sábado, 12 de febrero de 2022

Crónica de Orihuela

 sábado, 12 de febrero de 2022


Hemos llegado a Orihuela en dos autobuses del arciprestazgo de Torrevieja. A mí me ha tocado uno de esos muy viejos que aún llevan ceniceros y cartelitos de «prohibido escupir por las ventanas». 

El trayecto ha sido apacible. Mari Fina —sacristana de Los Montesinos— llevaba una pancarta que decía: «Los Montesinos siempre  con el..», y aquí un Corazón de Jesús pintado. Todos íbamos contentos. 

En la capital de la Vega Baja una multitud incontable (yo he contando hasta mil quinientos y luego lo he dejado por aburrimiento) se había congregado junto a la puerta de Santo Domingo (que no se llama así pero ahora no recuerdo su nombre) y en el camino de San Antón y en la calles, para recibir al nuevo obispo, don José Ignacio Munilla.

Don José Ignacio ha llegado puntualmente a lomos de una mula blanca que responde al nombre de «Bartola». Aplausos y vítores al obispo. Una niña que estaba detrás de mí, subida en los hombros de su padre, ha gritado con vocecilla casi inaudible: ¡Viva el Papa!». Solamente yo he respondido a su vítor y su padre, como para enviarle un refuerzo positivo, le da dicho cariñosamente: ¡Muy bien, Bea, muy bien!

Entonces se ha hecho el silencio porque hay que estar en silencio cuando el macero golpea la puerta de la ciudad: «Pum, pum, pum». Y hay que seguir en silencio cuando, desde dentro, un ser humano pregunta: «¿Quién va?». Y hay que seguir en silencio cuando el macero responde: «El obispo de Orihuela va entrar en la ciudad». Entonces llega lo más emocionante y hay que contener la respiración: ¿Abrirán las puertas al obispo de Orihuela, señor natural de la ciudad, o se amotinarán y tendremos que derribar las puertas y degollar a los amotinados? 

Estábamos todos conteniendo la respiración. He mirado a Fina que sostenía con una mano la pancarta y me ha parecido que, con la otra mano, sacaba de su bolso un puñal preparándose para lo peor. 

Estábamos todos conteniendo la respiración cuando las puertas de la capital de la Vega Baja se han abierto y, desde dentro de la ciudad, se ha oído un vítor. Fina ha guardado el puñal y ha murmurado algo así como «mejor para vosotros», y todos los demás hemos respirado y aplaudido. La banda de música: «Tachín, tachán». El pueblo, dentro y fuera de la ciudad, jubiloso. ¿Y don José Ignacio? 

Un tipo alto que estaba a mi lado ha dicho: ¡Está emocionado! Yo no he dicho nada pero he pensado para mí: «Daría cualquier cosa por ser tan alto como tú para ver la novedad de un vasco emocionado!». 

Don Paco Román —párroco de los Montesinos y jefe de la expedición— nos ha conducido por callejuelas atestadas de gente alegre y pacífica hasta la catedral. 

En el camino me han reconocido algunos enmascarados que me saludaban: «¿Se acuerda de mí?». Y yo, mintiendo a medias porque soy incapaz de saber quién está detrás de una máscara pero no desconfío de quien me saluda: «¿Cómo no? ¡Qué gran día!».

Entre los enmascarados he encontrado a uno a quien conocía: el doctor Poveda. Don Paco Román nos ha hecho una foto. Ha sido mi minuto de gloria. 

Don Paco Román ha dejado a Fina al mando de los laicos que tenían un sitio reservado en la plaza de la catedral. 

A mí, después de poner una amable excusa, me ha dejado en la estacada ante una puerta de la catedral custodiada por tres policías como tres torres y, lo más temible, un seminarista que no dejaba entrar a nadie sin credencial: yo no llevaba más credencial que mi alzacuellos y, en un maletín, mi alba-casulla con mi estola blanca. 

En descargo de don Paco Román he de decir que, antes de dejarme en la estacada, me ha dado una pista: «Pregúntale a esa chica. Ella te dirá por dónde pueden entrar los sacerdotes». 

La chica a la que don Paco señalaba era una chica policía más alta que la torre de la catedral. Obediente y triste, he obedecido. La torre-policía ha dicho «allí» señalando al palacio del obispo. 

En la puerta del palacio del obispo había un grupo de seminaristas revestidos con sotana y roquete que me han saludado con afecto fraternal. 

«¿Dónde puedo revestirme para Misa?» —he preguntado.

