viernes, 24 de julio de 2026

Diario. Miércoles 22 y jueves 23 de julio de 2026

 La Torre

miércoles, 22 de julio de 2026


7:00

Llego al hospital. Me está esperando en la capilla una señora que me pide que vaya a ver a Ramón, su querido padre. Le digo que iré en cuanto termine la misa. 

Preparo todo para la misa y aún tengo tiempo para rezar el oficio de lectura y las laudes. 


7:40

Misa de santa María Magdalena en el hospital.


8:15

Voy a ver a  Ramón. Está con sus dos hijas. Agoniza. Le doy la unción de enfermos. 

Voy a llevar la comunión a Ana María y a Mauricio. Ana María ha salido. Mauricio comulga. 


8:45

Me siento en la capilla para mirar fijamente al sagrario. 


9:15

Vuelvo a San Miguel. 


9:45

Llego a San Miguel. 


10:00

Confesonario. 

Tercia. 

Lectura del Evangelio de san Marcos. 

Lectura de un sermón de Newman, Juan Enrique san. 


11:00

Segunda misa de santa María Magdalena.


12:30

Salgo para La Torre. 

Allí están: Ignacio, Rosario, Pupé, Jaime, Carmen, Ana, Pablo, Lucía, Javier —en La Torre—, Jesús, Ana —en la Casa Grande—, Elena y Rafael —en la Casa Mitjana—. 

Como en la Casa Mitjana con Ignacio, Jesús y Ana. 

Ana me cuenta que Rosario sufrió anoche un golpe de calor y hubo que llevarla a urgencias. Todo quedó —gracias a Dios— en un buen susto. 


La tarde transcurre apaciblemente. Paso dos horas a remojo en la piscina que está toda para mí. 


A las ocho, creo, tercera misa de Santa María Magdalena. 


Luego ceno —otra vez en la Casa Mitjana— con Ignacio, Jesús y Ana. Pero, antes, Elena y Rafa me invitan a un aperitivo bajo el gran ficus que está ante la Casa Grande. 


¡Cielos! ¿No es maravilloso?

San Miguel de Salinas

jueves, 23 de julio de 2026


A las diez celebro la misa de santa Brígida. Inmediatamente después salgo para el obispado porque tengo una reunión secreta con el Vicario de Evangelización y con don Francisco Román, párroco de Cox y Administrador parroquial de Granja de Rocamora. 

A las once en punto entro en el despacho del Vicario de Evangelización. Don Paco Román aún no ha llegado. Me felicito. 

A las once y cinco minutos, don Paco Román me llama: que está aparcando en el obispado. 

—¿Donde está Paco?— pregunta el Vicario. 

—Aparcando— contesto muy ufano de poder responder a la pregunta del Vicario. 

A las once y diez don Paco Román entra en el despacho del Vicario. Nos abrazamos sin lágrimas. El Vicario de Evangelización nos invita a un café. Declinamos la invitación. Él se sirve uno. Todo esto es secreto. 

A las once y doce, el Vicario de Evangelización se sienta en una mesa de reuniones. Yo me siento enfrente de él, don Paco se sienta en la cabecera de la mesa que está a mi izquierda y a la derecha del Vicario. Todo esto es secreto. 

El Vicario de Evangelización nos dice en secreto que el obispo espera que don Paco y yo presidamos en la caridad lo que ahora llaman una agrupación parroquial pastoral (APP) o algo así. Cox —con don Paco al frente— y Granja de Rocamora —conmigo al frente— van a formar parte de un experimento pastoral nunca visto en el mundo: dos pueblos, dos parroquias, una unidad de destino en lo universal, o algo así. 

Yo digo que he sido siempre muy partidario de las agrupaciones parroquiales siempre y cuando pueda yo administrar los bienes materiales de la parroquia que se me ha encomendado y, a más a más, no tenga que pedir permiso a nadie para —o excusarme por— celebrar la santa Misa como Dios manda. 

Todo esto es secreto. 


Del obispado salgo para La Lloseta. 


De La Lloseta salgo para La Torre. Allí como en mi piso porque los demás van a comer de las cuatro en adelante y yo ya estoy muy mayor para cambiar mis hábitos. 


Después de comer me meto en a piscina y paso allí dos horas a remojo con El jardín eterno. 


