miércoles, 25 de marzo de 2020

Sexta homilía en una iglesia vacía

25 marzo  
La Anunciación

Faltan nueve meses para la Navidad. Etamos celebrando la Solemnidad de la Anunciación a la Virgen María de la Encarnación del Hijo de Dios. Cuando el ángel Gabriel se retiró, el Verbo de Dios se hizo carne en las entrañas de la Virgen María y comenzó a acampar, a vivir, entre los hombres. 
Porque es la Anunciación, el sacerdote va vestido de blanco —o de esta especie de dorado que llevo yo y que vale por el blanco— el cáliz está cubierto con un velo blanco y hay seis velas encendidas en altar que está cubierto con el mantel que reservamos para las celebraciones de la Virgen. 
Hoy el Papa no ha predicado una homilía como suele. Después de proclamar el evangelio ha dicho, a las poquitas personas que estaban allí, algo parecido esto: «San Lucas pudo escribir el relato de la Anunciación porque la Virgen le contó cómo habían sido las cosas. Así que en este evangelio podemos  nosotros oír la voz de la Virgen. Y, como estamos ante un misterio, os propongo que volvamos a leer este relato despacito y pensado esto: que es la Virgen la que nos habla».
A mí me ha gustado esa homilía cortita del Papa. Y sería estupendo que cuando leyéramos el evangelio —especialmente el de san Lucas— pensáramos que es la Virgen María la que nos está hablando de estos misterios. 
Los discípulos de Cristo haríamos bien en sentarnos muchas veces a los pies de la Virgen María para decirle: «Madre, no nos cansamos de oírte. ¡Cuéntanos otra vez cómo fue la Anunciación del Señor! ¡Cuéntanos cómo fue el Nacimiento de Jesús en Belén! ¡Cuéntanos cómo fue su Presentación en el templo! ¡Cuéntanos, Madre, todo lo que sabes de Jesús! Es verdad que lo tenemos escrito en el evangelio, pero cuando tú nos lo cuentas, se nos graba mejor en el corazón». 
En realidad eso es lo que hacemos cuando rezamos el Rosario, decirle a la Virgen: «¡Cuéntanoslo otra vez! ¡Otra vez!. Ni los teólogos más sabios nos emocionan tanto cómo nos emocionas tú cuando nos cuentas las cosas. Y cuando las cuentas tú no hay Papa ni predicador que valga». Quizá por eso el Papa hoy, en vez de predicar, ha vuelto a leer muy despacito el evangelio escuchando el relato de Santa María. Un alma pequeña que reza el Rosario y medita su misterios puede tener el evangelio en su corazón más vivo que muchos sabios. 
Te felicitamos, Madre, en este día de la Anunciación porque supiste escuchar y guardar en tu corazón la Palabra de Dios. Y a nosotros que queremos hacer lo mismo, enséñanos tú, Madre. 

Acuérdate, Señora, acuérdate. 

martes, 24 de marzo de 2020

Quinta homilía en una iglesia vacía

24 de marzo de 2020
Martes de la IV semana

Esta mañana he seguido la Misa del Papa en santa Marta y el comentario que ha hecho a las lecturas que acabamos de proclamar.
Nos hablan del agua que es un símbolo del Espíritu Santo. Él es como esa lluvia que viene del cielo, cae sobre nuestro espíritu y lo renueva.
Antes de que empezara este encierro en el que nos tiene el coronavirus, solía ir cada quince días a pasear por Los Alcores con el cura del Pilar de la Horadada. Y coincidíamos en que nunca habíamos visto tan hermoso este paisaje sobre el que cayeron lluvias torrenciales a finales del año pasado y han seguido cayendo luego, más suavemente, hasta hoy msmo.
Como la lluvia riega la tierra y alegra el paisaje, el Espiritu Santo alegra nuestro espíritu.
Cuando Jesús decía a la Samaritana «Si supieras quién es el que te pide de beber, le pedirías tú a él, y el te daría agua viva» estaba hablando del Espíritu Santo. En el evangelio del domingo pasado recordábamos cómo Jesús untó con barro los ojos de un ciego y lo envió a lavarse en la piscina. Y aquel lavado devolvió la vista a sus ojos. Hoy nos encontramos otra vez con el agua de una piscina que, removida por un ángel, tiene la virtud de devolver la salud a quien se sumerja en ella. 
Hay allí un hombre que lleva treinta y ocho años enfermo. El papa observa que, cuando Jesús le pregunta si quiere ser curado, en vez de responder un «sí» con entusiasmo, parece quejarse: «no tengo a nadie que me meta en la piscina cuando se remueve el agua; para cuando llego yo, otro se me ha adelantado». Y el Papa ve en ese hombre una imagen de la acedia, esa mezcla de tristeza y pereza resignada que mata la esperanza. 
Cuando estamos tristes no nos apetece hacer nada y, si nos acostumbramos a esa tristeza, rechazaremos cualquier palabra de ánimo. No habla el Papa de la tristeza de quien tiene una depresión sino de la tristeza cómoda de quien se ha resignado a su situación y no hace nada por cambiarla excepto, quizá, quejarse de su mala suerte. Porque esa tristeza es aliada del diablo.
Y en estos dias esa tristeza nos amenaza. Hay personas que reaccionan muy bien ante la adversidad. He visto novios que tenian organizada su boda para estos días y han tenido que aplazarla sine die y han reaccionado bien. Y hosteleros y restauradores que tenían llenas sus despensas y ahora están sufriendo un golpe económico muy fuerte. Para todos, esto es un contratiempo y una prueba y necesitamos vigilar para que no nos domine la tristeza. 
Pedimos al Señor que, en vez de lamentos, salga de nuestro corazón un a plegaria invocando al Espíritu Santo que se ofrece a los pequeños, a los que sufren, a los que padecen pobreza, soledad o humillación. Él es el Padre amoroso del pobre que puede alegranos y sostenernos en la prueba. 

