lunes, 6 de abril de 2020

Lunes Santo en una iglesia vacía

lunes, 6 de abril de 2020
Lunes Santo en una iglesia vacía

Betania, la aldea cercana a Jerusalén, es el lugar donde Jesús encuentra descanso con sus amigos: Marta, María y Lázaro. 
Dice el evangelio que Jesús amaba a Lázaro, a Marta y a María. Parece que eran amigos muy cercanos y que Jesús encontraba consuelo con ellos. No era la primera vez que Jesús iba a comer a esa casa y que Marta servía. En este caso, mientras Marta sirve, María gasta una fortuna —trescientos denarios— en perfume para ungir al Señor. Lo que era una simple costumbre de hospitalidad —ofrecer al invitado perfume y agua para lavar sus pies—- lo aprovecha María para hacer una locura de amor. Y la casa entera se llena del olor del perfume. 
Nuestro corazón debe ser Betania para el Señor. Y también nuestras casas y nuestras ciudades deben ser Betania: lugares donde el Señor esté a gusto; donde Él sea el centro. ¡Ojala Jesús sea el centro de nuestras parroquias, de nuestras casas y de nuestras vidas! Entonces se llenarán del prefume, del buen olor de Cristo. 

Aunque lo hemos repetido muchas veces, hay que insistir. Hemos de leer el evangelio como Palabra de Dios que se dirige a cada uno. No es un lugar donde recoger piedras para arrojar a los demás. 
Las dos veces que Jesús tiene que defender a María, lo hace porque alguien ha querido usar su Autoridad y su Nombre contra ella. La primera vez fue Marta: «dile a mi hermana que me ayude con el servicio». La segunda vez Judas: «¿No podía haberse vendido el perfume por treinta denarios para darlo a los pobres?». 
Marta y Judas apelan a Jesús, a su sentido de la justicia y a su amor por los pobres contra María. Pero Jesús insiste en hablarles a ellos, precisamente. A Marta le dirá que se preocupa por demasiadas cosas mientras una sola es importante. Y a Judas —sabiendo que no ama a los pobres sino que roba del fondo común y que lo va a traicionar— lo corrige con paciencia. Le dice que a los pobres los tendrán siempre entre ellos pero a Él no. Así declara que la Iglesia, mientras Él sea su centro, siempre estará cerca de los pobres pero, además, anuncia su propia muerte y viene a decir a Judas  que todavía está a tiempo de convertirse.
Haríamos bien en pensar que esas palabras de Jesús a Judas son para nosotros. Cada uno de nosotros es el discípulo a quien Jesús dice: «No uses mi evangelio contra otros, escúchalo tú primero y conviértete ahora, cuando aún puedes estar conmigo».  
Santa María: ruega por nosotros. 

domingo, 5 de abril de 2020

Domingo de Ramos en una iglesia vacía

domingo, 5 de abril de 2020
Domingo de Ramos en una iglesia vacía

Queridos hermanos:
Esta es una Semana Santa nueva para nosotros y, quiera Dios, que sea también la última que tenemos que celebrar así, encerrados en casa. Este año las imágenes no pueden salir a la calle y no vamos a oír las tamboradas. De todas formas, esta misma novedad, por una parte nos permite unirnos a la Pasión de Cristo ofreciendo nuestra pena y las contrariedades pequeña o grandes que experimentamos y, por otra parte es una ocasión de vivir estas celebraciones con más silencio y con más atención a la Palabra de Dios. Dios quiera que esta Semana Santa sin procesiones sea una Semana Santa de conversiones. 
Sabemos que el santo Rosario tenía tradiconalmente tres partes: los misterios gozosos que comienzan con la Encarnaión del Hijo de Dios; los misterios dolorosos que terminan con la muerte de Cristo en la Cruz y los misterios gloriosos que van de la resurrección hasta la venida del Espíritu Santo en Pentecostés. A estas tres partes añadió san Juan Pablo II otra más: los misterios luminosos, el último de los cuales es la institución de la Eucaristía. 
Meditar esos misterios es recorrer todo el evangelio de la mano de la Virgen María. En ellos se resumen todo el misterio de Cristo que revela el misterio del hombre. Porque también nuestras vidas de cristianos están entrelazadas de gozo y de dolor pero, sobre todo, Cristo las ha llenado de luz y de esperanza de gloria. 
Quienes celebramos la Encarnación del Hijo de Dios podemos celebrar la vida porque sabemos que toda vida —incluso la más frágil y débil— es un don de Dios. Quienes celebramos la Pasión y Muerte de Cristo estamos seguros de que, cuando llegue para nosotros la hora del dolor, pasaremos por ella de la mano del Buen Pastor. Quienes celebramos la Resurrección del Señor vivimos con la gran esperanza de que también nosotros resucitaremos con Él. Y al celebrar la Eucaristía, los que hemos sido iluminados por el bautismo somos alcanzados y transfigurados por la comunión con el cuerpo y la sagre del Salvador. 
Al celebrar la Semana Santa que tiene, como la tiene nuestras vidas, un aspecto de dolor y de humillación, no debemos olvidar que, por medio del dolor, Cristo nos abre las puertas del gozo, ilumina nuetras vidas y nos da la más firme esperanza. 
Madre Dolorosa, causa de nuestra alegría, ruega por nosotros.  

