domingo, 28 de agosto de 2022

Descansa en paz, amable compañero

Tengo 10 años y, temblando, entro en mi nuevo cole: Retamar.

Me mandan a una aula  en la que somos treinta y pico. Como ni mis condiciones físicas -gafotas y flacucho- ni mi temperamento -tímido e irritable- me habilitan para ser líder, pongo en marcha mis extraordinarias dotes de observación con el objeto de hacer la pelota a cualquiera que pueda hacerme la vida fácil. 

En seguida reparo en un individuo apacible y rubio. No es alto ni bajo: me interesa. No es líder pero tiene un prestigio indiscutible: ordenado, limpísimo, amable y, desde el punto de vista académico, un número uno. Definitivamente, me interesa. 

Se llama Luis Sánchez Socías. Al parecer trata a todos del modo más amistoso sin hacer la pelota a nadie. Cuando digo «a todos» me incluyo y esto me sorprende incluso ahora.

Pasan los años -ocho- y nos despedimos del cole. Como suele ocurrir -dicen que  la distancia es  el olvido- inmediatamente empiezan a borrarse de mi memoria los recuerdos de ese tiempo pero Luis no. Él, incluso en la distancia, sigue siempre presente y no deja de sorprenderme con una felicitación por mi santo o por mi cumpleaños. Acude a mi Primera Misa. A veces nos encontramos -la última vez cenando en casa de un amigo común- y sigue siendo el mismo. Aunque ahora él es Abogado del Estado, se interesa por los detalles de la existencia de un cura de pueblo de tal modo y manera que el cura de pueblo y su ridícula existencia parecen, por un momento, superinteresantes.  

Anoche recibí un  correo de un compañero del cole: «Luis ha tenido un accidente de moto y está muy grave. Rezad por él». Esta mañana he recibido otro de otro compañero: «Nuestro querido Luis ha fallecido a la una de  la madrugada». Luego me han ido llegando otros correos y mensajes de viejos amigos unánimes en su aprecio y admiración hacia ese  cristiano ejemplar, caballero apacible que tan bien sabía tratar a todos. 

Ahora mismo -mientras escribo esto- recibo otro correo de otro viejo condiscípulo.. Creo que escribe desde los EEUU. Dice: «Cada vez que me encontraba con Luis, no importaba el paso del tiempo, me saludaba con un abrazo, una sonrisa y un verdadero cariño. Era un hombre genuino en el sentido más puro de la palabra. Y puramente bueno, como todos sabemos». 

En fin, esta mañana, a las doce y media, he ofrecido la Misa en sufragio por  su alma y he dado gracias a Dios por quien ha sido, hasta ahora y desde hace tantos años, tan buen compañero de camino. 


jueves, 18 de agosto de 2022

¿Puede ser peor?

     El pasado domingo, nuestro Buen Jesús decía que había venido a traer fuego y división. Los que entendieron que aquello era una cosa mala y amenazante deben prepararse para otra peor: el próximo domingo, nuestro Buen Jesús nos dirá que la puerta de la salvación es estrecha.

    Los  que entendieron que el anuncio del domingo  pasado era una cosa mala y amenazante entendieron mal. El fuego que Jesús ha venido a traer a la tierra no es el de los que se dedican a quemar contenedores y bosques. Robespierre y Lenin quisieron acabar con  el mal del mundo utilizando la guillotina y otros medios más sofisticados y científicos. Naturalmente, y gracias a Dios, fracasaron. Si hubieran triunfado ya no habría ni bien ni mal porque no quedaría en el mundo ni un bicho viviente.

    Jesús, mucho más modesto y realista, no se propuso acabar con el mal en el mundo  y ni siquiera se planteó esa bobada de hacer un mundo mejor. Su propósito fue el de vivir en este mundo como un cordero entre lobos. Lo consiguió y venció a los lobos. Y esa  fue la división que vino a traer:  la división entre lobos y corderos, entre el bien y el mal. Vino a decir que no es posible el matrimonio entre el Cielo y el Inferno y que, si no debemos separar lo que Dios ha unido, tampoco debemos unir lo que Dios ha separado.