A las seis tengo que volver a San Miguel para la bendición y la misa tercera de santa Brígida. Entonces recibo una mala noticia: Joan se ha roto un tobillo. Gracias a Dios está con Laura. Entonces recibo otra noticia: mi indigno sucesor no puede tomar posesión de la parroquia el doce de septiembre, como estaba previsto. Propone el viernes dieciocho. 


Llamo a Wilder. ¿Será tan amable de ir al hospital para recoger a Joan y a Laura y llevarlas a casa? 


Wilder, que has estado trabajando desde las siete hasta las tres en un andamio a cuarenta grados me dice que sí, que claro, que cuente siempre con él. Y va al hospital Son las diez de la noche. Mañana, a las seis, estará preparándose para salir a trabajar.

jueves, 23 de julio de 2026

Diario. Martes, 21 de julio de 2026

 martes, 21 de julio de 2026

San Miguel de Salinas


5:00

Me despierto en La Torre. 

Apago uno de los dos ventiladores que ventilan mi cama. Me acerco a la ventana: entra una brisa fresca. 

Oficio de lectura. 

Me acuesto. 


8:00

Voy a la ermita. 

Saludo a Pablo que está en a cocina con Lucía, Carmen y Javier. Le pregunto que cómo ha pasado la noche porque sé que él y Ana vinieron malucos de Madrid. Cosa de un virus o así. Me dice que está perfectamente restablecido. 

Lucía y Carmen me piden, por favor, que las regañe. Me disculpo: «ahora tengo que ir a rezar». 

Deciden acompañarme a la ermita. 

Rezamos un Avemaría y luego, mientras preparo el altar para la misa, Lucía —como una nueva Lorenza de Brindis— sube al presbiterio y se pone a predicar desde detrás del ambón. En esto llega Pablo y se lleva a las dos niñas. Me siento para mirar fijamente al sagrario. 

9:00

Misa de san Lorenzo de Brindis. Hoy sí toca. Ornamentos blancos. La casulla es la que usé en mi ordenación el día de san José de 1988. 


9:45

Salgo para San Miguel. Tengo que parar en El Realengo para despejarme. 


10:35

Llego a San Miguel pero no puedo entrar en el garaje porque están haciendo obras y han aparcado un camión en la puerta. 

Consigo aparcar cabe la farmacia. Joan me ha dejado un mensaje: no va a venir porque no se encuentra bien. 

La puerta de la iglesia está cerrada. Allí esperan algunos de los habituales. Abro y lo preparo todo con la ayuda de una amable colombiana que es nueva en la parroquia. No recuerdo su nombre. 


11:05

Empieza con cinco minutos de retraso la misa de once. 


11:40

La amable colombiana ha proclamado la primera lectura y el salmo y ahora me ayuda a recogerlo todo. ¡Qué amable!


12:00

Ella se sienta para rezar el Rosario. Yo me quedo de pie para rezar el Ángelus. 

Luego me entrego a las tareas del despacho parroquial. 

Me llaman del hospital. Que si puedo ir. Que sí. 

Estoy yendo a buscar mi coche, aparcado cabe la farmacia, cuando me vuelven a llamar del hospital: que no vaya, que perdone, que ha sido un error. 

Vuelvo a mis tareas de despacho. 

Llegan dos hondureñas jovencísimas Una de ellas va a bautizar a su bebita en octubre. La otra va a ser la madrina. Les habían dicho que yo ya me había ido y que iban a encontrar al nuevo párroco. Dicen que se alegran de que no me haya ido. ¡Qué amables!

He quedado a la una y cuarto con una novia. Preparo su expediente. 

Tengo que ir a la farmacia y tomar la medicación para mi artritis. 

A la una y cuarto en punto llega la novia. Charlamos. A las dos menos diez nos despedimos. 


14:00

Doña Nati está de vacaciones en el mar. ¿Dónde comeré? Mi nevera está vacía. Me acuerdo de un restaurante que abrieron unos ingleses. Estuve una vez y me gustó. Allá que voy. 

Consigo aparcar en la puerta. Me felicito. 

Nada más entrar, el olor, la densidad del ambiente y el ser humano que —tocado con un elegante turbante— sale a mi encuentro con una hospitalaria sonrisa me revelan que el local ha cambiado de dueños. 

Ya es tarde para dar marcha atrás. Me digo: «¡Animo, Vicens!» Y suspiro: «Bendita sea doña Nati». 