sábado, 4 de abril de 2020

Décima sexta homilía en una iglesia vacía

sábado, 4 de abril de 2020
Sábado de la V semana de cuaresma

Por medio del profeta Ezequiel Dios promete reunir a su pueblo, que se ha dispersado, como el pastor reúne a su ovejas. Y el salmo dice algo misterioso. «El que dispersó a Israel lo reunirá, lo guardará como un pastor a su rebaño». 
Entonces ¿es Dios quien ha dispersado a su pueblo? 
En estos días de encerramiento vuelve a nacer con fuerza ese gran sueño del corazón humano: formar, todos, una familia; acabar con las rencillas y abrazar a todos. Pero ¿es esto posible? ¿Podemos, nosotros solos, lograr la unidad de la familia humana cantando «Resistiré» o aplaudiéndonos unos a otros?
La respuesta es: no. Los hombres sin Dios somos como ovejas sin pastor. Podemos soñar con la unidad, con la paz, pero despertamos tarde o temprano y nos encontramos con la realidad de la división y de la rivalidad; con la realidad de que, cada cual, sigue corriendo tras sus ídolos.
Entonces ¿tenemos que resignarnos a vivir siempre dispersos y enfrentados?
Otra vez la respuesta es: no. El mismo Dios llama «bienaventurados» a los que trabajan por la paz y el primer bienaventurado es Cristo que murió «para reunir a los hijos de Dios dispersos». De modo que no, no tenemos que resignarnos a vivir dispersos y enfrentados sino volvernos hacia aquel que puede y quiere reunirnos en su paz. Porque será Él, no nosotros, quien finalmente nos reunirá. 
Mañana —domingo de Ramos— aunque no podamos salir a la calle podemos salir a los balcones, a las ventanas para aclamar «al que viene en Nombre del Señor». Él, Cristo, es el Rey de Paz que puede reunir y reúne a los hijos de Dios dispersos». 
A las doce, si Dios quiere, celebraremos la santa Misa en la parroquia. Os invito a todos a asomaros a la calle —sin salir de casa— y yo mismo haré sonar las campanas y, cuando dejen de sonar, me subiré al campanario y —sin asomarme porque téngo vértigo— agitaré mi palma desde la torre para dar la bienvenida a San Miguel al Rey de Reyes: Jesús, el hijo de Dios y de Santa María. 

viernes, 3 de abril de 2020

Décima quinta homilía en una iglesia vacía

viernes, 3 de abril de 2020
Viernes de la V semana de Cuaresma

Hoy es primer viernes de mes.
Por otra parte, aunque la fiesta de la Virgen de los Dolores se trasladó al 15 de septiembre, este viernes de la semana de Pasión sigue siendo recordado como Viernes de Dolores.
Y tiene sentido que, a la gran meditaición sobre la Pasión del Señor  que es la Semana Santa, preceda la meditación de la compasión de la Virgen y de su propio martirio —testimonio doloroso de la fe— que comenzó cuando Simeón profetizó: «y a ti, una espada te atravesará el alma».
Decía san Bernardo, —aquel gran amador de Nuestra Señora—  que era imposible que los clavos atravesaran la carne del Hijo sin atravesar también el alma de la Madre.
Hoy quisiera tener un recuerdo especial para las chicas de la cofradía de la Virgen de los Dolores que con tanto cariño custodiais y veneráis su imagen en la parroquia durante todo el año.
Sabéis mejor que yo que en ese rostro bellísimo, bañado por las lágrimas, se refleja la compasión de la Madre de Jesús. Pero también sabéis, y mucho mejor que yo, que la compasión no es plañidera; que no se manifiesta solo ni principalmente con las lágrimas sino con el servicio al más débil. Ser compasivo como el buen samaritano es detenerse para socorrer al que está malherido al borde del camino. Ser compasivo como la Verónica es atreverse a salir del anonimato y, en medio de una multitud que se ha vuelto loca y se ensaña con el inocente, tener el coraje dar un paso adelante para enjugar su rostro. Ser compasivo como Santa María es, depués de haber acompañado a su Hijo durante toda la vida, llorar en silencio junto a la Cruz y luego esperar en vela la resurrección.
Madre Dolorosa hoy te felicitamos porque en ti se han cumplido todas las bienaventuranzas. Y, porque con tus lágrimas alumbraste nuestra alegría, te damos gracias. Madre compasiva, alcánzanos a todos la gracia de un corazón compasivo y misericordioso.  