    A mí no me preocupan tanto los Robespierre y los Lenin, tipos admirables por su  empeño, cuanto el pensamiento de que el Buen Jesús -que se dejó la piel viviendo como un cordero entre lobos- no nos ha dejado en el Evangelio  una fórmula para entrar en el Reino de los Cielos sin que nos dejemos la piel -o la mano derecha, o el ojo derecho, o la vida- en el intento. 

    Me preocupa porque, la verdad, amo esta vida que tengo y no quisiera perderla por una nonada. No  tengo ni una pizca de revolucionario, lo confieso. Por eso mismo el Evangelio del domingo pasado no me parece una mala noticia ni una cosa amenazante sino el  alegre anuncio  de que, aunque no podemos ni debemos intentar acabar con el mal en  el mundo, podemos vivir como ovejas entre lobos sin convertirnos en lobos y, por ese camino, vencer a  los lobos. Me parece una promesa creíble.

    Lo peor, a primera vista, es lo del  domingo que viene: la puerta es estrecha, muchos intentarán entrar y no podrán.

    Convencido como estoy de que el Evangelio es una Buena Noticia trataré de entenderlo así. Pero, ¿puede entenderse así, como buena noticia, una palabra que dice que la puerta es estrecha y que muchos intentarán entrar y no podrán?

    No me convencen mucho esos hermanos míos sacerdotes que lo solucionan todo diciendo que no hay infierno, que todos nos salvaremos y que cuando Jesús hablaba de la puerta estrecha solamente pretendía asustar e intimidar un poco a los fariseos. Y no me convencen porque (aparte de que es una herejía) me parece que alguien que abraza algo tan horrible como una muerte de Cruz y nos anima a hacer lo mismo no puede estar bromeando.

    Me convence más el mismo Jesús. Él es  la puerta. Es una puerta abierta para todos. Para  que todos podamos entrar por ella se hace hombre en todo semejante a nosotros menos en el pecado. Quiere que  todos se salven y lleguen al conocimiento de la Verdad. Pero -y aquí lo mejor de la noticia- no es solamente que lo quiera, es que lo puede hacer. Puede -porque es  Dios- hacer que todos nos salvemos y  lleguemos al conocimiento de la Verdad. Lo que no puede hacer -porque es Dios- es que nos salvemos sin conocer la Verdad. Lo que no puede hacer -porque es Dios Veraz- es que nos salvemos engañados.  No puede engañarse ni engañarnos. Por  eso, cuando le preguntan si serán pocos los que se salven, no pretende engañarnos ni asustarnos sino ponernos en el camino -ciertamente difícil para el hombre pecador- de la Verdad. 

    El tropel de los que gritan «ábrenos la puerta» retrata a la masa de los que pasamos la vida mirándonos el ombligo cada vez más fijamente.  «Yo he sido bueno». «Yo he sido». «Yo merezco». «Yo». 

    La Buena Noticia es que basta con decir «No soy digno de  que entres en mi casa  y, mucho menos, pretendo entrar en el Cielo tal como estoy, pero sé que una palabra tuya bastará para sanar mi alma». 

Los santos de la puerta de al lado

El Papa Francisco ha hablado de los santos de la puerta de al lado: hombres, mujeres y niños que viven entre nosotros, como vivían Santa María y San José entre los vecinos de Nazaret, sin llamar la atención, trabajando y rezando en silencio ante la mirada de Dios. 

No pensemos solo —ha escrito el Papa— en los ya beatificados o canonizados. El Espíritu Santo derrama santidad por todas partes, en el santo pueblo fiel de Dios, porque «fue voluntad de Dios el santificar y salvar a los hombres, no aisladamente, sin conexión alguna de unos con otros, sino constituyendo un pueblo, que le confesara en verdad y le sirviera santamente». 