«¿Es usted obispo?» —ha repreguntado un seminarista que me ha parecido guasón aunque, como se verá luego, hablaba en serio. 

Yo, pensando que era momento de bromear: «Sí».

Él: «Pase por ahí».

Yo, obediente, he pasado y he empezado a revestirme hasta que una monja amabilísima que venía con una lista me ha preguntado: «¿Cómo se llama usted?».

Y yo: «Javier, Javier Vicens, Y Hualde por más señas».

Y ella: «No está usted en la lista de los obispos acreditados».

Y yo, dando testimonio de la verdad: «Cura  de pueblo soy. De San Miguel de Salinas por más señas».

Y la amable religiosa, reconduciédome hacia la puerta por la que pasé burlando a un seminarista: «Vaya usted al claustro de la catedral donde podrá revestirse con los demás presbíteros y no vuelva a intentar hacerse pasar por lo que ni es ni parece». 

¿Qué han venido ustedes a ver aquí? ¿Una caña movida por el viento?

Si quieren saber lo que pasó luego  —lo más interesante— pidan a Dios que dé larga vida a este cura de pueblo para que, mañana, pueda escribir la segunda parte de  esta «Crónica de Orihuela» que será la más interesante. 

sábado, 5 de febrero de 2022

Tradición


A menudo, cuando se habla de la admirable doctrina de la Iglesia, los amables protestantes se inquietan un poco y objetan, por ejemplo: «Vuestras doctrinas sobre María no tienen base en la Escritura».

Por lo que se refiere a la doctrina católica sobre la Bienaventurada y siempre Virgen María recomiendo mucho un libro que aún, creo, no se ha traducido del inglés pero que puede leer en el idioma original en el que ha sido escrito cualquiera que tenga unas nociones de ese lindo idioma: «Jesus and the Jewish Roots of Mary». Allí se demuestra que la doctrina católica tiene, en este y en los demás asuntos, una base escriturística más sólida de lo que pueden sospechar los protestantes y aún los católicos. 

Pero a lo que vamos es a la objeción de los amables protestantes. 

Esa objeción tendría sentido si los católicos creyésemos, como Lutero, que la verdad revelada por Dios se encuentra solamente en la Biblia. Pero los católicos no creemos eso. Los católicos veneramos la Revelación que conocemos por la Escritura y la Tradición. 

Y, para entender qué cosa es la Tradición, pongamos una comparación.

Supongamos que encuentro en el desván de mi casa un hermoso álbum de fotos familiares y me emociono no poco. 

Reconozco a algunas de las personas que están allí retratadas pero no a todas. ¿Quién es este señor gordo que está junto a mi tío Antonio? ¿Quién es esa niña flaca que va de la mano de mi madre?

Acudo a mi madre y ella me explica que el señor gordo es un hermano, a quien yo no recuerdo, de mi tío Antonio y que la niña flaca que va de su mano no es una niña flaca sino que soy yo mismo, hoy cura católico, a la edad de seis años. 

Me pasmo, claro. Me pregunto: ¿cómo he podido olvidar al gordísimo hermano de mi tío Antonio? ¿Cómo he llegado a confundir mi imagen con la de una niña flaca?

Pero mi madre me tranquiliza: «No te inquietes, pequeño saltamontes. nadie puede recordar, ni aún reconocerse, si no tiene madre». Y, luego, pacientemente, me va ilustrando sobre esa foto de un señor con barbas que parece un general, y sobre esa otra foto de una señora que lleva una rosa en la mano. Y así, poco a poco y gracias a la memoria de mi madre empiezo a entenderme un poco y a saberme el álbum de fotos. 

Claro que, el amable lector, me dirá. ¡Explicame la parábola! ¡No he entendido nada! 

Como los deseos del amable lector son órdenes para mí, digo: 

El álbum es la Escritura, la madre es la Iglesia Católica que, gracias a San Lucas y a los demás evangelistas pero, sobre todo, gracias a su prodigosa memoria, guarda en su corazón el sentido de cada gesto y palabra del Buen Jesús —la Tradición— porque lleva dos mil años meditándolo sin desfallecer en su Corazón.

Respuesta a los que, preguntan en Twitter: ¿en qué parte de la Biblia se encuentra tal o tal otra doctrina de la Iglesia católica?


Hace unos días, don @EugeniodOrs_ comentaba en su cuenta de Twitter que, en las iglesias, cada vez más a menudo, se ven largas colas para comulgar mientras que  a los confesonarios se acercan muy pocos. 