jueves, 2 de abril de 2020

Décima cuarta homilía en una iglesia vacía

jueves, 2 de abril de 2020
Jueves de la V semana de Cuaresma :-)

El jueves es día eucarístico y sacerdotal.
Hoy se nos habla en las lecturas de la fidelidad de Dios: «El Señor se acuerda de su Alianza eternamente». Dios no olvida las promesas que hizo a Abrahán ni la Alianza que selló con su pueblo. Y a esa fidelidad, a esa memoria de Dios debemos responder nosotros con fidelidad: «Por tu parte guarda mi alianza, tú y tus descendientes en sucesivas generaciones».
Nosotros no tenemos tan buena memoria como Dios y, fácilmente, nos olvidamos de Dios y de sus promesas. Por eso el mismo Dios nos tiene que recordar por medio de sus profetas:
«¡Estirpe de Abrahán, su siervo;
hijos de Jacob, su elegido!
El Señor es nuestro Dios,
Recordad las maravillas que hizo,
sus prodigios, las sentencias de su boca».
También la Iglesia tiene como misión fundamental hacer memoria de Jesucristo resucitado de entre los muertos para que no olvidemos cuál es la raíz de nuestra esperanza.
La promesa de Dios a Abrahán «de ti haré un gran pueblo» ya se ha cumplido. Miles de millones de hombres en todo el mundo llamamos a Abrahán «nuestro padre en la fe». Pero Jesús hace una promesa aún mayor: «En verdad, en verdad os digo: quien guarda mi palabra no verá la muerte para siempre».
Los que escuchan a Jesús se escandalizan porque esa promesa solamente puede hacerla el mismo Dios y, con ese escándalo, preguntan: «¿Eres tú más que Abrahán? ¿Por quién te tienes?». Y Jesús ratifica su promesa diciendo que Él es antes que Abrahán y que Abrahán vive y ha visto su día por la fe, y ha saltado de gozo.
Vamos a celebrar la Eucaristía en la que nos alimentamos con el Cuerpo glorioso de Cristo. El mismo cuerpo que pendió, muerto, en la Cruz resucito a la Gloria y así, glorioso, se nos da como alimento el que vive para siempre.
Hacemos hoy la conmemoración de san francisco de Paula, un religioso que nació a principios del siglo XV y murió a principios del XVI. Vivió casi cien años. Quería que sus hijos viviesen siempre como en Cuaresma, en una pobreza y austeridad total y entregados a la mortificación y la penitencia. Pero les decía que, más que por la penitencia, debían ser conocidos por la caridad y tomar como lema las palabras de Jesús: «En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si os tenéis amor unos a otros».
Otro gran santo, san Pedro Crisólogo decía: «Lo que es la lluvia para la tierra, eso mismo es la misericordia para el ayuno». Como la lluvia hace fecunda la tierra, la misericordia hará que nuestra Cuaresma dé sus frutos. Todavía estamos en tiempo de Cuaresma, de asuteridad y penitencia. Pero ser austero no significa querer menos sino querer más y, por eso mismo, estar más alegres.
Muchos de vosotros, la mayoría, no podréis comulgar. Pero todos podemos hacer ahora una comunión epiritual: «Yo quisiera, Señor, recibiros co aquella pureza, humildad y devoción con que os recibió vuestra santísima madre; con el espíritu y fervor de los santos». 