Que Santa María nos acompañe especialmente en estos días de prueba. Santa María, ruega por nosotros. 

domingo, 22 de marzo de 2020

Tercera homilía en una iglesia vacía

III Domingo de Cuaresma. Laetare.
22 de marzo de 2020


Si pregunto «¡Niños de la catequesis! ¿Dónde estáis?» Me vais a decir: «¡Estamos en casa por el coronavirus!».

Los que estáis siguiendo la Misa en la tele de San Miguel veréis que la iglesia está vacía y que el sacerdote va vestido de color rosa. 
¿Por qué está vacía la iglesia? La iglesia está vacía por el coronavirus.
¿Por qué el sacerdote va vestido de color rosa? El sacerdote va vestido de rosa,y el cáliz está cubierto con un velo rosa y hay flores rosas —orquídeas— en el altar porque hoy es el domingo laetare, el domingo alégrate.

Esto dice hoy Jesús a su Iglesia: «Laetare. Alégrate. No estés triste por el coronavirus ni por nada». Y hoy tenemos que recordar y repetir esta palabra de Jesús y hacerle eco en nuestros corazones: Laetare, laetare; ¡alégrate! Laetitia, ¡alegría!

En la puerta de la iglesia ha florecido una rosa estupenda. Si nosotros escuchamos a Jesús, que hoy nos dice «alégrate», el Espíritu Santo vendrá sobre nosotros y nos ungirá, como al joven David, con el óleo de la alegría.  Nos vamos a alegrar de verdad —más que la rosa que ha florecido en la puerta de la iglesia— con toda la Iglesia y con todos los sacerdotes que hoy van vestidos de color rosa. 
Y vamos a alegrar a todos con la alegría de la Virgen María que es la rosa más bonita y más alegre que ha habido en el mundo. San José la vio, se enamoró de ella y se convirtió en el guardián de la alegría. 

San José, guardián de nuestra alegría: ruega por nosotros. Santa María, causa de nuestra alegría, ruega por nosotros.

sábado, 21 de marzo de 2020

Segunda homilía en una iglesia vacía

Sábado 21 de marzo de 2020
Funeral por el «tío Chus»

+ Lectura del santo Evangelio según san Lucas.

Era ya como la hora sexta, y vinieron las tinieblas sobre toda la tierra, hasta la hora nona, porque se oscureció el sol. El velo del templo se rasgó por medio. Y Jesús, clamando con voz potente, dijo:
«Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu».
Y, dicho esto, expiró.
Había un hombre llamado José, que era miembro del Sanedrín, hombre bueno y justo.
Este acudió a Pilato y le pidió el cuerpo de Jesús. Y, bajándolo, lo envolvió en una sábana y lo colocó en un sepulcro excavado en la roca, donde nadie había sido puesto todavía.
El primer día de la semana, de madrugada, las mujeres fueron al sepulcro llevando los aromas que hablan preparado. Encontraron corrida la piedra del sepulcro. Y, entrando, no encontraron el cuerpo del Señor Jesús. Mientras estaban desconcertadas por esto, se les presentaron dos hombres con vestidos refulgentes. Ellas quedaron despavoridas y con las caras mirando al suelo y ellos les dijeron:
«¿Por qué buscáis entre los muertos al que vive? No está aquí. Ha resucitado».

Queridísima Carmen:

En circunstancias normales ayer habríamos celebrado el funeral de tu marido y la iglesia habría estado llena. Te habrían acompañado aquí Irene, que ha sido siempre para Jesús y para ti una hija queridísima; Raúl, su marido; sus tres hijos, tus hermanas, vuestros numerosos sobrinos y toda la parroquia y el pueblo de San Miguel que os conoce y os quiere.
No ha sido posible. El entierro de Jesús se ha hecho, como el de Nuestro Señor Jesucristo, sin ceremonias y casi en secreto, aunque con mucha piedad, respeto y amor. Y así, Jesús se ha marchado como ha vivido, silenciosa, discreta y humildemente. 
Pero tu familia, tus vecinos y este sacerdote que se honra con tu amistad, te acompañamos ahora más que nunca y damos gracias a Dios por el buen ejemplo que Jesús y tú nos habéis dado siempre. 

La primera parte del evangelio que hemos proclamado recuerda las últimas palabras de Cristo en la Cruz: «Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu». Tú marido, o como lo llaman tus sobrinos, «el tío Chus», recibió el sacramento de la Unción de enfermos hace solo unos días con tanta paz y alegría que luego lo celebramos cantando con él algunas de sus coplas favoritas. Poco después el Señor lo ha llamado a su presencia porque estamos hechos para la vida eterna y nuestras coplas de aquí son un anticipo del canto alegre que entonaremos, para siempre, en Cielo.

Después el evangelio nos recuerda con muy pocas palabras cómo fue el entierro de Jesús. Un hombre llamado José, como el bienaventurado esposo de Santa María, descolgó de la Cruz el cuerpo de Nuestro Señor, lo envolvió en una sábana y lo colocó en un sepulcro nuevo. Esas pocas palabras nos hablan de la piedad, amor y respeto con que fue enterrado el Señor y nos dicen que, si hay eso, piedad, amor y respeto, no hace falta mucho más para enterrar a nuestros hermanos porque la sepultura no es nuestra morada y, sobre todo, porque lo mejor viene después.