Este fenómeno solo tiene tres explicaciones:

1. Que ya no pecamos.

2. Que pecamos pero no nos damos cuenta porque hemos perdido el sentido del pecado. 

3. Que pecamos y lo sabemos pero ya no creemos en la doctrina de la Iglesia sobre la confesión y la eucaristía. 

Algunos amables comentaristas preguntaban sinceramente que cuál era la doctrina de la Iglesia en este asunto. Otros amables comentaristas respondían sabiamente: «nadie puede acercarse a comulgar sin haber confesado antes todos los pecados mortales, según su número y especie, de los que tenga conciencia después de un diligente examen». 

Algún comentarista menos amable acusaba infundadadmente a don @EugeniodOrs_ de andar juzgando a los demás. 

No pocos preguntaban: «¿en qué parte de la Biblia está escrito que haya que confesar todos los pecados mortales, según su número y especie, antes de  comulgar?».

Esto es bastante común. No es una pregunta tonta pero, claro, Twitter no es el lugar más adecuado para hacer estudios teológicos. 

A pesar de ello, los amables católicos tenemos que dar razón de nuestra esperanza a quien la pida. 

Me atrevo a sugerir un formulario de respuesta para este tipo de preguntas formularias. Podría ser este:

«La Iglesia, a la cual está confiada la transmisión y la interpretación de la Revelación no saca exclusivamente de la Escritura la certeza de todo lo revelado. Y así la Escritura y la Tradición se han de recibir y respetar con el mismo espíritu de devoción. Si usted, amable comentarista, quiere profundizar en la doctrina hará bien en consultar el Catecismo de la Iglesia Católica». 

Este formulario cabe en un tuit. Es fácil copiarlo y pegarlo donde haga falta. 

De nada. 

domingo, 30 de enero de 2022

IV DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO C

 domingo, 30 de enero de 2022


En Navidad considerábamos los misterios de la infancia de Jesús. Hemos llegado al cuarto domingo del Tiempo Ordinario. El primer domíngo celebrábamos el Bautismo del Señor. Jesús comenzó su pública bautizándose en el Jordán. El segundo domingo recordábamos su primer milagro en Caná de Galilea, un pueblo que está a unos dieciocho kilómetros al norte de Nazaret. El tercer domingo veíamos como Jesús, después de predicar en las aldeas de Galilea, decidió volver a Nazaret, el pueblo donde había crecido. Los vecinos de Nazaret lo conocían desde niño como a un vecino más, el hijo del carpintero. Pero no conocían su misterio. Solamente la Virgen y San José sabían que Jesús era el Hijo de Dios. Allí, en Nazaret, Jesús se presentó como el enviado de Dios para anunciar la salvación a los pobres, la liberación a los oprimidos y, a los afligidos, el consuelo.

En este cuarto domingo vemos como los vecinos de Nazaret no solamente no quisieron reconocer la misión de Jesús sino que intentaron matarlo. Al escuchar sus palabras se quedaban admirados pero, en su interior, pensaban: ¿por qué te has ido a hacer milagros como hemos oído que has hecho en Caná y en Cafarnaún y no has empezado aquí, en tu pueblo?

En esta parroquia estamos reunidos personas de muchos lugares. Hay algunos que han nacido aquí, en Torremendo y son fenomenales. Otros han nacido en Colombia y también son estupendos. Asia nació en Italia. Juan Pedro en Bélgica. Hay también ingleses y personas de otros países. Pero a nosotros no nos importan de dónde es uno o qué idioma habla. El que nos reúne es Jesús y si alguien pensase que por ser de Torremendo o de la China es más importante que los demás delante de Dios, pensaríamos que no se ha enterado de nada.

Si no tenemos caridad —nos dice san Pablo—, si no sabemos perdonar, comprender y servir, si andamos con niñerías de a este no lo saludo y con aquel no me hablo, no somos nada. Y eso mismo dijo Jesús a los de Nazaret, sus paisanos. Les dijo que él no había venido al mundo para quedarse en su pueblo sino para anunciar el evangelio a todas las naciones. Y se enfadaron y querían echarlo del pueblo y matarlo. ¡Pobres! Pero Jesús, que era muy humilde con los pequeños, era también muy fuerte con los soberbios y, así, se abrió paso entre ellos y dice el evangelista que «se alejaba». 

