domingo, 11 de octubre de 2026

Diario. Sábado, 10 de octubre de 2026

 Granja de Rocamora

sábado, 10 de octubre de 2026


Abro la iglesia a las ocho. 


A las nueve llega Jesús. Me informa de que la gente dice que los angelitos hay que ponerlos donde han estado toda la vida y quitarlos de donde los he puesto porque allí se pueden caer y peligran. Tom nota. Jesús añade que él es solamente el portavoz de las quejas de la gente y que qué puede hacer él. Le digo que me traiga todas las quejas y le prometo que siempre agradeceré ese servicio.  

Entonces caigo e la cuenta de que puse los angelitos en la hornacina de la Virgen del Rosario que ahora está vacía porque la imagen está en su trono. Con decisión, quito los angelitos de la hornacina y los pongo e el trono, a los pies de la Reina de los angelitos.  


A las diez salgo para La Torre. Se ha reunido allí una mutitud para pasar el puente. 

Al llegar, me entero de que ha nacido en Oxford Rosario, la cuadragésima novena de mis sobrinos nietos. Ya somos ciento dieciocho en la familia. Muy bien. 


Misa de once. 


Como con Pablo, Patricia y con toda la parentela de Patricia. 


Por la tarde vuelvo a Granja. Don Paco celebra la misa de siete en San pedro Apóstol porque luego tiene que ir a confesar en un retiro de Emaús. Yo celebro en el convento de Cox. 

Los de la HOAC celebran el día del trabajo decente. 

Digo que la decencia del trabajo se puede juzgar por su naturaleza o por el modo de realizarlo. Aunque esté muy bien pagado —digo— y aunque se realice en óptimas condiciones para los trabajadores, el trabajo en un abortorio es indecente por su propia naturaleza. En cambio —continúo— el trabajo de un fontanero es muy decente en sí mismo. Solamente si el fontanero es un chapucero se podrá decir que su trabajo es indecente. Luego paso a explicar el evangelio. 

Al final de la misa, los de la HOAC me piden que pose con ellos ante un cartel que reivindica el trabajo decente. Muy bien. 


Vuelvo al palacio parroquial, me preparo una cena ligera y a las diez estoy en la cama.

Diario. Viernes, 9 de octubre de 2026

 Granja de Rocamora

viernes, 9 de octubre de 2026


A las ocho abro la iglesia de par en par. Ha refrescado bastante. 


A las nueve empiezo a preparar los libros y el cáliz para la misa del sábado. La celebrará don Francisco. 

Luego voy y vengo y voy vengo y voy y vengo de la parroquia a la ermita y de la ermita a la parroquia. Tengo que preparar la misa de esta tarde pero olvido algo en cada viaje. Muy bien. 


Llevo dos albas al palacio parroquial para ponerlas en la lavadora y, en efecto, las pongo en la lavadora. Luego pongo la lavadora en marcha con jabón y un programa de tres horas. 


En casa Estefanía recojo una tabla de quesos que encargué porque hoy comen en el palacio parroquial María GC, Joan y don Francisco. 


Preparo la mesa y termino justo cuando llama María. Bajo a buscarla y saludo a Horacio que está mirando fijamente a María. 

Está llegando don Francisco cuando llamo a Joan. Resulta que está en San Miguel. Pensaba que nuestra cita era para el próximo viernes. Me da pena porque uno de los quesos es irlandés, como Joan, y sabe a cerveza negra. 

María viene cargada de regalos: dos botellas de vino de Misa —una para Cox y otra para Granja—, cuatro botellas de vino de mesa para mí solito y tres panetones: uno para don Francisco, otro para Joan y otro para mí. Además trae algunas conservas, aceite de olivas y sal del Himalaya. Además trae el primer plato —una especie de salpicón— y una crema de cocos con frutas de un bosque encantado. No carezco de nada. 