Ese pueblo de Dios es la Iglesia Católica. Hay en ella, como ha habido siempre, mártires y doctores,  pero el Papa nos invita a contemplar la santidad en la vida ordinaria de esos padres que educan con tanto amor a sus hijos, en esos hombres y mujeres que trabajan para llevar el pan a su casa, en los enfermos, en las religiosas ancianas que siguen sonriendo. En esta constancia para seguir adelante día a día, veo la santidad de la Iglesia militante. Esa es muchas veces la santidad «de la puerta de al lado», de aquellos que viven cerca de nosotros y son un reflejo de la presencia de Dios, o, para usar otra expresión, «la clase media de la santidad».

Hombres y mujeres, sanos y enfermos, religiosos y seglares que viven cerca de nosotros y son un reflejo de la presencia de Dios. 

¿Conocemos a esos santos de la puerta de al lado? Están entre nosotros. Si no los conocemos es posible que —entretenidos con los medios de comunicación y enredados en las redes sociales— hayamos dejado de prestar atención a esos signos de la presencia de Dios que son los santos de la calle. 

El Papa nos pide que nos dejemos estimular por los signos de santidad que el Señor nos presenta a través de los más humildes miembros de ese pueblo que «participa también de la función profética de Cristo, difundiendo su testimonio vivo sobre todo con la vida de fe y caridad»

Esos santos de la puerta de al lado no aparecen en la televisión y, si aparecieran, provocarían burlas o bostezos en el público que busca espectáculo. Sus nombres no aparecen ni aparecerán en los libros de historia pero ellos, llevando la Cruz de Cristo y siguiendo sus pasos, son la levadura que hace fermentar toda la masa.

El 9 de agosto hemos celebrado el martirio de Santa Teresa Benedicta de la Cruz, una carmelita sabia que escribió: «En la noche más oscura surgen los más grandes profetas y los santos. Sin embargo, la corriente vivificante de la vida mística permanece invisible. Seguramente, los acontecimientos decisivos de la historia del mundo fueron esencialmente influenciados por almas sobre las cuales nada dicen los libros de historia. Y cuáles sean las almas a las que hemos de agradecer los acontecimientos decisivos de nuestra vida personal, es algo que solo sabremos el día en que todo lo oculto será revelado».

Precisamente entonces, el día en que todo lo oculto será revelado, comprenderemos que Dios siempre estuvo entre nosotros y que la santidad —el más bello rostro de la Iglesia— estaba en la puerta de al lado, llenando de luz el mundo.

viernes, 5 de agosto de 2022

Pedir perdón: remedio o buen ejemplo de cortesía

 A veces no hay  más remedio que pedir perdón. 

Uno ha recibido la bendición de unos padres excelentes y de unos hermanos que han sido la gloria de  sus padres. Pero resulta que uno, oveja negra de la familia, ha hecho sufrir a todos. En este caso no hay  más remedio que arrojarse --llorando-- a los pies  de la parentela para suplicar su perdón.

Así yo mismo, si tuviera valor, me arrojaría a los pies de mis padres y de mis hermanos y de  mis amigos. En cierto modo lo hago cada vez que empiezo la Misa diciendo: Yo confieso ante Dios Todopoderoso  y ante vosotros, hermanos, que he pecado mucho etc.

Otras veces el pedir perdón no remedia nada pero es un buen ejemplo de cortesía y de cristiana caridad. 

Uno, sin querer, empuja a otro y le dice: ¡Perdón, caballero! 

¿Se ve la diferencia?

Al grano.

Cuando yo confieso mis pecados y  pido perdón por ellos, Dios los remedia. Cuando los amables Papas piden perdón por los atropellos de la Iglesia besando la mano de los tataranietos del atropellado  están diciendo: ¡Perdón, caballero! Y entonces se  ve si el tataranieto del atropellado es un caballero o un bandido. 