miércoles, 1 de abril de 2020

Décima tercera homilía en una iglesia vacía

miércoles, 1 de abril de 2020
Miércoles de la V semana del tiemo ordinario

Como todos los miércoles ponemos hoy nuestro día bajo la protección de San José. 
«Si permanecéis en mi palabra» —dice Jesús— «seréis de verdad discípulos míos; conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres». 
En tiempos de prueba como el que estamos viviendo, cuando muchas cosas que parecían seguras se tambalean encontramos en Jesús esas «palabras de vida eterna» que, como reconoció San Pedro, solamente Él tiene. «Señor ¿a quién iremos? Solo tú tienes palabras de vida eterna».
Fieles a las promesas, Sidrac, Misac y Abdénago se enfrentaron sin miedo al dolor y a la muerte, recibieron la visita de Dios en medio de las llamas y —alegres— entonaron un cántico de bendición.
Dice la carta a los Hebreos que el diablo somete a los hombres a la esclavitud del pecado por el miedo a la muerte. Es el miedo a perder esta vida lo que nos ata y nos impide vivir nuestra vocación de hijos de Dios. Pero en la Cruz Jesús vence a la muerte y nos llama a vivir sin miedo, con la libertad maravillosa de los hijos de Dios. 
Ayer oí el testimonio de un sacerdote que ingresó hace unos días con su madre en un hospital, infectados los dos por el coronavirus. Él se ha curado pero su madre murió allí. Antes de que ella muriera él tuvo una iluminación y le dijo a Dios: «Señor no quiero que la muerte gane esta partida arrebatándome a mi madre de modo que, voluntariamente, te la ofrezco junto con mi dolor». En el fondo no decía algo distinto de lo que dijo Jesús: «Nadie me quita la vida sino que Yo la doy libremente. Tengo poder para darla y poder para recuperarla». Nosotros tenemos ese mismo poder en Cristo. Ese sacerdote sintió un gran consuelo y una gran liberación. Ya curado, reconocía con humildad que ahora tenía que empezar una nueva vida y que esperaba vivirla con más gratitud y abandono en Dios. 
San José, acudimos a ti, varón fiel a quien Dios eligió como guardián de Jesús y de María. Que en medio de las dificultades de esta vida sepamos servir, como tú, al Señor y a nuestros hermanos. Santa María, Virgen fiel, ruega por nosotros. 

martes, 31 de marzo de 2020

Décima segunda homilía en una iglesia vacía

martes, 31 de marzo de 2020
Martes de la V semana de Cuaresma

El martes es un día especialmente dedicado a los ángeles. La Iglesia nos enseña que el ángel custodio es el que Dios da a cada uno para que nos guarde en la tierra y nos guíe hasta el Cielo. Son servidores de Dios y amigos y aliados de los hombres. Podemos acudir a su intercesión y pedirles que nos ayuden en nuestras dificultades y nos allanen el camino. 
Y estamos en la Semana de Pasión. Como es tradiconal, hemos velado la imágenes. La Cruz, que será expuesta el Viernes Santo para la adoración, está cubierta. 
De ella nos hablan las lecturas de hoy. Y nos enseñan a mirarla como lo que es: un signo de salvación y de esperanza. «Mirad el árbol de la Cruz donde estuvo clavada la salvación del mundo. ¡Venid a adorarla!».
La Cruz es signo del amor fiel de Dios y también —como nos dijo el Papa hace unos días— de ese poder de Dios que transforma todas las cosas, incluso las que nos parecen malas, en buenas para nosotros.
Conforme se acerca la Semana Santa nos disponemos a seguir a Jesús, a acompañarlo en la conmemoración de su Pasión con el propósito de no abandonarlo. Quiera Dios que, cuando llegue también para nosotros la hora del dolor, estemos firmes mirando al que murió por nosotros. 
Madre Dolorosa, también a ti queremos acompañarte hacia la Cruz para aprender de ti lecciones de fidelidad y de fortaeza en la prueba. 