Claro que en Nazaret también había personas estupendas. San José, por ejemplo, y la Virgen María. Ellos sí habían acogido con amor el misterio de Jesús. 

Con ellos, con la Virgen y San José tenemos que crecer también nosotros cada domingo en la comprensión del misterio de Cristo y dejarnos de niñerías. 

Hoy empiezan los siete domingos de San José y, aunque solemos terminar la Misa cantando a la Virgen, ella estará encantada de que, durante estos siete domingos, acabemos cantando a San José y pidiendo que nos enseñe a trabajar, a rezar, a vivir la caridad y a querer cada día más a la Virgen y a Jesús. Amén. 

sábado, 22 de enero de 2022

Domingo III del tiempo ordinario (C)

 sábado, 22 de enero de 2022


No estéis tristes, porque el gozo en el Señor es vuestra fortaleza.


Jesús tenía unos treinta años cuando empezó su vida pública. 

Fue al Jordán para ser bautizado por Juan y el Espíritu Santo descendió sobre Él ungiéndolo con óleo de alegría y de fortaleza. 

Luego, en Caná de Galilea hizo su primer milagro: convirtió en vino seiscientos litros de agua. Era un signo del amor dde Dios que ama a su pueblo, la Iglesia, como un esposo a su esposa, hasta dar la vida pr ella. 

San Lucas nos dice que Jesús, predicando por las aldeas de Galilea llegó a Nazaret, el pueblo donde se había criado. Nazaret está a dieciocho o vente kilómetros de Caná de Galilea, como de aquí a Orihuela. Se puede recorrer esa distancia en poco más de dos horitas andando. 

En Nazaret todos conocían a Jesús como se conocen los vecinos de un pueblo. Conocían a la Virgen María y a san José —el carpintero— y lo habían visto crecer entre ellos. Pero no conocían el misterio que guardaba Jesús.

En realidad todos somos un misterio porque nadie puede saber lo que tenemos en la cabeza o en el corazón si no lo revelamos. Pero Jesús escondía un misterio aún mayor: Él era el Hijo de Dios, había sido concebido por obra del Espíritu Santo Él estaba junto a Dios cuando el mundo fue creado y se había hecho hombre para salvarnos. Esto no lo sabían los vecinos de Nazaret; solo la virgen y san José.

Jesús fue a Nazaret y, en la Sinagoga, empezó a revelar a sus vecinos el misterio que escondía en su corazón. Hasta entonces los vecinos lo habían visto como a uno más del pueblo, el hijo del carpintero. Ahora tendrían que descubrir su misterio y aprender a mirarlo como lo que era en verdad: el Maestro y el Salvador. «Cristiano» quiere decir «discípulo de Cristo», nuestro Maestro y Salvador. 

Para revelar su misterio, Jesús dice que el Espíritu de Dios está sobre Él y que Él ha venido a anunciar la salvación a los pobres, la liberación a los oprimidos y a los afligidos el consuelo.

¿Por qué a los pobres? Porque todos somos pobres delante de Dios aunque, a veces, el orgullo nos haga creer que andamos sobrados. Le preguntaban a un piloto de Fórmula I, famoso, joven, fuerte y guapetón que si rezaba antes de ponerse al volante de su máquina y él, con un poco de desprecio, respondió: «¿Rezar? ¿Para qué? Yo no necesito a Dios para conducir. ¡Pobrecito! No sabía que todos necesitamos a Dios para existir: «en Él vivimos, nos movemos y existimos». Solamente los que se saben pobres delante de Dios se alegran ante el anuncio de salvación que trae Jesús.

La liberación a los oprimidos. Todos necesitamos esa liberación del pecado que trae Jesús. Los hombres no perdemos la libertad cuando nos meten en una jaula o nos atan por fuera. La perdemos cuando el diablo nos ata por dentro con las cadenas del pecado. 

A los afligidos, el consuelo. A todos nos dice Jesús: No estéis tristes, porque el gozo en el Señor es vuestra fortaleza.

La Virgen María, toda llena de Gracia, se presentaba como la esclava del Señor. Fue librada de la esclavitud del pecado desde el primer instante de su Concepción por los méritos de Cristo y ahora la llamamos «consuelo de los afligidos» y «causa de nuestra alegría». 

jueves, 6 de enero de 2022

Comentario a «Qué es poesía»


Un mi amigo ha tenido la bondad de comentar la entradita del blog intitulada «Qué es poesía». 

Vale mil veces más el comentario que el texto comentado. 