Como María y don Francisco no se conocen, después de bendecir los alimentos, la conversación entre ellos comienza con el intercambio habitual de información: nombre, apellidos, DNI, estado civil, domicilio, ingresos netos anuales, etc. 

Luego vamos a hablar de política pero comentamos, con pena, la ausencia de Joan y empezamos a hablar —bien— de ella. 

Luego vamos a hablar de política pero alguien elogia la tabla de quesos de Estefanía y nos ponemos hablar de quesos, de Estefanía y de otras maravillas del pueblo. 

Luego vamos a hablar de política pero empezamos a hablar de Carmelo, que está en Japón, y de su hija Ana que dará a luz en noviembre, y de su hijo Carlos que está por la parte de Tailandia. 

Luego vamos a hablar de política pero sale el salmón ahumado con lecho de tomate rallado. María pregunta que si hay alcaparras y le cuento que fui a comprarlas a casa Estefanía pero se habían agotado. 

Luego vamos a hablar de política pero María pregunta por mi indigno sucesor en san Miguel y hablamos muy bien de él y don Francisco hasta le muestra una foto, y a María le gusta. 


Después de los postres nos despedimos sin café. 

Don Francisco vuelve a Cox con su botella de vino de misa de Jerez. María y yo nos disponemos a pasear hasta la ermita del Cristo. Se me ocurre una idea brillante: llevar allí la botella de vino de Misa de Jerez que me ha regalado Maria. Ella insiste en meterla en su bolso. 

Caminamos hasta la ermita; yo por la sombra, ella por el sol. Le hago notar la cadena de coincidencias asombrosas: la ermita de la Cruz está en la plaza de la Cruz donde también hay una taberna de la Cruz a la que se llega por la calle de la Cruz. Mi prima se hace cruces. 

Una vez en la plaza admiramos los plátanos —cuyas hojas empiezan a acusar la llegada del otoño— la jacaranda, el jazminero olorosísimo, los grandes ficus convertidos en refugios de los  alborotadores gorriones y el pequeño madroño que aún no tiene frutos ni osos. 

Entramos en la ermita y rezamos en silencio ante el lignum crucis custodiado en la primorosa estauroteca. 

Terminada la piadosa excursión, volvemos al palacio parroquial. María ha aparcado allí su carro. Allí nos despedimos: muac, muac, y todo eso, dando yo muestras de contento y gratitud por su visita y su generosidad. Y, con ella, en su bolso, se va el vino. 


Entonces, para combatir el sueño y hacer la guerra al diablo, empuño mi rosario y callejeo rezando los misterios dolorosos. 

Luego subo a la cocina del comedor del palacio parroquial para recogerlo todo y para tender las albas que puse por la mañana en la lavadora. Han quedado muy albas. 


Voy a la iglesia y me da tiempo a sentarme ante el sagrario antes de salir para la ermita. 


Cuando llego a la ermita la encuentro abierta. Un grupo de fieles reza el rosario. Martín da vueltas por ahí sin saber qué hacer porque lo ha encontrado todo preparado. 

Me da tiempo a rezar vísperas antes de revestirme y de ayudar a Martín con un alba que le viene algo grande. 

Sacamos la estauroteca del expositor y la erigimos como Cruz de altar. 

Empieza puntualmente la misa de siete. 


Al terminar la misa voy al palacio parroquial para asearme un tantico. 


A las ocho me esperan en su casa —¡qué emoción!— Laura, José Luis, Martín y Rebeca. 

Llego puntualmente. 

Rebeca me regala un sobre azul que ha hecho ella misma y que, dentro, lleva un retrato de León XIV pintado por ella y extraordinariamente parecido al modelo. 

Ante todo hay que bendecir la casa. Ya está. 

Martín tiene en su habitación una camiseta del Real Madrid firmada por Mbapé y por otros idolillos del Real Madrid. Pero en la cama, en el centro de la habitación, tiene al Niño Jesús. Muy bien. 