Ruega por nosotros, pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte.

lunes, 30 de marzo de 2020

Décima primera homilía en una iglesia vacía

lunes, 30 de marzo de 2020
Lunes de la V semana de Cuaresma

La Iglesia reza cada día por los difuntos pero el lunes es un día tradicionalmente dedicado de un modo especial a la oración por las almas del purgatorio. Y esa oración se hace más apremiante en estos días. Si en circunstancias normales la muerte parece ocultarse, ahora se está haciendo visible y nos toca a todos muy de cerca.
Después de la muerte viene el juicio. Los que han muerto comparecen ante el juicio de Dios en lo que llamamos «juicio particular» antes del aquel «juicio universal» al que comparecemos todos al final de los tiempos. 
En el juicio de Dios se manifiestan, a la vez, su justicia y su misericordia. 
El libro de Daniel nos cuenta la historia de Susana, una mujer inocente condenada injustamente. En ella podemos ver una imagen de todas las víctimas de la difamación, de la calumnia y de la injusticia.
Solemos decir que a los personajes públicos los juzga la opinión pública y que los juzgará la Historia. Pero, por encima de todos esos juicios humanos está el juicio de Dios que pondrá de manifiesto toda la verdad y restuirá la justicia, tan imperfecta en esta vida. 
El evangelio, en cambio, nos habla de una mujer sorprendida en adulterio y llevada —casi arrastrada— ante el juicio de Jesús. Y aquí brilla, ante todo, la misericordia. 
Dice el evangelio que, cuando Jesús pronunció esas palabras que han  pasado a nuestro lenguaje común —«el que esté libre de pecado tire la primera pidedra»— los acusadores se fueron escabullendo «empezando por los más viejos». 
Y San Agustín se detiene en ese instante para hacer uno de esos comentarios suyos, bellísimos y memorables:
Et exierunt omnes. Todos se fueron. Remansit solus, et sola. Quedaron solo y sola. Remansit creator, et creatura. Quedaron el  creador y la criatura.  Remansit misera, et misericordia. Quedaron la miseria y la misericordia. Remansit, qui suum reatum agnoscebat, et qui peccatum dimitebat. Quedaron la que reconocía su pecado y el lo perdonaba. 
A este juicio podemos nosotros acudir en esta vida acercándonos al sacramento de la penitencia en el que el sacerdote es el testigo mudo de nuestro arrepentimiento y de la misericordia de Dios. Porque, del mismo modo que. cuando el sacerdote dice las palabras de la consagración, es Cristo quien actúa por medio de él, cuando acudimos al sacerdote para confesar nuestras culpas nos encontramos a solas con la misericordia de Dios que no desprecia un corazón contrito y humillado. 

Terminamos, como siempre, encomendándonos a la intercesión de la Virgen. Hoy acudimos a su advocación del Carmen: ruega, Madre, por nuestros hermanos difuntos; ruega por nosotros, pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte.

domingo, 29 de marzo de 2020

Décima homilía en una iglesia vacía

domingo, 29 de marzo de 2020
V DOMINGO DE CUARESMA A

Queridos amigos:

En catequesis hemos repetido un millón de veces, o más, y ya lo sabéis de memorieta, que el Credo tiene tres partes. La primera habla de Dios Padre, creador del mundo. La segunda habla de Dios Hijo, redentor. La tercera de Dios Espórit Santo que nos hace Hijos de Dios, nos reúne en la Iglesia, nos guía por este mundo, nos santifica y, un día nos hará resucitar para la vida eterna. Así termina el Credo: creo en la resurreción de los muertos y en la vida eterna. Esta es la gran esperanza cristiana.
Y el evangelio de hoy nos habla precisamente de esta gran esperanza: de la resurrección.
Nos dice el evangelio que Jesús tenía unos amigos en Betania: Marta, María y Lázaro. Eran hermanos; dos chicas, Marta y María y un chico Lázaro a los que Jeús quería mucho y que querían mucho a Jesús.
También nosotros somos amigos de Jesús; Él nos llama así: amigos. Y es propio de los amigos confiar unos en otros. Un amigo es esa persona de la que nos fiamos como de nosotros mismos porque sabemos que nos quiere. Si alguien no nos quiere no confiamos en él porque pude hacernos algo malo. De nuetros padres, de nuestros amigos, de los que nos quieren nos fiamos porque sabemos que nunca querrán hacenos daño.
Cuenta el evangelio que Jesús estaba lejos de Betania cuando vinieron a traerle un mensaje de Marta y María: «tu amigo Lázaro está enfermo». Pero Jesús, en vez de ir corriendo a Betania, se quedó dos días donde estaba. Probablemente en su corazón tenía el deseo de ir corriendo a Betania. ¿Por qué se quedó allí dos días?
Jesús —como nosotros— no había venido al mundo a hacer su voluntad sino la voluntad de Dios.
A veces hacemos lo que nos pide el corazón y eso está muy bien porque Dios nos ha dado el corazón para que lo escuchemos. Tengo unas ganas enormes de darle un abrazo a mamá, me la encuentro por el pasillo y la abrazo. Mamá contenta, yo contento y Dios contento.
Otras veces el corazón nos pide una cosa, pero la cabeza nos dice otra. tengo muchísimas ganas de ir a ver a los abuelos, o a un amigo; me lo pide el corazón. Pero la cabeza me dice que ahora no debo ir porque les puedo contagiar el coronavirus. Precisamente porque los quiero tanto, aunque me encantaría hacer lo que me pide el corazón, hago lo que me pide la cabeza: que no vaya, que me quede en casa, que rece por ellos y los llame por teléfono y que ayude asi a todos a salir de esta crisis.
Pero lo más difícil viene cuando Dios nos dice: «hijo mío, sé que el corazón te pide hacer esto y que no entiendes por qué no puedes hacerlo pero yo te pido que no lo hagas, confía en mí». Y nos toca decir: «Padre, lo que me pides me cuesta mucho, tanto que tengo ganas de llorar; y no sé por qué me lo pides pero sé que tú me quieres y eso me basta para obedecerte. Y sé que estas lágrimas mías de ahora tú las vas a convertir en alegría y que lo que ahora no entiendo lo entenderé algún día».
Jesús alguna vez tuvo que obedecer así. Cuando estaba en el Huerto de los Olivos su corazón temblaba pensando en el dolor de la Cruz y, aún así, Él rezaba diciendo: «Padre, si es posible, pase de mí este cáliz. Pero no se haga mi voluntad sino la tuya».
Por eso Jesús no fue corriendo a Betania. Su Padre Dios le dijo: «sé que quieres mucho a Lázaro pero espera». Y Jesús obedeció, como siempre.
Dos días después se puso en camino hacia Betania y, cuando llegó, Lázaro llevaba cuatro días muerto y lo habían enterrado.
Cuando Marta se enteró de que llegaba Jesús salió a su encuentro y le dijo: «Señor, si hubieras estado aquí mi hermano no habría muerto. Pero aún ahora sé que lo que pidas a Dios, Él te lo concedera». Mirad cuánta confianza tenía Marta en Jesús. No se enfada con Él. No le dice «¿por qué no has venido antes? Ya no te quiero» sino yo sé que tú podrías haber curado a mi hermano y que, incuso ahora qu está muerto, puedes devolverlo a la vida».
Jesús le dijo: «Marta, tu hermano resucitará». Y Marta le contestó lo que podríamos haber contestado nosotros porque vamos a la catequesis y lo sabemos: «sé que mi hermano resucitará en el último día». Entonces Jesús le dijo: «Yo soy la resurreción y la vida, quien cree en mí aunque haya muerto vivirá. Y el que vive y cree en mí no moirá para siempre. ¿Crees tú esto». A lo que Marta respondio: «Sí, Señor, yo siempre ceo en ti porque tú eres el Mesías de Dios».
Entonces Marta —que era muy enérgica— fue a buscar a su hermana María y le dijo: «Jesús está aquí y te llama». María —que era muy sensible— no pudo aguantar las lágrimas y se echó a los pies de Jesús llorando. Y Jesús también lloró. Dice el evangelio que se conmovió y se estremeció su corazón. Porque Jesús tiene un corazón como el nuestro.
Llevaron a Jesús hasta la cueva donde habían enterrado a Lázaro y Jesús se puso a hacer oración en voz alta y su oración fue una acción de gracias: «Te doy gracias, Padre, porque siempre me escuchas». Luego dijo: «Lázaro, sal fuera». Y aquel amigo que llevaba cuatro días muerto, volvió a la vida.
Jesús había resucitado antes a una niña que acababa de morir. Resucitó también al hijo de una viuda que llevaba muerto un día y al que llevaban a enterrar. Lázaro llevaba ya cuatro días muerto cuando Jesús lo devolvió a la vida. Así Jesús mostró que para Dios nada hay imposible. Y lo más importante de todo esto es entender que, como nos dijo el Papa hace dos días, Dios puede convertir todas las cosas, hasta las que nos parecen malas, en cosas buenas para nosotros.
Terminamos pidiendo por intercesión de la Virgen María que también nosotros seamos siempre amigos fieles de Jesús. Amigos de Jesús que confían siempre en Dios, pase lo que pase, porque vale la pena.