Primero observa mi amigo que en el verso de Becquer que dice «Mientras la ciencia a descubrir no alcance /las fuentes de la vida…» hay como un eco de Augusto Compte para quien «conforme la ciencia vaya desvelando los misterios del mundo, se irán apagando por sí mismas la religión y la filosofía». 

Luego cita mi amigo a Josef Pieper que, siguiendo a santo Tomás viene a decir: «la religión (no necesariamente la revelada), la filosofía y la poesía son parientes cercanos porque tienen en común su versar sobre lo "mirandum", lo que reclama a gritos ser admirado con pausa y atención. Sólo varían en el modo de expresar esa admiración: la poesía lo hace en términos arracionales (entiéndase "emotivos" o "metafóricos"); la religión con conceptos metarracionales (algunas religiones naturales directamente con irracionalidad); y la filosofía con terminología racional».

Y concluye así: «En la Trinidad Santa sólo hay "asombro" de una Persona por las otras Dos. Nada ad extra de Dios lo asombra. El Génesis afirma que vio Dios que era muy bueno/bello (kalokagatía llamaban los griegos a esa conjunción de bondad y belleza) cuanto había hecho. Pero una cosa es contemplar la belleza y otra muy distinta asombrarse. El Padre sólo es Poeta cuando pronuncia al Verbo; el Hijo cuando contempla al Padre continuamente pronunciándolo; y el Espíritu Santo cuando experimenta el calor del Amor con que Padre e Hijo lo admiran».

Aprovecho para dejar constancia de que los versos que citaba en la entradita «No lo niegues, Señor, eres poeta / tus obran te delatan…» son de Daniel Cotta. Yo añadí de mi cosecha: «Nos hiciste a tu imagen. /Tú nos acostumbraste a la poesía». 

(Sobre la p de «Comte», ver el sagaz comentario del mi amable amigo)

jueves, 30 de diciembre de 2021

¿Qué es poesía?


De las siete acepciones de la RAE quedémonos con dos: la primera y la sexta.


La primera: Manifestación de la belleza o del sentimiento estético por medio de la palabra en prosa o en verso. Entonces la poesía es la acción y el efecto de la palabra que declara o descubre la belleza (quod visum placet). Las acepciones segunda, tercera, cuarta, quinta y séptima abundan en la acción o el efecto de la palabra.


Queda una acepción, la sexta: Idealidad, lirismo, cualidad que suscita un sentimiento hondo de belleza manifiesta o no por medio del lenguaje. 

Entonces ya no es acción y efecto de la palabra sino cualidad de las cosas y de las palabras


Esta sexta acepción es la que tenía Gustavo Adolfo Becquer en su mente cuando escribió en su Rima IV: podrá no haber poetas pero habra poesía. Dice así. 


No digáis que, agotado su tesoro,

de asuntos falta, enmudeció la lira;

podrá no haber poetas; pero siempre

habrá poesía.


Mientras las ondas de la luz al beso

palpiten encendidas,

mientras el sol las desgarradas nubes

de fuego y oro vista,

mientras el aire en su regazo lleve

perfumes y armonías,

mientras haya en el mundo primavera,

¡habrá poesía!


Mientras la ciencia a descubrir no alcance

las fuentes de la vida,

y en el mar o en el cielo haya un abismo

que al cálculo resista,

mientras la humanidad siempre avanzando

no sepa a dó camina,

mientras haya un misterio para el hombre,

¡habrá poesía!


Mientras se sienta que se ríe el alma,

sin que los labios rían;

mientras se llore, sin que el llanto acuda

a nublar la pupila;

mientras el corazón y la cabeza

batallando prosigan,

mientras haya esperanzas y recuerdos,

¡habrá poesía!


Mientras haya unos ojos que reflejen

los ojos que los miran,

mientras responda el labio suspirando

al labio que suspira,

mientras sentirse puedan en un beso

dos almas confundidas,

mientras exista una mujer hermosa,

¡habrá poesía!

Conclusión:


La poesía es algo divino y humano; alado, leve y sagrado. Primero algo divino porque es la Palabra increada la que pronuncia y crea todas las cosas. Luego algo humano porque es el hombre quien, a tientas, pone nombre a las cosas y, a su modo, las inventa soñando. A la fin y a la postre algo humano y divino porque es Cristo quien revela el Rostro de Dios y el nombre exacto de las cosas. 


No lo niegues, Señor: eres poeta.

Tus obras te delatan. 

Nos hiciste a tu imagen.