Rebeca tiene en la cama una muñeca que representa a la Virgen y que —si aprietas un botón— reza el Padrenuestro y el Avemaría. La rodean una capibara y un oso panda de peluche que están aprendiendo de la Señora la doctrina. Muy bien. 

Cuando terminamos de bendecir la casa, mientras Laura prepara la cena, Rebeca cubre la alfombra con sus juguetes al tiempo que Martín y Jose Luis ponen un documental de don Pedro Hernández. 

Cuando Laura nos llama pasamos al comedor para cenar. Bendigo los alimentos en latín. 

No hablamos de política porque la cena está riquísima. 

José Luis cuenta que, hace muchos años, su madre le dio dos conejos pelados para que los llevase a su tía. José Luis los metió en el coche, fue casa de su tía y pasó allí un par de días. Se le olvidó lo de los conejos. Hacía mucho calor y algunas aves carroñeras empezaron a sobrevolar el coche mientras un olor fétido salía por las ventanillas entreabiertas. José Luis —tapándose  la nariz— sacó los cuerpos corruptos del coche y los lanzó por encima de una valla de púas con la mala suerte de que uno de ellos quedó colgando de una pata. 

Pasamos luego a hablar de decoración y yo —inspirado por la bonita historia de José Luis— sugiero que sería una buena idea decorar el comedor con una linda representación de unos buitres y unas hienas disputándose un cadáver. A Laura no le convence la idea, a Jose Luis sí. 

Luego Laura nos habla de los granjeros que emigraron a París y de su propia estancia en el sur de Francia donde estuvo vendimiando y de un barrio de Granja que se llama «París».

Después de cenar, mientras Laura me prepara una cesta de Caperucita para que me la lleve a casa, José Luis, Martín y yo salimos al patio para rezar completas bajo un cielo negro, sin estrellas.


Me despido de Laura y de Rebeca —muac, muac y todo eso— y vuelvo al palacio parroquial escoltado por José Luis y Martín. En la puerta del palacio me dan la cesta de Caperucita y —buenas noches, buenas noches— nos despedimos. 


Ya en mi habitación, abro el sobre azul y pongo el retrato del León XIV en mi mesita de noche. ¡Gracias, Rebeca!

jueves, 8 de octubre de 2026

Diario. Jueves, 8 de octubre de 2026

 Granja de Rocamora

jueves, 8 de octubre de 2026


A las seis me despierto y no me duele nada. Además no tengo sueño. Bendito sea Dios. 


Salgo de casa a eso de las siete y suena el teléfono. ¿Una llamada a as siete? Son de la central de alarmas: que ha sonado la alarma de la iglesia. Me piden la contraseña. Me invento la primera que se me ocurre: «Don Quijote de la Mancha». Me parece que la amable operadora de la central de alarmas se ríe un poco. Mecachis, no he acertado. 


La iglesia está abierta de par en par y todas las luces están encendidas. ¿A las siete? Sí. 

El misterio se esclarece enseguida. Resulta que están limpiando y han encontrado abierta la sacristía y han pensado que no estaba puesta la alarma, pero estaba puesta. 


Me refugio en la capilla del Santísimo para rezar. 


A las diez llegan los técnicos que van a arreglar el órgano. Vienen de Madrid y están recorriendo las iglesias de la Vega Baja del Segura. 


Un ser humano entra en la sacristía y pide permiso para recoger un atril del garaje. Todo en él inspira confianza. Se presenta como Juan Antonio. Estrechamos nuestras manos. Empezamos a hablar y colijo que es el ebanista y lutier del que me hablaron Ana María y Pep. No me equivoco. Fue él quien hizo los magníficos muebles de la sacristía y los violines que se exhiben en el museo del pueblo. Lo de hacer violines se le ocurrió cuando se jubiló, para entretenerse. Ya somos amigos. 


Llega Pep y trae unos carteles y me cuenta cosas. 


Me llama don Paco. 


Voy a la ermita. 


Cuando vuelvo a la iglesia todavía están trabajando los organeros. 


