La Torre
miércoles, 8 de julio de 2026
Novedad en el hospital:
Cuando estoy recogiendo todo, entra una señora en la capilla. Nos saludamos y me pregunta que si podemos hablar. Le digo que sí, que claro. Se llama Priscila y su marido se llama Diego.
Hablamos. En realidad, ella habla. Yo solamente hago alguna pregunta.
Cuando miro el reloj son las diez. Hemos estado dos horas. Tengo que irme. Le doy mi teléfono. Me parece una persona extraordinariamente lista y buena.
Me da tiempo a sentarme en el confesonario antes de la segunda misa votiva de San José. Un penitente.
Después de la misa y de la visita al altar de la Virgen del Carmen para el segundo día de la novena, me despido de Joan, preparo mi maleta y salgo para La Torre pasando por el supermercado.
Novedad en La Torre:
Cuando voy a entrar me cruzo con Jesús Z que sale.
Pregunto que de dónde viene y que adónde va y me dice que viene de la Casa Mitjana que va a hacer unas compras y que, si lo espero, me invita a comer.
Le digo que lo espero.
Mientras Jesús hace sus compras, a mí me da tiempo a colocar las mías en la despensa y en la nevera. También me da tiempo a poner en la biblioteca los libros que he traído y a preparar un plato con chorizo y salchichón ibéricos, de Salamanca. Los trajo doña Nati para el concierto y se ve que se quedaron en la nevera. Alabo la Providencia Divina que no da puntada sin hilo.
Mientras espero a Jesús, todavía me da tiempo a leer un capítulo de 1077, la novela histórica de Rodríguez de la Peña que recrea el encuentro en Canosa del emperador Enrique IV con el Papa Gregorio VII. Muy emocionante.
Como con Jesús en la Casa Mitjana. ¿De qué hablamos? Prácticamente no hablamos más que de Arantxa. Se ve qué él sigue coladísimo por ella. Yo le cuento alguna anécdota de mi hermana, de cuando éramos más jóvenes, y él me habla —en primicia— de unos cuadernos que ella empezó a escribir cuando el COVID y que terminó poco antes de su muerte. No me dejará leerlos hasta que los lean sus hijos. Su hija mayor —A— no quiere leerlos por ahora. Su hijo J está dispuesto a leerlos cuando se los dé su padre. Creo que solamente Blanca —la pequeña— los ha leído. También ella —Blanca, que es una artista— ha hecho un azulejo de la Virgen de Aránzazu para ponerlo en el palmeral de La Torre habida cuenta de que su madre administró la finca durante no pocos años. Jesús me anuncia que —de hecho— el azulejo ya se ha colocado sobre un muro del palmeral. Quedamos en ir a verlo por la tarde.
Nos despedimos a eso de las cuatro. Hace un calor de mil demonios. Me siento en la butaca de la abuela Paquita y enciendo el ventilador que me regaló AVP el año pasado. Me hago el muerto durante media hora o así.
Voy a la ermita. Tengo que llevar allí dos botellas de parafina y los purificadores y manutergios que ha lavado y planchado Joan, pero ser me olvida y no llevo ni las unas ni los otros.
¿Ha sido inútil mi ida a la ermita? No. Allí me siento para mirar fijamente la imagen de la Virgen del Carmen que está guapísima y coronada y todo.
¿Fue coronada canónicamente? No, fue coronada libremente por mi propio padre que —cuando se trataba de venerar a la Señora en su casa de él— hacía lo que le daba la real gana sin contar con el Papa aunque sometiéndose en todo a la autoridad de mi madre.
Así, mi padre —que en Gloria esté— compró en un anticuario de Sevilla una corona de plata y él mismo la ajustó en la cabeza de la talla que su padre —mi abuelo— había mandado hacer después de la revolución del 36 que aprovecharon unos bárbaros para destruir la ermita.
Desde que mi padre, en su calidad de castellano de su castillo, coronó a la Señora, han pasado por La Torre cuatro obispos —uno de ellos fue el de la Guaira, tan malherida— y todos se han sentado en silencio —como yo hoy— ante esta imagen milagrosa.
En la piscina —rodeado de palmeras, washingtonias, olivos, cactus, hibiscos y cañas— alcanzo a ver un limonero y un ficus enano, oigo cantar a varios géneros de aves —¡qué pena que no esté aquí doña Aurora Pimentel— y leo El jardín eterno. ¿Puede imaginarse una lectura más apropiada para el momento? Luego rezo el rosario.
Antes de ir a cenar con Jesús, voy a visitar el memorial que ha erigido Blanca para su madre. Rezo un poco y saco una foto.
Ceno con Jesús en la Casa Mitjana. La cena la ha preparado él. Yo he aportado un bote de rovellones. ¿De qué hemos hablado? De Arantxa y de otros misterios. Yo he citado de memoria a don EGM que se resiste a aceptar eso de que «hasta que la muerte nos separe».
Hoy me ha encantado leerle. Siempre me encanta aunque no siempre le leo. Pero hoy ha sido un regalo. Falta me hacía.
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