viernes, 6 de noviembre de 2026

Diario. Viernes, 6 de noviembre de 2026

 Granja de Rocamora

viernes, 6 de noviembre de 2026


6:00

Suena el despertador en Granja.


7:30

Hoy están limpiando en la iglesia. Me quedo en palacio parroquial para escuchar una piadosa meditación.

Oficio de lectura y laudes. 


8:30

Voy al despacho parroquial. 


9:00

Voy a la iglesia justo cuando terminan de limpiarla. Todo huele a limpio. Muy bien. 

Toca ordenar los bancos, retirar algunas sillas que aparecen por los rincones y cambiar la lámpara del sagrario. 

Hay que preparar el leccionario, el misal, el libro de la sede y los vasos sagrados para la misa del domingo. 


9:50

Salgo para la ermita de la Santa Cruz. 

Por el camino saludo a un desconocido que me devuelve el saludo con un inconfundible acento paisa. Charlamos. Es de Medellín y se llama David. Se ofrece a ayudarme en lo que necesite. Intercambiamos nuestros números de teléfono, sacudimos nuestras manos y nos despedimos. Ya somos amigos. 


10:10

En la ermita, preparo la misa de esta tarde, leo las lecturas del domingo y rezo tercia. 

Me llama don Paco para recordarme que tenemos reunión en Cox a las 12:30.

Chateo con Jesús para preparar el funeral de Arantxa. 


10:55

Voy al cementerio. 

A las once en punto comenzamos el rosario. Somos cuatro: Antonio, Maria Rosario, una señora a la que no conozco y yo. 

Se van uniendo Carmen y su marido, la otra Carmen, Elena y Guadalupe, Antonia y Carmelo. 

Somos once. Muy bien. 


11:30

Vuelvo al despacho parroquial. 


12:15

Salgo para Cox. 

Mientras don Paco termina su reunión con David, concierto una reunión con la coordinadora de Cáritas Vega Baja, o algo así. 

Mi reunión con don Paco —en la que tratamos graves asuntos pastorales— se prolonga hasta la una y media. 


14:00

Preparo en el palacio parroquial unos guisantes con jamón y un bonito con tomate. 


15:00

Hago la tarea que me ha puesto don Paco: estudiar la Instrucción La conversión pastoral de la comunidad parroquial al servicio de la misión evangelizadora de la Iglesia a cargo de la Congregación para el Clero, 20.07.2020

Tardo media hora en aprenderme el título. 


16:30

Me siento en la capilla del Sant´simo para mirar fijamente al sagrario. 

Vísperas. 

Llamo a Carmen: que me disculpe por el retraso, que voy volando. 


17:30

Voy a llevar la comunión a Conchita. 

Carmen está esperándome en la puerta. Francisco sale a mi encuentro. 

Tienen un libro de José María Zabala en la mesa. Les cuento que hoy mismo he estado viendo una entrevista a Entrambasaguas. El entrevistador le pedía un consejo de lectura y el periodista recomendaba El Profeta, de Zabala. Les cuento que, en seguida, he mandado un mensaje a José María con el vínculo de la entrevista y con mi felicitación. 

Cuando termino mi cuento, Carmen me pide que espere un momento. Se va, trastea en una especie de baúl de los recuerdos y vuelve con media docena de libros. Todos de Zabala. 

Francisco comenta que —como él no fue a la escuela— no le gusta leer. Y me cuenta cómo se hizo empresario a los doce años. Pienso que Zabala escribiría un bonito libro con la historia de Francisco. 

Pido, por favor, un vaso de agua. ¿No quiero una cerveza? No, gracias. ¿Un Aquarius? No, mil gracias: agua del grifo. 

Me traen agua del grifo pero filtrada. Muy bien. 

Pasamos a ver a Conchita o, mejor dicho, a ver los ojos de Conchita que brillan cuando ve entrar al sacerdote y resplandecen cuando le digo que he traído el Santísimo. 

Carmen se arrodilla a los pies de su hermana y rezamos tranquilamente. 

Cuando nos vamos a despedir me invitan: ¿no quiero sentarme? Sí, querría sentarme, pero tendrá que ser otro día. Entonces traeré recado de escribir y tomaré nota de todas las historias maravillosas que tienen para contar. 

Me acompañan a la puerta y nos despedimos. 


18:15

Llego a la ermita. 