Tú nos acostumbraste a la poesía. 

miércoles, 15 de diciembre de 2021

Peregrino ( y 5)

 El lunes 6 de diciembre, solemnidad de San Nicolás, salimos de Pamplona para Azpeitia. 

San Francisco Javier tuvo en París sus más y sus menos con san Ignacio. Al parecer mi santo patrono miraba con cierto desprecio a aquel a quien luego llamaría «padre Ignacio» que se ganó su amistad y su respeto por el sistema de tratarlo con caridad. 

Los Quince celebramos la Santa Misa en el oratorio de «La conversión». Está en la habitación de la casa solariega donde llegó, malherido, Íñigo de Loyola y donde decidió entregarse a Dios imitando el ejemplo de los santos. En cierto modo entró allí como un preso y la misma prisión fue el lugar donde encontró la libertad. Pensé esto recordando la frase de Quevedo que cita Luis Rosales en su «Teoría de la libertad»: «Mayor y más preciosa parte rescata la prisión que encarcela». En el caso de Íñigo, la prisión, en efecto, fue liberadora puesto que fue el lugar de su encuentro con Dios y consigo mismo. 

«Aun estando en prisión, nadie puede impedirme que renueve o confirme a diario el ser que soy, renovando mi elección absoluta (...). A esta renovación de la libertad damos el nombre de opción apropiadora (...) Dentro de un campo de concentración o siendo Presidente de los Ferrocarriles Unificados Europeos, puede (cualquier europeo de nuestro tiempo) llegar a ser un resentido, un malvado o un santo y tendrá todas las posibilidades necesarias para realizar una u otra elección». 

En la sacristía me llamó la atención una cartela con el nombre del obispo diocesano: José Ignacio Munilla. Me llamó tanto la atención que le saqué una foto para hacer algo parecido en la sacristía de San Miguel. No sabía ni podía saber que, al día siguiente, se anunciaría el nombramiento de don José Ignacio como obispo de Orihuela-Alicante. 

Después de Misa invité a los Catorce a una copa de vino español para celebrar mi sexagésimo primer cumpleaños. Ellos, por su parte, me entregaron quince -15- regalos materiales al tiempo que me daban vivas muestras de afecto. 

Por la tarde nos dirigimos hacia otra prisión de hombres libérrimos. Estaba nevando cuando llegamos a Leyre. Nevaba tanto que dos de los Quince decidieron regresar a Pamplona sin visitar el milenario monasterio benedictino. Los Trece que quedamos -Audaces Fortuna iuvat- vimos y vivimos ese lugar bendecido como pocos -excepto los monjes- lo han visto y vivido. Y valió la alegría.

«Nos convertimos, en cierto modo, en lo que amamos: nos convertimos también, y más humildemente, en lo que vemos. Dice Whitman: Había un niño que salía cada día / y lo primero que miraba, en eso se convertía, / y eso formaba parte de él por aquel día o parte de aquel día / o por muchos años y sucesivos ciclos de años. 

... 

Me dispongo a contar ahora algo que nunca he contado. Visité por primera vez el castillo de Javier, Loyola y Leyre con mis padres y dos de mis hermanos cuando era yo un mocoso. No fue una peregrinación para mí aunque quizá sí lo fuera para mis padres que, más que el trayecto, anhelaban el fin: visitar en Bilbao a un su hijo -Juan Manuel- sacerdote. Para mí era, simplemente, un viaje maravilloso. Hasta que llegué a Leyre y algo se conmovió en mi corazón. 

Me dispongo ahora a contar otra cosa que nunca he contado. Cuando, años después, el mismo mocoso dijo a sus padres que quería ser sacerdote y que deseaba sellar esa decisión peregrinando a Leyre él solo y en bicicleta, sus amables y santos padres no se opusieron a su vocación sacerdotal pero -sabiamente- le aconsejaron sellarla con sensatez: «Busca a un sacerdote santo que te aconseje». Estaba yo, con ellos, menos necesitado que ahora del consejo de un santo. Tenía yo, en ellos, dos amables y santos consejeros. No peregriné a Leyre en bicicleta. Encontré al sacerdote santo y sabio y paciente que necesitaba. 

...