sábado, 28 de marzo de 2020

Novena homilía en una iglesia vacía

sábado, 28 de marzo de 2020
Sábado de la IV semana de Cuaresma

El sábado es el día tradicionalmente dedicado a la Virgen María. El versículo que hemos proclamado antes del evangelio es una bendición para los que escuchan la Palabra de Dios con un corazón dócil. Una bendición que se aplica ante todo a nuestra Madre, la primera y mejor discípula de Cristo.
En la parroquia hemos hecho muchas veces el propósito de leer el evangelio como discípulos que se sientan a los pies del Señor y no como quien busca allí piedras para lanzarlas contra el prójimo. 
A veces encontramos en el evangelio consuelo, otras veces luz y, otras veces, alguna enseñanza moral o doctrinal. En cualquier caso conviene que cada uno lo lea como palabra que Dios le dirige a él personalmente.
Una vez dijo Jesús: «Yo te alabo, Padre, porque has ocultado estas cosas a los sabios y entendidos y las has revelado a la gente sencilla». Y, claro, todos corremos a apuntarnos en el grupo de la gente sencilla. «Yo» pensamos «no soy uno de esos sabios y entendidos; soy de la gente sencilla». Y nos olvidamos de que uno puede no ser sabio ni entendido y, al mismo tiempo, no ser sencillo. Porque de eso se trata, de recibir la Palabra de Dios con sencillez y con sinceridad.
El evangelio que meditamos hoy fácilmente podemos leerlo como una historia de buenos y malos apuntándonos al grupo de los buenos. 
Jesús está predicando en el templo y la gente lo escucha y cree en Él aunque algunos se preguntan cómo puede ser Él el Mesias siendo de Nazaret si, según las Escrituras, el Mesías debe venir de Belén, de la casa de David. Los sumos sacerdotes y los fariseos ordenan a la guardia del templo que arreste a Jesús pero los guardias vuelven sin Él y diciendo: «nunca hemos oído a un hombre hablar como habla este». A pesar del testimonio de los guardias las autoridades religiosas no creen. Más aún: maldicen a la gente «que no conoce la Ley». 
Solamente Nicodemo, un fariseo que sigue a Jesús en secreto, se atreve a recordar que la Ley no permite condenar a nadie sin oírlo antes. Dice una cosa muy sensata pero los demás se enfadan con él y lo tratan como si fuera un niño ignorante: «anda, vete y estudia». 
Bien. Ahora lo fácil es que yo diga: «soy de los buenos, de los que creen». Sin embargo, ¿acaso no condeno yo también alguna vez sin oír o, incluso, sin conocer a aquel a quien condeno? ¿No opino y hablo de todo  y de todos con ligereza? ¿Acaso no me aferro también yo a mis prejuicios y mis opiniones despreciando el juicio y la opinión de quienes son más prudentes y más sabios que yo?
Conforme se acerca la Semana Santa, la Pasión del Señor, vemos cómo se endurece el corazón de las autoridades religiosas de Israel pero, al final, todos —incluso los discípulos— abandonan a Jesús. Junto a la Cruz quedarán solamente su Madre, Juan y algunas mujeres.
Antes de apuntarnos al grupo de los buenos haríamos bien en preguntarnos si no hemos dejado muchas veces sólo al Señor en la Cruz. 

Terminamos, como siempre, encomendándonos a la intercesión de Santa María. Que, por Ella, nos conceda el Señor un corazón dócil a su Palabra. 