Y lo mejor es lo que cuenta la tercera parte del evangelio que hemos proclamado: el anuncio de la resurrección. Unas mujeres enamoradas van al sepulcro llevando aromas para embalsamar el Cuerpo del Señor. Van llorando y vuelven anunciando lo que han visto y oído allí: que el sepulcro está vacío y que el Señor ha resucitado. 
Ahora, queridísima Carmen, lloramos contigo por «el tío Chus» como lloró Jesús por la muerte del amigo. Pero no lloramos con amargura y desconsuelo sino con esperanza, porque el Señor ha resucitado y ha abierto para todos nosotros las puertas del Cielo.

Sabes que siempre terminamos la Misa cantando a la Virgen. Hoy cantaremos la Salve Marinera en honor a la Virgen del Carmen —tu patrona— y al tío Chus le va a encantar. Y la Virgen del Carmen, que prometió llevar al Cielo a sus amigos el sábado siguiente a su muerte, ya habrá cumplido su promesa. 

Querida Carmen: Que Dios te bendiga y nos bendiga a todos.

jueves, 19 de marzo de 2020

Homilía en una iglesia vacía.

19 de marzo 2020
San José

Se me hace muy raro hablar en la iglesia vacía así que voy a imaginar que los niños de la catequesis estáis aquí y voy a predicar, como cada domingo, para vosotros. 
Pero empiezo dando las gracias a la tele de San Miguel y saludando a los que seguis la misa por este canal, especialmente a María —que aún está enfadada conmigo pero es muy buena— y a los catequistas y al coro —que no están aquí— y al órganista que sí está aquí y se llama Andrés. Andrés es el único que esta conmigo en la iglesia aparte del Señor que está en el sagrario, claro. Un saludo a todos. 

Amigos, hoy es san José.Habéis visto muchas veces su imagen en la iglesia y sabéis que fue el esposo de la Virgen María. Yo creo que lo más grande que se puede decir de san José es que estaba enamoradísimo de la Virgen María y que vivió para ella.
Y me parece que si le preguntásemos a él, si le dijésemos «san José, danos un consejo para ser buenos cristianos, para vivir siempre como hijos de Dios» él nos diría: «Quered mucho a la Virgen María  que es la Madre de Dios y vuestra madre y ella os enseñará a querer a Jesús y os llevará al Cielo».

Ahora una de esas preguntas difíciles que hacemos en la catequesis: ¿qué oficio tenía san José? A ver, pensadlo un poco.
Exacto, san José era artesano. Era el carpintero de Nazaret. Vivía de su trabajo y enseñó su oficio a Jesús. 
Si le dijésmos a san José «te hemos pedido un consejo para ser buenos cristianos y nos has dicho que queramos mucho a la Virgen María; danos otro consejo», san José nos diría: «Aprended un oficio, el que sea, y hacedlo bien porque un carpintero puede tener a Dios en su taller como lo tuve yo, pero una doctora, un violinista, una maestra una escritora o qué se yo, un buzo, si hacen bien su trabajo y se lo ofrecen a Dios harán mucho bien a los hombres —a lo mejor descubren una vacuna contra el coronavirus— y tendrán siempre a Dios muy cerca, como lo tuve yo, y Dios trabajará con ellos y lo que hagan será obra de Dios». 

Pues vamos a hacerte caso, san José. Vamos a querer a Jesús y a María como los quisiste tú. Vamos a estudiar y vamos a aprender a trabajar con Dios y, como hoy es tu día, vamos a rezar por los seminaristas que se preparan para ser sacerdotes. 
Ojala todos los sacerdotes se parezcan a ti, san José. Ójala todos los sacerdotes tengan corazón de padre, como tú, y estén enamorados de Jesús y de María, como tú, y trabajen bien, como tú, con alegría. 


San Miguel Arcángel, ruega por nosotros. Santa María, Virgen del Rosario, ruega por nosotros. San José, nuestro padre y señor, ruega por nosotros. 

lunes, 27 de enero de 2020

Y EL NIÑO ROMPIÓ A HABLAR (Twit)

lunes, 27 de enero de 2020

Aquí un divertidísimo artículo de don Enrique García Máiquez:


Y aquí una colección moralizante de últimas palabras de cada día:
1. Mañana más. 
2. Cuéntame un cuento. 
3. ¡Qué bien!
4. Ahora y… e la… ho… ra de… nues…tra… mu…
5. ¡Oh!
6. Mañana será otro día.
7. Buenas noches, Padre Dios.
8. ¡Qué sueño!
9. ¡Se acabó la función!
10. ¿Quién teme al lobo feroz?

Un buen día don Enrique nos hablará de las primeras palabras de los niños que no siempre son —como se piensa— «mamá» o «papá».
Una mi sobrina dijo claramente «fonendoscopio» la primera vez que habló.
De mi hermano José Miguel —a quien Dios tenga en su Gloria— se cuenta que no habló hasta los cincos años. Un día que mis padres —agotados—  decidieron salir a dar un paseo en el coche para huir del bullicio casero pensaron: «Nos llevamos al pequeño que no habla». Y el niño rompió a hablar en la calle de Goya imitando la retransmisión de un partido de fútbol. Cuando llegaban a la Puerta de Hierro mis padres decidieron volver a casa y José Miguel aún estaba retransmitiendo el primer tiempo.
Y sé de uno que ahora es catedrático de Griegos y que, recién nacido, apartando su boca del nutricio pecho de su madre y antes de de quedarse dormido, habló de «los rosados dedos de la Aurora».