Conclusión: Por  bandidos que sean el atropellado y su tataranieto, siempre hay que pedir perdón. Quizá no remedie nada a corto  plazo pero, a la larga, ese empeño del caballero cristiano civiliza y, lo más importante, puede salvar  -o, al menos, hacer pensar- al tataranieto del atropellado. 

lunes, 1 de agosto de 2022

Veamos: el peligro de las riquezas

 domingo, 31 de julio de 2022

Pero, antes, una confesión.

A veces —no todos los días, ni todas las semanas, ni siquiera todos los meses— mi amigo Wilder y yo compramos un boleto de «rasca y gana». Cuesta un euro y pueden tocarte hasta diez mil euros. ¡Gran negocio si toca! Pero nunca nos ha tocado. Alguna vez nos ha salido un premio de un euro —lo apostado— y, codiciosos, lo hemos vuelto a jugar y lo hemos perdido.

Hecha la confesión pasemos al asunto del peligro de las riquezas del que muchas veces habla Jesús.

En la parábola del pobre Lázaro —que pasaba necesidad tirado ante la puerta de un hombre rico— Jesús señala el primer peligro de las riquezas: que pueden convertir al rico en responsable de la desgracia y de la muerte del pobre. 

Pero en la parábola de este domingo —que podría llamarse «parábola del rico idiota»— se nos advierte contra un peligro más común: el peligro de que las riquezas nos vuelvan estúpidos; incapaces para comprender lo que realmente vale, incapaces para adquirir sabiduría, incapaces para participar en los bienes del Cielo. 

Muy resumidamente —Jesús lo contaba mejor— la parábola va de un rico al que le toca la lotería en forma de gran cosecha. Inmediatamente se le plantea el típico problema de rico: tiene tanto grano que no le cabe en sus graneros. Decide derribar sus graneros, construir otros más modernos y entregarse a la vida muelle. Pero ese  mismo día se  muere y Dios sentencia: «has sido un tonto». 

Bien. Este peligro nos acecha a todos. Las riquezas pueden hacer estúpido a un niño, volviéndolo malcriado, o a un joven volviéndolo petulante. Todo esto lo sé por propia experiencia. Y lo que puede hacer estúpido a un niño o a un joven también puede hacer estúpido a un cura y a un anciano. 

Es posible que a usted y a mí nunca nos haya tocado el premio del «rasca y gana» pero en eso que se llama «la lotería de la vida» hemos sido muy afortunados. 

Podemos hacer dos cosas. 

Una: dar gracias a Dios y compartir nuestra alegría con los demás. Será la prueba de que las riquezas que nos han caído del Cielo no nos han vuelto idiotas. 

Otra: no dar gracias a nadie y enredarnos con los típicos problemas de los ricos. Será la prueba de que nos hemos vuelto estúpidos. «Así —dice Jesús—los que acumulan bienes para sí y no son ricos ante Dios». 

¿Puede alguien ser rico ante Dios?. ¡Oh sí! Mirad a la Virgen María. Dios la mira y se complace en Ella. Ella es rica ante Dios porque lo ha recibido todo de Él con gratitud y nos lo ha entregado a nosotros. 

¿Algún ejemplo más? Pues sí, mirad: antes que María, el mismo Cristo que, siendo rico, se hizo pobre para enriquecernos con su pobreza. 

¿Más ejemplos? Hoy, si no fuera domingo, estaríamos celebrando a San Ignacio de Loyola. Y no hay suficientes días en el año ni en la eternidad para celebrar a  los santos que, por el Reino de los Cielos, mirando a Jesús y a María y al glorioso Patriarca San José, alcanzaron, en esta vida, la sabiduría que conduce a la eterna. 

viernes, 1 de julio de 2022

Una conversación muy trascendente

 -¿Qué hora es?

-Mira: las nueve menos cuarto.