A las dos me preguntan que dónde pueden ir a comer. Les recomiendo el hotel Costa Blanca. 

Quedamos en que volverán después de comer y en que me llamarán para que les abra la iglesia. 


Ellos se van al hotel y yo me voy al palacio parroquial. 


A las cuatro vuelvo a la iglesia y, justo entonces, me llaman los organeros. 


Terminan su trabajo a las cinco y media o así. Me ha dado tiempo a mirar fijamente al sagrario, a rezar el rosario y a preparar la exposición del Santísimo y la misa. 


Llega Andrés, el organista. 


A las seis y media comienza la exposición con órgano y todo.  Rezo vísperas delante del Santísimo y leo en voz alta la segunda lectura del Oficio de Santa Faustina. Luego misa celebrada ad orientem. 

Todo muy solemne. 

Al final oigo a alguien decir: «Otra vez ha celebrado la misa al revés». 

Pero Pilar, la madre de Domingo, entra en la sacristía para recoger un certificado y dice que menuda misa bonita. Se ve que a ella sí le ha gustado. 


Aún tengo tiempo para ir a casa Estefanía para comprar y hacer tertulia.

Y tiempo para cenar, para escribir esto y todo. 

Diario. Miércoles, 7 de octubre de 2026

 Granja de Rocamora

miércoles, 7 de octubre de 2026


Paso la noche en blanco con dolores de huesos —por la artritis— y de estómago —por los antiinflamatorios—. Muy bien. 


En la iglesia me encuentro con Antonio y con Laura. Laura quiere charlar. Nos sentamos en la sacristía para charlar. Muy bien. 


Vienen a poner as flores al paso de la Virgen del Rosario. Muy bien. 


A eso de las doce y media salgo para San Miguel. Tengo que parar en Jacarilla para dar una cabezada porque me duermo. 


En casa de doña Nati me encuentro con Eva y con Samira. Me han preparado huevos fritos y patatas fritas. ¡Qué amables!

Después de comer, doña Nati se sienta en su butaca de hacer frivolité y yo, enfrente, en mi butaca de ver Pasapalabra. Le pido que me dé unos minutos para sestear. 

Unos minutos después rezamos el Rosario. Yo lo rezo paseando para no dormirme. 

Después de rezar pido a doña Nati otros minutos para sestear. 

Minutos después estamos los dos roncando. 

No sé si mis ronquidos despiertan a doña Nati o son los suyos los que me despiertan a mi. 

Me levanto, me despido —muac, muac y todo eso— y doña Nati me dice que cada vez me echa más de menos. Doña Nati es de una generación que aprendió a decir cosas amables. 

Compruebo que llevo mis llaves, el apagavelas que he comprado por Amazon y que ha llegado a casa de doña Nati, la cesta de Caperucita que me ha preparado con los restos de la comida y mi ordenador. Me voy. 

Cuando estoy llegando al coche descubro que he olvidado mi teléfono en casa de doña Nati. Hago el viaje de vuelta con mi coche. Doña Nati está esperándome en la puerta con el teléfono. 


Consigo volver a Granja sin parar para sestear pero, una vez aparcado el coche en el garaje, a duras penas llego al palacio parroquial. Dejo en la nevera la ensalada que viene con la cesta de Caperucita. Me como una patata frito y dejo las demás en la cocina. Me derrumbo en la cama —vestido y todo— y me quedo frito. 


Son las cinco o así cuando me despierto. Me ducho y voy a la iglesia. 


Ester entra en la sacristía, me dice —mondándose de risa— que lee mis diarios y se va. 


Empieza dolerme el estómago. 


Mari Carmen entra en la sacristía para decirme que no se explica por qué no se enchufaron los carbones del incensario durante la misa funeral de ayer. Ella misma los enchufó en el garaje y comprobó que echaban humo. 


Martín entre en la sacristía para preguntarme que si hay que enchufar ya las velas. 