Twit 




viernes, 24 de enero de 2020

Descansa en paz, hermano

viernes, 24 de enero de 2020
A eso de las seis de esta tarde, víspera de San Francisco de Sales, mi hermano Juan Manuel ha comparecido ante el Justo Juez. Si no es por revelación particular, que yo no he tenido, nadie puede saber qué habrá resultado de ese inapelable juicio. Solamente podemos llorar un poco, rezar mucho y consolarnos con palabras de fe.
Mi hermana Arantxa me ha dado la noticia a las seis y veintidós minutos, cuando me disponía a entrar en la iglesia de Los Montesinos para celebrar la misa de las seis y media. Hemos ofrecido la Misa por él y, en el memento de difuntos, todos hemos llorado un poco. Al terminar, el monaguillo y la sacristana me han consolado mucho con palabras de fe. 
Juan Manuel nació en Madrid hace cosa de setenta años. Fue el segundo de los hijos de mis padres. Creció —pero nunca engordó— y adquirió un cuerpo recio y fuerte que le permitió, desde su adolescencia, destacar como tenista y vagar por la sierra de Guadarrama escalando cualquier pico que se le pusiera por delante. 
Antes de que terminase su adolescencia —y mucho antes de que yo adquiriera uso de razón— pidió la admisión en el Opus Dei. Debieron de admitirlo porque se fue de casa como es razón que hagan los seres humanos cuando tienen alas y pueden volar. 
Ahora que lo pienso, voló deprisa. Porque yo tenía nueve años cuando él ya estaba en Roma. Estudió Magisterio y Teologías. Muchos años depués leí su tesina intitulada La razón como lugar teológico en Melchor Cano. Iba encabezada por dos citas: una de Lutero y otra de Santo Tomás de Aquino. La de Lutero: La razón es la prostituta del diablo. La de Santo Tomás de Aquino: Todo lo que la razón puede alcanzar de la verdad no es suficiente para la plena sabiduría. 
Yo tenía trece años cuando él fue ordenado como presbítero en Barcelona. Empezó su ministerio sacerdotal en Bilbao y su herencia Elorza hizo que se sintiera allí como pez en el agua. 
Cinco años más tarde, mis padres lo llamaron muy preocupados porque yo les había dicho que también quería ser sacerdote y ellos no estaban muy seguros de que yo hubiera alcanzado aún el uso de razón. Vino a Madrid para interesarse por el fenómeno y charlamos largo rato. 
Cuatro años más tarde fui a Pamplona para el examen de ingreso en la flamante Facultad de Teologías. Juan Manuel me esperaba en la estación del tren con su sotana. Iba yo a abrazarlo y a besarlo pero me tendió la mano. Caí en la trampa, le tendí la mía y la estrujó como diciendo: «bienvenido al mundo de los adultos». Al salir de la estación un individuo le gritó: «¡Cuervo!». Era la primera vez en mi vida que oía a alguien insultando a un sacerdote y me inmuté no poco. Juan no se inmutó.. Sonrió y saludó al insultador levantando y agitando la mano como hace el Papa cuando saluda a las multitudes. 
Durante mis cinco años en Pamplona nos vimos con frecuencia allí y en San Sebastián. Al terminar mi Bachiller en Teologías fui a San Sebastián para enterarlo de mi nuevo proyecto: irme a Venezuela. Puso cara de póker y, nada más despedirme de él, debió de coger el teléfono para hacer algo que nunca le agradeceré bastante: llamó a un sabio sacerdote de Pamplona y le rogó que tratase de quitarme la idea de la cabeza. Al sabio sacerdote le faltó tiempo para invitarme a desayunar en el Hotel Los Tres Reyes y para convencerme de que lo mejor que podía hacer era ordenarme en Españita y que ya luego Dios diría. 
Estaba yo haciendo las maletas para volverme a Madrid cuando me llamó por teléfono (todavía no había teléfonos celulares en el mundo) y me dijo: me voy contigo a Madrid. Y se vino conmigo: primero hasta Madrid —donde comunicó a mis padres, para mi perplejidad, que se iba a Guatemala— y luego hasta Alicante donde yo había concertado una entrevista con el rector del Seminario. 
Ese verano del 87 volvió a Alicante para despedirse de mis padres y de los que estábamos aquí y voló a Guatemala. Y allí se estuvo, hasta septiembre del año pasado, escalando volcanes, derrotando en el campo del tenis a cuantos osaban enfrentarse a él y haciendo amigos que ahora estarán llorando un poco, como todos. 
De la hospitalidad amabilísima de sus amigos guatemaltecos fui testigo las dos veces que estuve allí.  
En septiembre, después de una revisión médica le aconsejaron que volviera a Españita. Obedeció. Pasé una noche con él en la Clínica Universitaria de Navarra en Madrid y lo vi por última vez en Alcalá de Henares el 8 de diciembre. Charlamos largamente. Nos hicimos una foto, me dio la bendición del viaje y me volví a Alicante. 
Mañana, si Dios quiere, iré a Madrid para su entierro en el cementerio de La Almudena. 
Se me ha olvidado decir que tocaba la guitarra y que tenía un lindo repertorio de canciones vascas. A una de ellas Itsasoa laino dago, él le daba esta entradilla en castellano: 
Hay niebla en el mar
hasta la barra de Bayona.
Te quiero más 
que los peces al agua. 

jueves, 9 de enero de 2020

UN CURA DE PELÍCULA

jueves, 9 de enero de 2020

En lo que llevamos de año el Buen Dios ha llamado a dos sacerdotes de Orihuela-Alicante. 
En la víspera de Reyes murió don Fernando Rodríguez Trives a los 66 años y después de una larguísima y penosa enfermedad. Era uno de los sacerdotes más sabios de la diócesis y —probablemente— el más elegante de todos. Muy querido en San Miguel de Salinas que fue, creo, su primer destino sacerdotal, lo recuerdan con cariño y admiración todos los seminaristas que lo conocieron como rector del seminario que aquí llamamos «Teologado». A su entierro asistieron, con el obispo, un centenar de sacerdotes. Yo no pude ir. Fui a rezar un responso al tanatorio de Elche y tuve la dicha de conocer a su hermano mayor, a una su cuñada, y a una su sobrina. ¡Qué simpática y amable familia! 
Hoy, en la parroquia de Santiago Apóstol de Onil, se ha celebrado la misa exequial de don José Hernández Quilis a quien todos conocíamos como «Pepito Quilis». En elegancia y sabiduría no iba a la zaga de don Fernando a su manera. Solía calzar jersey gris —un tanto ajado— con cuello de cisne. Lo que sé de él y puedo contar lo escribí el 9 de febrero de 2011 en este blog. Sé otras cosas de él que no puedo contar porque —miren ustedes— estoy llorando. Copio aquí la entrada que le dediqué hace nueve años y que titulé «Un cura de película».