-¿Te apetece cenar algo? 

-Ya he cenado, gracias.

-¿Qué has cenado?

-Tostadas untadas con queso de Filadelfia. Entrambas he puesto una tortilla de un huevo y dos rodajillas de chorizo de Pamplona.

-¿Tiempo de preparación?

-Diez minutos. 

-¿Grado de satisfacción?

-Muy alto.

-Y ¿qué vas a hacer ahora?

-Terminar de escribir esto.

-¿Y luego?

-Luego veré una peli que me ha recomendado mi sobrino J.V.P.

-¿Qué peli?

-«Apolo 10 1/2: Una infancia espacial». 

-Ah. 

-¿Ya has leído la Carta «Desiderio desideravi». 

-Sí.

-Ah. 


viernes, 22 de abril de 2022

Hope for the World

viernes, 22 de abril de 2022

 (Víspera de san Jorge)


Es el título del libro que acabo de zamparme y en el que Guillaume d’Alançon hace preguntas y Raymond Leo, cardenal Burke, responde amablemente. 

¿Quién es Guillaume d’Alançon? No tengo ni idea. Solamente sé que es francés y que pregunta muy bien. 

¿Quien es el cardenal Burke? Es difícil saber quién es alguien si uno —como yo— no lo conoce. Pero, en la primera página del libro, él mismo se presenta así:


«Soy un americano, hijo de un granjero, de ascendencia irlandesa. Mi abuela paterna dejó su hogar en Cullen, County Cork, Irlanda, a finales de los ochenta del siglo XIX. Uno de mis bisabuelos paternos había emigrado de Ballgryffin, County Tipperary, Irlanda, a principios del XIX. 

La familia de mi madre vino de Inglaterra bastante antes. Eran protestantes. Mi madre creció en la Iglesia Baptista de América. Su madre, única de mis abuelos a la que conocí aunque murió cuando yo tenía seis años, fue una cristiana piadosa con quien mi madre estuvo muy unida. Cuando mis padres se casaron,  mi madre se sintió atraída por la fe católica y fue introducida en las verdades de la fe por un excelente sacerdote irlandés, el Padre Bernard McKevitt, rector de la parroquia de mi padre. Mi madre profundizó en la fe católica y jugó un papel decisivo a la hora de transmitirla a mis hermanos, a mis hermanas y, también, a mí. Yo, que había observado desde niño su amplio conocimiento de la fe y la firmeza de su práctica, me sorprendí cuando supe que no había sido católica siempre. Ella misma, a la horade su muerte, alabó al Padre McKevitt por el modo en que la había preparado para entrar en la total comunión con la fe católica. También manifestó siempre una profunda gratitud por la fe de sus padres que la  dispuso a encontrar la plenitud de esa fe en la Iglesia Católica». 


Me parece todo un modelo de autopresentación. Apenas habla de sí mismo. Se da a conocer por su patria, por su familia y por su fe. 


¿Me ha encantado el libro? Sí, me ha encantado. ¿Lo recomiendo? Sí, lo recomiendo. Mañana es el día del libro.

jueves, 21 de abril de 2022

¿Es usted feliz, oiga?

jueves, 21 de abril de 2022


A decir verdad, oiga usted, raras veces me pregunto tal cosa y eso mismo me inclina a responder que soy un ser humano afortunado.

De todas formas voy a tratar de responder a su pregunta.

Verá usted: en primer lugar —de verdad lo digo— no estoy muy satisfecho de mí mismo. Nunca me ha ido bien con los exámenes. Los de la escuela son cosa pasada pero ese examen diario de mi conciencia a duras penas lo paso, alguna vez que otra, por los pelos, con un cinco raspado. Con franqueza se lo digo: no soy lo que se  llama un tipo ejemplar.