La iglesia está atestada. Autoridades, reinas, coro, pueblo… Enchufados las velas del altar, las del ambón, el carbón del incensario… 

Tolón. Martín toca la campana del presbiterio y empieza la fiesta. Gloria, Credo, homilía y todo. 

En la comunión —¡oh sorpresa!— veo que han venido de La Murada Mari Carmen y Manuel. 

Después de la misa el alcalde va a entregar unas placas a los vecinos que nacieron en 1946 y que, por tanto, cumplen o han cumplido ochenta este año. 

Me acerco disimuladamente a Laura: 

—¿Podrías, gentil Laura, por favor, conseguirme un omeprazol?— pregunto. 

Ella asiente y sale volando con Rebeca. Yo aprovecho para quitarme la casulla, ponerme la capa pluvial y sentarme en la semioscuridad de la sacristía con la intención de hacer un rato de oración. 

Entran en la sacristía Mari Carmen y Manuel, me saludan, quedamos en que iré a comer a su casa y se van. 

Desde la capilla del sagrario, Rebeca y Laura me hacen señas y me muestran un bote de omeprazol de 20 gramos. Vuelo hacia ellas con un corazón desbordante de bendiciones. Pronuncio nobles palabras de gratitud, les arrebato el frasco y me zampo dos cápsulas. 

Luego vuelvo a sentarme. 

Cuando empieza la procesión, el omeprazol ha empezado a hacer efecto y vuelvo a ser el presbítero más feliz del mundo.

Reinas, estandarte… Hay un problema con el estandarte. Un ser humano me dice que no puede salir la procesión si no hay estandarte. Miro a Martín como esperando que a él se le ocurra una solución. Martín me pregunta que si la procesión puede salir sin incienso. Reconozco con toda sencillez que no tengo ni idea de qué cosas son necesarias para que salga la procesión de la Virgen del Rosario aparte de la Virgen del Rosario. Entonces Martín toma una audaz decisión. Deja el incensario y la naveta en la sacristía y alza en sus manos el estandarte que es bastante pesado. 


Ahora sí: reinas, estandarte, el paso, el cura acompañado de Ana María —de la Hermandad de la Santa Cruz— las filas de fieles alumbrando, las autoridades, la banda con su tachín, tachán tachón…. Empieza la procesión. 


Aitor está por todas partes, sacando fotos. 


Me pongo a rezar vísperas. 

Estoy terminando de rezar vísperas cuando llega Martín. Lo han relevado del estandarte —parece aliviado— y ha decidido caminar a mi derecha. 

Termino de rezar vísperas y empiezo a hacer preguntas dificilísimas a Martín: ¿Cómo se llamaban los padres de Zacarías? ¿A cuantas personas resucitó Jesús? ¿Cómo se llamaban las hermanas de Lázaro? ¿Y el señor bajito que subió a un árbol para ver a Jesús? ¿Cómo se llama el río que atraviesa Egipto? ¿Que animales peligrosísimos nadan por allí? Martín responde a todo con soltura. Cuando le pregunto los nombres de los doce apóstoles titubea: san Pedro, Santiago… san Pablo. Tomo nota. 

La procesión llega a la recta final en, la calle de la arboleda, y se detiene para la ofrenda del castillo de fuegos artificiales. Pim, pam, tracatracatrá, pum. Precioso. 

Ya en la puerta de la iglesia, el himno nacional y sanseacabó. 

Jose Luis y Martín no solamente me ayudan a apagar las luces y a cerrar la iglesia sino que insisten en escoltarme hasta el palacio parroquial. Allí nos despedimos pero sin muac, muac ni nada de eso. 

Una vez en casa me tomo dos patatas fritas, un vaso de leche fría, un omeprazol y una pastilla para morir. 


Antes de rezar completas me pongo el pijama por si la pastilla de morir hace efecto muy deprisa. 


Ya en pijama y sentado en el borde de la cama rezo completas. 

Me arrodillo para rezar tres avemarías. La segunda la rezo en la cama. La tercera la rezo en sueños.