viernes, 27 de marzo de 2020

Octava homilía en una iglesia vacía

viernes, 27 de marzo de 2020
Viernes de la IV semana de Cuaresma

La Sagrada Escritura nos habla del impío, del hombre que no soporta cerca de sí al santo. 
Dicho esto podemos mirarnos al espejo y decir: «Je, je, yo no soy impío, yo soy piadoso. A mí me encantan los santos. Me encanta tener cerca a los santos». Pero no es verdad, nos equivocamos.
Todos los hijos de Eva estamos tocados por el pecado original y tenemos algo de impiedad en el corazón. Incluso cuando admiramos mucho a un santo puede ocurrir que, si se acerca demasiado a nosotros, empiece a molestarnos. Porque no es lo mismo decir «qué bueno eres, Jesús», mirando a la Cruz, que cargar con la propia cruz para seguir a Jesús cuando pasa a nuestro lado. 
El santo nos molesta cuando se acerca tanto a nosotros que puede contagiarnos no el coronavirus sino la santidad. Se acerca el santo y empieza a decirnos las cosas claras: «para entrar en el reino de los cielos hay que pasar por la puerta estrecha; te llamas cristiano pero eres murmurador y perezoso». Y respondemos: «no exageres, todo el mundo murmura, no hay nadie perfecto». Y empezamos a notar que solamente hay dos caminos: cambiar de vida o alejar al santo de nosotros y eso nos enfada: «¿Qué se habrá creído este? ¿Se creerá mejor que los demás?». 
Al santo de verdad —no al de película que está hecho de azúcar— no se le puede querer sin cambiar uno de vida. Deberíamos examinar si nuestras devociones son algo más que palabras. Porque acudo a la Virgen y la encuentro al pie de la Cruz, valiente, fuerte; pero miro mi corazón ¿y no me avergüenzo de mi cobardía? Si no me avergüenzo de mi cobardía viendo a la Virgen al pie de la Cruz, entonces debería avergonzarme de mi falsa devoción a la Señora que es digna de devoción.
El ejemplo de los justos es insoportable para los impíos y Jesús es el Justo que, cuando quiere abrirse paso hasta nuestro corazón se encuentra con la resistencia de los que le decimos: «yo ya soy suficientemente bueno, no me pidas más». En los días de su vida mortal encontró la misma resistencia en hombres que eran creyentes. Conocían bien las Escrituras y el amabilísimo Jesús se acercó tanto a ellos que lo vieron como un hombre, como a un pobre hombre que vino a decirles: «Sabéis mucho de mí. Sabéis que soy de Nazaret. Pero también soy de Dios y a mi Padre no lo conocéis y a mí tampoco».
Y no pudieron soportar eso. No es raro. Si uno se ha pasado la vida buscando a Dios en las Escrituras y, de pronto, se le presenta Dios como un hombre crucificado que le dice «no me conoces» no es raro que uno se sienta confuso como la Samaritana o como Saulo antes de su conversión. 
Contra la impiedad solamente hay un remedio que es la humildad. La humildad que se deja reprender —por la humildad del que ha muerto en la Cruz para salvarnos— y toma el buen camino del Santo.
Santa María, ruega por nosotros.

jueves, 26 de marzo de 2020

Séptima homilía en una iglesia vacía

jueves, 26 de marzo de 2020
Jueves de la IV semana

A veces, cuando un chico se porta mal su padre le dice a la madre: «mira lo que ha hecho tu hijo». Cuando se porta mal, el hijo siempre es del otro. Y Dios, que se revela usando el lenguaje humano, le viene a decir a Moisés: «Mira, ese pueblo tuyo, el que tú sacaste de Egipto, tiene un corazón duro. Tú lo liberaste de la esclavitud y ¿de qué ha servido? Ahí están haciéndose un ídolo y olvidando a su Dios».
Pero Moisés reacciona bien. No se enfada. No dice: «Es verdad, es mi pueblo, yo lo saqué de Egipto y no me hacen caso. Y como es mi pueblo puedo pedirle a Dios que lo destruya y que me ponga al frente de otro pueblo más obediente». Moisés sabe que el pueblo es de Dios y que es Dios quien lo ha sacado de Egipto y ha hecho con él una Alianza. Por eso responde a Dios: «No, Señor, es tu pueblo y no se dirá que tú lo has abandonado o que no eres fiel a tu Alianza». Moisés se pone delante de Dios para interceder por el pueblo de Dios. 
Jesús es el nuevo Moisés. Ha bajado de la montaña del Cielo, ha acampado entre nosotros —-ayer celebramos la Encarnación—, y se ha encontrado con la incredulidad de los hombres que se olvidan de Dios y, a veces, presumen de no necesitar un salvador, de bastarse a sí mismos con su ciencia y sus fuerzas humanas. Pero Jesús no ha protestado; ha cargado nuestros pecados sobre sus hombros y, sin quejas, en silencio, como un corderito, ha subido a la Cruz, ha extendido los brazos para interceder por nosotros y ha soportado todo diciendo: «Padre, perdónalos, no saben lo que hacen». La Cruz es el signo del amor siempre fiel de Dios.
La misión de la Iglesia no es ni ha sido nunca quejarse sino unirse a Cristo para interceder por todos. Y eso hacemos en el santo sacrificio de la Misa: nos unimos a la oración y a la ofrenda que de sí mismo hace Jesús para interceder por nosotros y por todos. 

Terminamos, como siempre, acudiendo a la intercesión de la Santísima Virgen María para que nos alcance la gracia de permanecer con fe ante Dios orando por nosotros y por todos: «ten misericordia de nosotros».