Cuando volvimos a Pamplona tuvimos que secarnos los zapatos antes de bajar al comedor para la cena. La peregrinación había terminado. Al día siguiente, el martes 7 de diciembre, viajé de Pamplona a Madrid con un mi cuñado, con su amable esposa y con una de sus hijas -sobrina mía-. Ya en Madrid tomé el AVE que me trajo a Alicante. En el tren pude releer la «Teoría de la Libertad» de Luis Rosales prologada por don Ricardo Calleja y editada por don Álvaro Pettit en su neonata editorial «Frontera». Entonces reparé en esto:

«Conviene que abreviemos y no nos divirtamos al escribir. A mí me cuesta mucho trabajo sujetar la pluma: me divierto escribiendo. Mas cada día tiene su afán». 

 

 





sábado, 11 de diciembre de 2021

Peregrino (4)

 El 5 de diciembre, segundo domingo de Adviento, salimos de Pamplona para el castillo de Javier. 

...

Javier, el misionero, ilustra maravillosamente la idea que Rosales expresa en su Teoría de la libertad y que también he encontrando en Kandinsky. El pintor, en De lo espiritual en el arte, reivindica la libertad del artista como responsabilidad. La libertad es para el artista una necesidad interior. Él tiene algo que hacer, algo que decir, una misión. Rosales atribuye al cristianismo el descubrimiento de que la vida es responsabilidad nacida de una misión.

«En efecto, después del cristianismo, la vida auténtica implica el descubrimiento de su carácter de misión y la responsabilidad de dedicarla a algo que constituye su sentido. Quien no dedica su vida plenamente a una misión determinada, quien no dedica su vida a algo, no tiene vida propia. Se reduce a vivir. Prefiere no buscarse complicaciones y en el pecado lleva la penitencia. (...) Como les duele la falta de sentido de su vida, no se atreven a creer en la libertad». 

...

 Celebré la misa en la basílica neotodo. A los Quince se unieron otros peregrinos. Fue una celebración lenta, pausada y llena de silencios. Porque Dios guiará a Israel con alegría, a la luz de su gloria, con su justicia y su misericordia. Presidiéndolo todo, la imagen de san Francisco Javier a quien Pemán hace decir al despedirse de san Ignacio: 

Perdonadme, padre Ignacio

que no diga lo que siento,

pues vos me habéis enseñado

con la lección y el ejemplo

a ser corto en la expresión

cuando es más largo el afecto.  

Al terminar la Misa los Catorce me afearon la conducta: «Es domingo y no has predicado». Y yo balbuceando: «Ah, bueno, sí, claro, claro».  

viernes, 10 de diciembre de 2021

Peregrino (3)

 Sábado 4 de diciembre de 2021

Considera Rosales en Teoría de la libertad que no podemos conocernos sino eligiéndonos y que  esa elección de sí mismos es un acto de fe que presupone una llamada o vocación. Y añade:

«Es preciso conocer su lenguaje y haber estado en vela, noches y noches, ante la puerta de nuestro corazón, para poder oír. Pero nadie está en vela. Nos fue anunciada esta flaqueza por el Señor y no escuchamos sus palabras: ¿Piensas que cuando venga el Hijo de la Virgen hallará fe en la tierra? (...) Nunca estamos en vela. Nunca estamos inmediatos y disponibles para atender a la llamada de la verdad». 

¿Será esta peregrinación, que hoy comienza, el momento de entrever el camino? 

...

El sábado 4 de diciembre comenzó nuestra peregrinación. 

Éramos quince peregrinos, dos familias. Salíamos en distintos coches y de distintas partes de Madrid. Teníamos que encontrarnos en el santuario de Nuestra Señora de Arántzazu y allí nos encontramos, nos saludamos y nos dispersamos. 

La basílica de Sáez de Oíza tiene un exterior duro, rocoso, con sus torres grises y su almohadillado espinoso. Para entrar en ella, además, al contrario de lo que pasa con tantos templos a los que se accede subiendo una escalinata, hay que descender. Al cruzar las puertas de Chillida, el peregrino encuentra, maravilla, la imagen de la iglesia mística que es infinitamente mayor por dentro que por fuera. La maravilla de una luz que no hiere, sin artificio. 

Recorrí la iglesia despacito. Luego, mientras un mi hermano hacía fotos, me senté en silencio. Me sentía cómodo en aquel lugar, desierto y apacible, presidido por la figura, diminuta, y la presencia maternal de la Señora. 

Antes de dar por terminada nuestra visita, nos reunimos los Quince para cantar la Salve. Las nubes del cielo se removieron y la luz del sol entró por las vidrieras de fray Javier Álvarez de Eulate. 

miércoles, 8 de diciembre de 2021

Peregrino (2)

El AVE llegó a Madrid y yo estaba en la página 95 de la «Teoría de la libertad» donde escribió Rosales: 

«Muchas personas, cuando se dicen así mismas (sic) que no tienen fuerza de voluntad para hacer lo que deben, se sienten plenamente justificadas». 