UN CURA DE PELÍCULA

Don Pepito Quilis nació en Onil en 1930. Su padre —guardia civil— murió poco después y don Pepito —hijo único— quedó a cargo de su madre que no era rica sino todo lo contrario. La madre de don Pepito se llamaba Rosalía y a él lo llamaban en Onil «Pepito de Rosalía» para distinguirlo de Pepito el del Chorret, y de Pepito el de la Espardeñera.
Las autoridades de Onil no veían con buenos ojos a Rosalía porque pensaban que una viuda de guardia civil y beata —así llamaban a las que iban a Misa cuando ir a Misa estaba mal visto— era un peligro.
Cuando empezó la guerra —en el 36— el Pepito de Rosalía solía ir con los niños rojos a pelear contra los niños fachas y beatos. Pero en su casa tenía unos altarcitos y allí reunía a las niñas que ahora son señoras mayores y aún recuerdan cómo se emocionaban con las novenas que el Pepito organizaba en su casa.
En plena guerra el Pepito encontró en un baúl una bandera nacional. Inquieto, juguetón e insensato como era, y sin advertir el riesgo que corría la puso en el balcón de su casa. Inmediatamente se presentaron alli unos milicianos que llevaron a Rosalía ante el Comité que gobernaba el pueblo. La castigaron obligándola a fregar —de rodillas, claro— durante un mes las dependencias de la Casa del pueblo.
El día en que terminó la guerra, Pepito estaba con su madre en la casa que sus abuelos tenían en Salinas. Reunió a los chicos de Salinas y los llevó a un vertedero donde había cacerolas viejas y otros tesoros. Allí se armaron todos y celebraron el  primer desfile de la Victoria que hubo en Españita.
En Salinas no había cura, de modo que el Pepito se encargaba de predicar a las chicas y de organizar a los chicos.
Cumplió los doce años y se fue al seminario de Valencia porque Onil -por entonces- pertenecía a la diócesis de Valencia. Cuando volvía al pueblo iba a Misa con su sotanita y su bonete y, por las tardes, se juntaba con la panda de los rojos que ahora habían caído en desgracia.
Se ordenó de menores hacia el 52. Estaba inquieto porque sus amigos de pandilla decían que los curas no trabajan. ¿Cuál es el trabajo más duro? Don Pepito decidió irse a una mina de Lérida durante las vacaciones de verano para demostrarse —y demostrar— que era capaz de trabajar. Pasó allí tres meses.
A la ceremonia de su ordenación sacerdotal —en el 54— asistieron los mineros de Lérida encantados de tener un amigo al que llamaban El Valencianet.
A sus bodas de oro sacerdotales —en el 2004— asistieron todos sus quintos y comulgaron todos. Le habían preparado un regalo. Uno de ellos subió al presbiterio al terminar la ceremonia y dijo, con estas o semejantes palabras: Amigo Pepito: nos has dicho muchas veces que ser amigo de un cura no sirve para nada si uno no hace caso al cura y no va donde el cura quiere llevarlo. Nos preguntábamos qué podrías querer como regalo para tus bodas de oro y hemos pensado que te gustaría saber que todos nos hemos confesado para comulgar hoy. Y eso hemos hecho.
Cada martes voy a Onil para recoger a don Pepito y nos vamos juntos a Alicante. Luego lo llevo, de vuelta, a Onil y, por el camino, mientras conduzco mi Ford Fiesta en silencio, él me cuenta estas y otras historias. 

Esto escribí hace nueve años. Más cosas contaría si no estuviera, tan sin razón, llorando. 

domingo, 8 de diciembre de 2019

D.E.P. Doña Rosario de Agustín Jiménez

sábado, 7 de diciembre de 2019

Esta mañana ha muerto Rosarito, uno de los seres humanos más bondadosos que he conocido en mi vida. A una de sus muchisimas nietas la oí decir una vez que su abuela era «achuchable» y, al parecer, la legión de sus nietos convenía en ello. 
Hay que aclarar en seguida que de ninguna manera se habría dejado achuchar por cualquiera aunque se hacía querer por todos. Su sentido del decoro no necesitaba poner barreras o marcar distancias para hacerla respetable porque su sonrisa, con la que unos ojos de mirada profundísima lo obsequiaban siempre a uno, decía a las claras que uno estaba ante una señora excepcional y que achucharla sería, en todo caso, privilegio de sus nietos. 
Si sus nietos eran legión sus hijos son once. Otros dicen que fueron doce. Muchos, sin ser estrictamente hijos —sus nueras, por ejemplo, y sus yernos y yo mismo— recibimos de ella un trato maternal. Como a mí me dispensaba ese trato en mi calidad de cura, sospecho —y no tengo celos por ello— que a cualquier sacerdote que se haya cruzado en su camino lo habrá tratado con el mismo afecto. 
Esposo tuvo uno: José María Poveda. Entrambos hicieron ese prodigio que es una familia numerosa en la que todos se quieren de tal modo que da gloria verlo. 
Para lo que diré a continuación no sé si conviene emplear el pasado o el presente. Siempre fue amiguísima de san José y devotísma de santa María. Como he usado el pasado con el superlativo dejo al amable e imaginativo lector imaginar qué grado de amistad y devoción la unirán ahora en el Cielo a la Virgen y a su amabilísmo esposo. 
De lo que no me cabe duda es de que Jesús, nuestro Señor, ha dicho esta mañana a santa María y a san José: «Al parecer Rosarito solamente pide que la tomen de la mano. Bajad, por favor, a Madrid y tomadla de las manos». 

