitecto.
Creo que dice la verdad pero no toda la verdad. Es muy observadora pero no es pedante.
Cuando viene a Misa viene a Misa y no anda fijándose —como yo— en si el mantel del altar está torcido. Pero cuando entramos en el garaje alza la vista al techo de uralita o de asbesto o de lo que sea y me dice que es una cosa muy venenosa —cancerígena por más señas— y que se alegra cuando lee en mis diarios que me encanta ventilar la iglesia y que no deje de hacerlo porque su querido padre trabajó durante años en una nave con cubierta de asbesto y murió de una fibrosis pulmonar bastante mala.
A eso de las seis damos por terminada nuestra visita. Rosa va a encargarse de buscar unos estores para la sacristía. Yo voy a mandarle un artículo con todo lo que hay que saber sobre los manteles del altar católico.
Salimos de la iglesia y nos encontramos con Damian que va paseando a su nieto medio cubano. A su nieto medio cubano le fascinan las campanas. El dice «nanas» o algo así.
19:00
Misa en la ermita.
Al terminar, recuerdo que el canto de comunión debe empezar cuando comulga el sacerdote. Lo recuerdo porque lo dice el Misal.
Alguien replica:
—Pues luego viene otro cura y nos dice que no, que, antes de la comunión de los fieles él quiere decir algo y no quiere que cantemos.
La asamblea se divide. Una voz dice —tímidamente— que ahora el párroco soy yo.
La Iglesia se ha dividido en lo más entrañable, en la liturgia, en la misa
¿Con quien compararé a un sacerdote que acaba de comulgar y se pone a hacer moniciones en plan: los que vayan a comulgar en la mano que vengan por la derecha y los que vayan a comulgar en la boca que vengan por la izquierda?
Ya lo sé. Es semejante ese sacerdote a Judas. Jesús está lavándole los pies y él está pensando en el precio que pedirá por entregarlo.
Es semejante también a Judas que está entregando a Cristo con un beso.
Tomo nota: repetiré hasta la saciedad en Granja, en Cox y allá donde vaya, que el canto de comunión empieza cuando el sacerdote, al comulgar, se queda mudo y ya solamente pude decir «Corpus Christi» mientras reparte la Eucaristía y el pueblo fiel canta el Ubi Caritas o cualquier otro canto que no sea esa mariconada titulada Tus manos son palomas de la paz.
¡Ah! También repetiré que en la iglesia no se aplaude. Cuando queremos decir «¡muy bien!» nos aguantamos hasta el momento en que toca decir «Amén». Y, entonces, ese Amén es un aplauso que llega al Cielo por los siglos de los siglos.
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