Me entregan un menú plastificado y pringoso que me sirve para comprobar que no solo han cambiado los dueños sino también los platos. También me sirve para espantar un par de moscardones que parecen interesados en compartir mi mesa. 

Pido una ensalada y unos macarrones y una copa de red wine. 

Cuando traen mi comanda, lo bendigo todo, me lo zampo humildemente, doy gracias a Dios por los alimentos, pido la cuenta —veintidós dólares con propina incluida— pago, agradezco el servicio y me voy a Masymas. 


15:30

Llego al garaje con mi compra, pero el garaje sigue bloqueado por el camión. 

Aparco a media milla de El Paseo y cargo con mi compra hasta la casa abadía. 

Nada más llegar enciendo los dos aparatos de aire acondicionado. Mientras coloco la compra, la temperatura baja de 29ºC a 28ºC. Mientras me pongo ropa fresca de andar por casa, la temperatura baja de 28ºC a 27ºC. Empiezo a rezar el rosario. Cuando termino, la temperatura en la casa es de 26ºC. No carezco de nada. 

16:40

Apago uno de los aparatos de aire acondicionado y me encierro en el cuarto de estar para leer y estudiar. 

Lectura del evangelio de san Marcos y de un sermón de san Juan Enrique Newman. 

Estudio de las cartas de san Pablo. 

Durante el estudio hago dos pausas de hidratación para saborear sendas limonadas. 


18:30

Vísperas sin pausa de hidratación ni nada. 


18:45

Desde que me anunciaron mi traslado de parroquia, he ido llevando a La Torre libros, ropa y objetos de cotillón. También he tirado infinidad de cosas inútiles que guardaba aquí y en La Torre.

Cada mudanza me obliga a luchar contra el síndrome de Diógenes. ¿Por qué razón he conservado durante más de seis años —sin usarlos— unos zapatos viejos con su caja y todo? ¿Por qué razón, en otra caja, conservo unos veinte bolígrafos de los que la mitad ya no pintan? ¿Por qué he ido amontonando hasta cien ejemplares de cierta revista que he ojeado conforme llegaban y nunca jamás volveré a consultar? Y así. 

Vuelvo a encender el segundo aparato de aire acondicionado y aprovecho la quietud de esta tarde de verano para vaciar armarios y cajones y para llenar bolsas de basura. 


19:15

Interrumpo mi actividad para prepararme una porción de queso de Burgos con un dedalillo de miel de Torremendo. No me duele nada. Reanudo mi labor con júbilo y eso. 


19:45

Doy por terminada mi lucha contra el síndrome de Diógenes. He llenado cuatro bolsas grandes con basura. Tendría que ir a la iglesia para mirar fijamente al sagrario pero estoy vestido con ropas de holgar y algo sucio. 

Apago los dos aparatos de aire acondicionado, me doy una ducha, me revisto con las austeras ropas de presbítero español —pantalón de pana incluido— y miro la temperatura: ha subido hasta los 28ºC. 


20:15

Salgo de la casa abadía y noto el golpe de calor húmedo y el ambiente caliginoso y entro en la iglesia que conserva, por milagro o por otras causas, algo de frescor. 

Me siento ante el sagrario con un ventilador a mi derecha y otro a mi izquierda. Una voz me dice: «Tú, sibarita, si consigues librarte de las llamas del infierno, pasarás añales tostándote en el pulgatorio (sic)». Como no sé si la voz es de mi ángel de la guarda o de alguno de mis demonios particulares, fijo mis ojos fijamente en el sagrario y procuro no pensar y dejar que sea Él quien remueva y aquiete en mí lo que le plazca. 

Vuelvo a Masymas porque no tengo leche para el desayuno. 

Mientras voy, me llama Ana: que la cofradía de Nuestra Señora del Carmen tiene un regalo para mí. ¡Qué buenas que son las de la cofradía!

En el paso de cebra que hay delante de Masymas cedo el paso a Inma que no es una cebra y que me saluda agitando con donaire su pañuelo. 

«Diablos —pienso— ¡cuánto voy a echar de menos este pueblo!». 



Uno de mis asesores científicos me ha explicado que Dios no solamente ha creado millones de galaxias sino que luego se ha divertido metiéndolas todas en un agujero negro, como quien juega al golf. Lo pienso y lo pienso y me maravillo.


Bendito sea Dios.