Pilar y Domingo están esperando en la puerta y me reciben con las muestras de contento habituales. 

Quito la alarma, enciendo las luces y los invito a pasar. 

Luego abro el expositor de la estauroteca, hago una inclinación profunda, saco la Cruz de su peana, la coloco —tumbada— en el altar, saco la base, la pongo en el centro del altar, pongo la estauroteca en su base erigiéndola como Cruz de altar y vuelvo a hacer una inclinación profunda. 

Desde su banco, Pilar y Domingo me sonríen. No hay nadie más en la ermita. Entonces, delicadísimamente, Pilar me dice: «Don Javier, no sé qué pensará usted, pero creo que habría que recordar a la gente que, ante la Sana Cruz, hacemos una genuflexión. A la gente se le olvida». 

Inmediatamente tomo nota, adoro la Santa Cruz con una genuflexión y luego, cada vez que paso ante ella, repito el gesto de adoración bendiciendo a Pilar. 


18:30

Llega Antonio y empieza el rezo del rosario. Doy el primer toque de campanas y me revisto para la misa con ornamentos blancos. 

Llega Martín con su abuela, su madre y su hermana. 

Martín entra en la sacristía. Su abuela y su madre no entran en la sacristía. Su hermana sí entra en la sacristía. Su hermana, Rebeca, está en la edad de hacer mil preguntas por segundo y de pasar de las respuestas. 

—¿Por qué hay dos de esos, uno rojo y uno morado?

(Esos son dos casullas —una roja y otra morada— que penden de la misma percha). 

—¿Por qué esa campana está allí y esa allá?¿por qué te pones eso? 

(Eso es el cíngulo que se está ciñendo Martín). 

Huyo. 


19:00

Empieza puntualmente la misa de siete. 

Pilar y Domingo se han ido. 

Predico una homilía breve en tres partes breves. 

En la primera parte breve cuento la delicada corrección que me ha hecho Pilar y explico que solamente hacemos genuflexión  con la rodilla derecha ante el Santísimo y ante esa reliquias que han estado en contacto con el Adorable Cuerpo de Nuestro Señor y Salvador Jesucristo. 

En la segunda parte breve hablo brevísimamente de los santos mártires a los que celebramos y —cayendo en la cuenta de que llevo ornamentos blancos— explico que debería ir revestido con ornamentos rojos pero que, por culpa de Martín, me he confundido. Entonces alguien suspira: «Pobre criatura, le echan la culpa de todo». Me vuelvo hacia Martín. ¿Estará llorando? No, está sonriendo. 

En la tercera parte breve comento el evangelio. Jesús no elogia la corrupción del administrador infiel ni quiere que seamos corruptos: elogia su astucia y quiere que espabilemos. 

En el ofertorio, Martín me presenta la vinajera con vino y dos mosquitos. Le ruego que arroje el vino y los mosquitos al lavabo y que me traiga la botella de vino. 

Martín va al aseo. Emoción. Oímos el glu, glu, glu, del vino cayendo sobre el agua y luego el brooooop que se produce cuando Martín presiona el botón que vacía la cisterna del excusado. 

Toda la asamblea está pendiente de Martín que sale del aseo y va a la sacristía y vuelve con una botella de vino de Misa de González Byass. 

La misa prosigue como de costumbre. 


19:30

Termina la misa. 

La abuela de Martín pide permiso para llevarse la campanilla que necesita una buena limpieza. Le doy permiso y ruego al Buen Dios que le conceda una buena indulgencia por ese acto de piedad delicada. 

Rebeca vuelve a la carga con mil preguntas por segundo. Martín trastea en las luces y nos deja a oscuras. 


19:40

Reunión con Guadalupe y Damián. 

Son miembros del Consejo de economías y tenemos que restaurar el orden que había en la parroquia antes de mi llegada, cuando todos sabían lo que tenían que hacer. 

Nos entendemos perfectamente. 

Terminada la reunión, Guadalupe me dice que peregrinará a Lourdes la semana que viene y Damián me aconseja que no deje el vino en la vinajera si no quiero que se lo beban los mosquitos. 

Nos despedimos amistosísimamente y vuelo a la sacristía para vaciar la vianjera de vino  y llenarla de agua. 


20:15

Cierro la ermita y voy a Casa Estefanía. 


20:45

Llego al palacio parroquial y me preparo una cena ligera. 

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