Si la Virgen y san José han pedido permiso para achucharla un poco antes de llevarla al Cielo, apuesto mil dólares a que en el Cielo a todos les ha parecido una idea estupenda. 

martes, 26 de noviembre de 2019

martes, 26 de noviembre de 2019

7:30
Un gato aprovecha que todavía no han empezado a trabajar los que están remodelando la plaza para pasear a sus anchas por la obra. 
7:55
Llego al ambulatorio que aún está cerrado. Diez personas están esperando en la puerta: cinco extranjeros perfectamente alineados en una cola y cinco españoles diseminados por ahí. Me uno a la espera anárquica de los nacionales. Un noruego de luengas barbas me saluda y correspondo a su saludo. Van llegando más. Abren la puerta del ambulatorio y dejo pasar a todos. Muchos me dan las gracias por esta cortesía que, en realidad obedece a mi deseo de contar cuántos entran. Entran veinte. La escena de la calle se repite en la sala de espera. Los extranjeros -ocho- hacen una cola ordenada ante la puerta señalada con un cartel que dice: «curas y análisis». Los españoles -trece contando al cura- nos dispersamos por la sala. Una enfermera va llamándonos por nuestros nombres y entrega a cada uno tubos con tapones de diferentes colores. En su lista soy el séptimo: me felicito. Desde la sala de curas se oye una voz: «El siguiente». Entro y me recibe otra enfermera. Intercambiamos un cordial saludo, me siento, me arremango el brazo derecho, lo extiendo sobre una almohadilla y alzo los ojos al cielo esperando lo peor. Sé que me van a pinchar y que sentiré un terrible dolor cuando la aguja entre en mi vena, pero estoy entrenado para sufrir en silencio. «¿Se marea usted?», pregunta la enfermera. «No», miento. «Pero prefiero no mirar», aclaro. «Bueno, pues ahora le voy a pinchar», anuncia. Y lo hace. Y empiezo a desangrarme sin demudar el rostro. «Ya está», dice la enfermera. Me felicito. Prueba superada. A Torremendo.
9:00
Joan ha preparado todo para la exposición del Santísimo y para la Misa. Pange lingua, Adoremus in aetrenum sanctísimum sacramentum, Pater noster… oigo pasos e imagino que ha entrado otra feligresa del pueblo por lo que paso al castellano: Dios te salve, María… Comienza la adoración silenciosa. Rezo el ofico de Lecturas y Laudes. Bendición. Somos seis. Me revisto y comienza la Misa. Luego acción de gracias hasta que el reloj de la torre da las
10:00
Recogemos todo. Alcira —una colombiana que lleva nueve meses en España— hace ademán de salir y le propongo: «Si quiere quedarse a rezar un rato más basta con que cierre la puerta cuando termine. También puede venir a desayunar con nosotros». Me da las gracias con los ojos y la sonrisa y me dice con palabras y dulce acento americano que prefiere seguir rezando. Joan y yo nos vamos a desayunar al bar D’Arón. Ya está. Al salir nos encontramos con Mim que ha venido a ensayar los cantos del domingo. Joan se va. Mim y yo vamos a la iglesia. Abrimos las puertas de par en par para que entre el sol y nos ponemos a ensayar al sol. O Come, O Come Emmanuel y The Angel Gabriel -para la primera misa del domingo- y otra, que he olvidado, para la misa con niños. 
Entra un grupo de turistas noruegos altísimos guiados por un guía de la misma nacionalidad y tamaño. Después de alabar la voz de Mim -que es de alabar- me presentan al más alto de todos que, al parecer, es un pastor luterano. Me ruegan que les explique un cuadro que representa a Tobías sacando el pez del agua y mostrándoselo a san Rafael. Sé que los amables luteranos no tienen en su Biblia el libro de Tobías pero, aún así, me extraña que el pastor y los demás escuchen la narración de la maravillosa historia como cosa jamás antes oída. Se marchan muy contentos y seguimos con el ensayo. 
11:30 
Me despido de Mim, cierro la iglesia y voy a llevar la comunión a los enfermos. 
Voy primero a casa de Luisa, 94 años. Está en la cama. Su nieta se casó hace dos semanas. Ella se arregló para ir a la boda pero, al final, no pudo ir. Me abre la puerta su nuera. Charlamos, rezamos, comulga y, antes de despedirnos, dan las doce y recitamos el Ángelus. 
Ahora Josefa, 96 años, la mayor del pueblo. Tiene una hermana carmelita en Cuba. Me abre la puerta, charlamos, rezamos y comulga. 