¿Hacer lo que se debe hacer? ¡Qué escándalo! ¿Quién no ha leído «El crepúsculo del deber» de Lipovetsky? Cerré el libro apresuradamente porque me sentía retratado y porque había llegado a Madrid. Salí de la estación de Atocha y llamé a Cabify. El taxista me echó una bronca telefónica. Era una bronca plenamente justificada porque yo le había dicho que estaba en el Paseo del Prado y él estaba esperándome allí pero yo no estaba allí sino en la Carrera de San Jerónimo. 

No soy un tipo sufrido. Puedo esperar un taxi pero no sufro fácilmente que el taxista me eche una bronca aunque sea un taxista de Cabify. Di al botón de «cancelar viaje» y los de Cabify me advirtieron que tendría que pagar cinco dólares por cancelar el viaje. Los di por bien pagados con tal de no seguir oyendo la bronca del taxista de Cabify pero las palabras de Rosales me tenían pensativo. ¿No habría sido mejor sufrir con paciencia cristiana la bronca telefónica, indicarle al taxista el lugar exacto en el que me encontraba, esperar un poco más, ahorrarme los cinco dólares y ofrecer al chófer un testimonio de mansedumbre y amistad hablándole de Rosales y de su «Teoría de la libertad? No, no me sentía plenamente justificado pero tomé el primer taxi que pasaba por la Carrera de San Jerónimo: «Al Real Monasterio de la Encarnación, por favor. Está en la Plaza de la Encarnación, cabe el Senado». 

Mientras el amable taxista comentaba el tumulto y el tráfago de las calles de Madrid, hojeaba yo las páginas de la «Teoría de la libertad» buscando algo que ya había leído. Lo encontré en la página 52:

«En rigor, la mayoría de nuestros actos son anónimos e impersonales (vida inauténtica). Tan solo aquellos hechos que persisten sucediéndose en nosotros, como el agua de un río sigue siendo distinta pero igual todo a lo largo de sus orillas, puede decirse que nos sirven de fundamento propio».

Pero el amable lector se estará preguntando por el propósito de mi viaje a Madrid el viernes día 3, solemnidad de San Francisco Javier. Creo que ha llegado el momento de revelarlo. Fui a Madrid el viernes 3 con el propósito de comenzar, al día siguiente, una peregrinación. El hecho de que ese mismo día cayera en mis manos la «Teoría de la libertad» de Luis Rosales, prologada por don Rafael Calleja y publicada por don Álvaro Petit en su neonata editorial «Frontera», puede interpretarse como azar. Yo tengo motivos para pensar que fue providencial. El amable lector, si une a su amabilidad la paciencia, quizá pueda encontrarle a este fenómeno otra explicación. ¿Se siente capaz de seguir leyendo la narración de la peregrinación de este peregrino? Con Luis Rosales advierto al amable y paciente lector que no es lo mismo elegir que decidir. Si decide seguir leyendo habrá de acumular fuerzas para llevar su decisión hasta el final. 

martes, 7 de diciembre de 2021

Peregrino (1)

 El viernes, día 3 de diciembre, solemnidad de san Francisco Javier, después de Misa, doña Nati me entregó un convoluto que había recibido en su casa para mí. Lo abrí y hallé un libro de Luis Rosales titulado «Teoría de la libertad», prologado por don Ricardo Calleja y editado por don Álvaro Pettit en su neonata editorial «Frontera». Salí pitando para Alicante porque a las 15:50 tenía que coger el AVE a Madrid. A la hora prevista el AVE y yo salimos para Madrid. Cuando llegamos a Cuenca yo iba por la página 81 donde dice Rosales: 

«Descansar para llorar, dicen allá en mi tierra. En efecto, al llegar a este punto notamos que se desmorona un poco la certidumbre que veníamos buscando. La realización de las posibles libertades no nos da la menor certidumbre de que vivamos desde la libertad». 

La estación de Cuenca lleva el nombre de Zóbel, que es muy querido para mí. 

Si usted, amable lector, arde en deseos de saber qué pasó luego a este peregrino, habrá de tener un poco de paciencia porque, de lo que pasó luego, dará cuenta mañana, si Dios quiere, este peregrino.