Ahora Enriqueta. Tiene menos de ochenta pero no recuerdo cuántos.  Me abre la puerta su hija. Mientras esperamos que Enriqueta salga del baño charlamos. Su hijo, de cuatro años, está estudiando solfeo en la escuela de San Miguel. Llega Enriqueta. Nos habla de sus achaques y de su amor a la Virgen y nos muestra la galería de santos que tiene alrededor de la televisión. Rezamos y comulga. Justo entonces llegan el yerno y el nieto de Enriqueta. El niño entra corriendo en la habitación y —sin importarle la presencia del cura ni su aspecto grave— se arroja a los brazos de su madre, que está sentada en la cama, y ambos permanecen así, abrazados cariñosísimamente, hasta que me despido.
13:15
Salgo de Torremendo a San Miguel en mi lujoso Seat León. ¿Dígame? Del Garden Center. Que llegarán a San Miguel en cinco minutos con el árbol de Navidad. Me felicito por la feliz sincronía.
En la iglesia de san Miguel encuentro, ensayando, a Ciprian, el organista suizo que actuará en el concierto de Adviento. Nos presentamos y abro las puertas de la iglesia justo en momento en que llegan los del Garden Centre con un hermoso abeto de cuatro metros. Lo dejan en el prebiterio, delante de la Cruz. Ahora tenemos que esperar a Armin, a Heidy y a Norma, la esposa de Ciprian, suiza, aunque nacida en Canadá, que cantará en el concierto de Adviento. Aprovecho para ir a la casa parroquial y trastear en la Red y encuentro un artículo estupendo, La derrota de la seriedad, y lo tuiteo. ¿Dígame? Es Armin. Que ya están en la iglesia. Que bajo volando. Vamos a comer a Almoradí con el organista de allí y de aquí. Cojo las partituras que Mim me ha dado para él y voy volando a la iglesia. Heidy me presenta a la amable Brenda y, en seguida, nos hacemos amigos. 
14:15
Llegamos al bar Angelín donde comemos. Nos invitan Armin y Heidy. Les damos las gracias. Armin entra saludando, uno por uno, a todos los  clientes del bar e interesándose por los productos típicos de la tierra. Cuando terminamos Armin sale, igual que entró, despidiéndose de todos. Todos se felicitan por la simpatía de ese guiri. Luego Andrés nos lleva a la iglesia de Almoradí y nos muestra el órgano. Ciprian y Andrés empiezan a tocar y no paran. Se va haciendo tarde. Andrés insite en llevarnos a la capilla de san Emigdio, luego nos muestra la imagen de san Andrés y las de los santos Abdón y Senén. ¿Queremos subir al campanario para ver el pueblo desde alli? Se hace tarde. ¿Queremos ver el casino? Entramos un momento. ¿Queremos ver el teatro? ¿De verdad no queremos tomarnos un brandy y fumarnos unos puros muy buenos con él? Prometemos volver otro día y nos despedimos. 
18:15
Me dejan en San Miguel y se van a casa de Armin y Heidy donde se alojan Ciprian y Brenda. Hay que sentarse tranquilamente delante del sagrario y estarse allí quietecitos. Ya está. 
Hay que llamar a don José Antonio, el cura del Pilar de la Horadada, para confirmar el paseo de mañana. No contesta. Hay que llamar al Garden Center para saber a qué hora cierran. No contestan. 
Vísperas. 
Hay que cerrar la iglesia y recogerse en la casa parroquial. El galán de noche perfuma la plaza. 
19:30
Veamos: no he rezado el rosario, no puede ser. Ya está. ¿Aceptará el Buen Dios cada una de las treintaicinco jaculatorias de la Letanía como la súplica de treintaicinco hijos suyos que hoy no lo han invocado? ¿Donde está Se hace tarde y anochece del cardenal Sarah? Ajá. En el despacho. Veamos. Lo dejé en la página 194, cuando le preguntan que por qué dice que la teoría de género pone en peligro a los más débiles y a los niños. Ya está.
20:30
¿Dígame? Es don José Antonio. Que nos vemos mañana a las 10:15, caminamos una hora y cuarto, volvemos caminando otra hora y cuarto y se vuelve al Pilar de la Horadada porque ha quedado allí para comer. Estudió en Alemania pero, al parecer, cuando fue allí ya amaba el orden y la previsión. Me gusta.
Hay que calentar otra ración de sopa de hierbas y hay que zampársela. Ya está. 
21:00
Mensajes de WhatsApp: 30. Unos piden noticias, otros dan noticias, cosas de familia, de la parroquia… Contesto algunos. Dejo otros para luego porque tengo que ver lo de las lecturas de mañana. Y está. 

Veamos. ¿escribo el diario o no? Sí. Ya está.

lunes, 25 de noviembre de 2019

lunes, 25 de noviembre de 2019

8:00
Desde mi ventana observo la plaza. Las palmeras, inmóviles, me dicen que no es un día ventoso. 
8:30
Abro la iglesia. Joan ha encendido ya las velas del sagrario y está haciendo oración. Me siento en silencio para no hacer nada más que mirar fijamente el sagrario. Me había traído el último libro del cardenal Sarah pero no quiero leer. 
9:00
Una puerta se abre y se cierra justo cuando el reloj del campanario da las nueve. Es Concepción. Se sienta y se pone a mirar fijamente el sagrario. Yo me voy al confesonario. Laudes y Oficio de Lectura.
9:30
Empieza la misa. Somos 10. Durante el acto penitencial se unen tres más. Somos trece. Carmen sale a hacer la primera lectura y se pelea con el nombre de Nabucodonosor. Los jóvenes israelitas se niegan a comer alimentos impuros y piden que les den solamente legumbres. Otras dos feligresas entran en la iglesia. Somos quince. Durante el ofertorio oigo que se abre y se cierra la puerta. Cuando me vuelvo para el «Orate fratres» observo que ha entrado otra feligresa. Somos dieciséis. Me concentro en la plegaria Eucarística. Suena un teléfono con esa música del grito de tarzán. El grito de Tarzán se repeite y se nota que se va alejando hasta que se abre y se cierra la puerta. Entonces se oye desde fuera de la iglesia la voz de una señora que dice: «Dime. Estoy en Misa». Más puertas que se abren y se cierran. Cuando me vuelvo para el rito de la paz veo que una feligresa que estaba delante se ha ido atrás y que se han unido otras dos feligresas. Somos dieciocho. 
10:15
Desayuno en casa de doña Nati. Joan me ha traído los ingredientes y la receta para una sopa antoixidante: un turmeric, seis carrots, un pepper, una cabeza de garlic, y una raíz de ginger. Se lo agradezco y salgo pitando porque tengo que ir al hospital, a la farmacia, al banco y al taller y preparar la charla de esta tarde. 
12:15
Vuelvo del hospital. Dejo lo demás para la tarde y me pongo a preparar la charla. ¿Dígame? Es Armin, que está en la puerta de la iglesia y que ha traído los bártulos para colgar la placa con el Ut queant laxis. Que voy volando. Colgamos la placa junto a la puerta del coro. Instalamos los altavoces para el concierto de Adviento. 
13:00 
Ayudo a Armin a llevar sus bártulos al coche admirándome —tan pesados son— de que haya podido llevarlos él solo a la iglesia. Armin es muy bueno,. Le digo: «gracias, te vas a ganar el Cielo». Se ríe y me contesta que su mujer le ha dicho alguna vez: «Sí sí, tú irás al Cielo pero vas a ser el único allí y echarás de menos a la gente normal». Su mujer aún es más buena que él. 
Me pongo a preparar la charla. ¿Dígame? Es un viejo amigo del colegio. Me informa de que ha muerto el padre de otro compañero y me da su número de teléfono. Se lo agradezco mucho. También me informa de que está escribiendo un libro y de otras cosas muy interesantes. 
Leo rápidamente el opúsculo de santo Tomás sobre los Mandamientos y tomo algunas notas para la charla. No hay tiempo de más. Son las…
14:10
…y me esperan para comer en casa de doña Nati. 
15:30
Toca mirar fijamente el sagrario. Vísperas. 25 mensajes de WhatsApp. Uno es de Teresa: que recuerde que hay catequesis a las 18:00. Le digo que empiece sin mi. 
16:30
Me concentro en la lectura del último libro del Cardenal Sarah. 
17:00
Salgo para la casa de Concepción donde es la charla. 
18:30
Vuelvo a San Miguel, paso por el taller para pagar los 88 € con 88 centavos que debía de la ITV. Bruno me perdona tres centavos. Se lo agradezco y me felicito. Llego a la iglesia donde Teresa ha comenzado con la catequesis. «¿Te acuerdas de nuestros nombres?» me pregunta uno de los niños. No me acuerdo. Los invito a que me sigan hasta el altar de la Inmaculada haciendo una genuflexión al pasar ante el sagrario. La hacen muy bien. En el altar de la Inmaculada toca hablar de Adán y Eva, del pecado original y del bautismo que no necesitó la Virgen María porque ella fue concebida sin pecado original. Toca también hablar de los dos abuelos de Jesús que solamente tuvo dos porque era el Hijo de Dios. Terminada la explicación uno levanta la mano: «¿Cuándo te vas a aprender nuestros nombres?». Y yo: «Ahora». Y empezamos. Al primero, un niño rubio: «¿Por qué letra empieza tu nombre?» Y él: «Por G. Pero no es Jorge». Y yo: «Guillermo». Y todos: «¡Sí!». Y así con Daniel, Ivan, Álvaro —el más pequeño— y con… «Mi nombre empieza por I y significa paz»… «Mi nombre también empieza por I y es vasco y también es una selva»… Irene e Irati se mueren de risa porque acierto sus nombres.
19:15 
Los dejo con Teresa. Aún tengo tiempo de ir a casa para coger la receta médica, ir a la farmacia para pedir metotrexato, volver a casa para coger la tarjeta de la seguridad social que se me había olvidado y volver a la farmacia para lo mismo.
19:30 
Pelo las zanahorias y todo lo demás, lo troceo y, siguiendo las instrucciones de Joan lo sofrío todo con aceite de coco. Luego cubro el potaje con agua y dejo que hierva. Bajo el fuego, tapo la olla y me dispongo a esperar 40 minutos. Como hay que removerlo de vez en cuando me llevo a la cocina una silla y el ordenador para enterarme de lo que pasa en el mundo de Twitter, YouTube, WhatsApp y eso. ¿Dígame? Es mi tía María Isabel. ¡Que bien! Charlamos y yo voy removiendo el potaje en la olla. 
20:40 
Parece que las zanahorias ya están blanditas. Siguiendo las instrucciones de Joan reservo dos partes para mañana y pasado mañana y me zampo la parte de hoy. Me felicito. Recojo todo, saco la basura. 
21:30
Hay que echarle un vistazo a la agenda de mañana. ¡Oh! Análisis en el ambulatorio a las 8:00. ¿Dónde están los papeles del análisis? ¡Ah sí, en la mesa del despacho! 

¡Qué bien!

miércoles, 10 de agosto de 2016

Un día entenderemos lo que hoy están gritando los profetas

Conocí a Samuel en la primera parroquia a la que me destinaron -como vicario- hace más de treinta años. Samuel tenía -y tiene- todo el aspecto -y el apellido- de un judío de película. Fue educado en una familia evangélica y bautizado en un cursillo de cristiandad. Entre sus habilidades se cuenta esa que le ha granjeado más de un premio en la Asociación de Belenistas. A los belenes de mi amigo Samuel no les falta ni un detalle. Sabe hacer canastillas y ánforas diminutas y, si te fijas, puedes ver en sus belenes jamones que cuelgan de un clavo y hasta panecillos recién salidos del horno.
Pues bien, conocí a Samuel -como he dicho- hace años y una de las primeras cosas que le vi hacer fue el belén parroquial. Era un belén tan realista... no faltaba de nada. Las paredes de aquella parroquia estaban por aquellos años cubiertas de amables pintadas del tipo "Curas,No". A Samuel se le ocurrió trasladar al belén el ambientillo del barrio. ¿Cómo? Nada más fácil. Puso una pintada en el castillo de Herodes: Herodes ¡Mamón! El lo escribió con otra palabra menos amable.