Si usted es de los que piensan que estar satisfecho de uno mismo es la clave de la felicidad llámeme «infeliz». Pero le diré una cosa: mi insatisfacción conmigo mismo no solamente no me impide considerarme un tipo afortunado sino que —de verdad lo digo— es la clave de mi satisfacción con todo lo demás.

Pongamos el ejemplo de mis padres. Son dos seres humanos a los que no cambiaría por nada del mundo. ¿Estoy satisfecho de ellos? Aquí, lo siento, la palabra «satisfacción» no me parece apropiada. A usted le digo que, cada día que pasa, los recuerdo con más admiración y que, si no supe agradecerles sus regalos fue porque nadie en el mundo —a menos que fuera alguien mejor que ellos— sabría hacerlo. Soy un tipo afortunado. 

Pongamos el ejemplo de mis hermanos. Son doce seres humanos a los que no cambiaría por nada del mundo. Soy un tipo afortunado. 

Podríamos seguir poniendo ejemplos con mis sobrinos —una multitud incontable— con mis sobrino nietos, con mis amigos, con mis vecinos, con los tiempos y los lugares en que me ha tocado vivir, con los papas y obispos y sacerdotes que me han caído en suerte, con mi lujoso Seat León y mis demás propiedades materiales, con la casa parroquial en la que habito y con el día de hoy en Alicante —soleado, fresco, amable— … La conclusión sería siempre la misma: soy un tipo afortunado a quien todo se le ha regalado.

¿Satisfecho de mí mismo? Pues no, la verdad. Pero, por eso mismo, ¡qué contento!

domingo, 17 de abril de 2022

Vigilia pascual 2022

 sábado, 16 de abril de 2022

El cuerpo muerto de Jesús estaba envuelto en un sudario, enrollado con vendas y encerrado en un sepulcro cuya entrada estaba tapada con una piedra que solo con mucho esfuerzo podrían movervarios hombres fuertes.

El cuerpo glorioso y resucitado del Señor salió del sepulcro como había salido del vientre de santa María su cuerpo pasible y mortal: ni rasgó el sudario ni rompió las vendas, y atravesó la roca como la luz del sol atraviesa el cristal. 

Cuando Nuestro Señor fue a resucitar a Lázaro, hubo que abrir la sepultura, olía a corrupción y, una vez resucitado, tuvieron que desatar sus vendas para que pudiera caminar.

Nadie tuvo que desatar a Jesús resucitado. Cuando, al amanecer del primer día de la semana hubo un terremoto y los guardias —antes de de quedar como muertos— vieron un ángel como un relámpago que se sentaba sobre la piedra, el sepulcro se abrió no para que saliera Jesús sino para que, primero las mujeres y, luego, los apóstoles, pudieran entrar en él, ver, creer y salir a anunciar lo que habían visto. 

No olía a corrupción el sepulcro de Cristo, sino al mismo perfume con el que María había ungido en Betania los pies del Maestro y cuya fragancia había llenado toda la casa. 

El sepulcro de Cristo se abrió para que la primera Iglesia pudiera entrar en él y llevar luego por todo el mundo, con la Buena Nueva del la Resurrección, el buen olor de Cristo.

Esto celebramos hoy con alegría. 

¡Feliz Pascua!


martes, 12 de abril de 2022

Mira lo que te digo

 lunes, 11 de abril de 2022

«Mira lo que te digo: hay tanta gente de oro que se cree basura por culpa de gente basura que se cree de oro que es súper injusto. Piénsalo».

La frase está tomada de Instagram. Me ha  llegado al corazón. El ser humano que la ha dejado allí —un varón con aspecto de persona honrada— probablemente necesitaba desahogarse o, quizá, quería animar a otra persona amada y deprimida. Inmediatamente he sentido simpatía hacia él y me he identificado con la gente de oro que se siente basura por culpa de la gente basura. 

Después de pensarlo un poco sigo sintiendo simpatía por él pero ya no me identifico con la gente de oro que se siente basura por culpa de la gente basura que  se siente de oro.

Después de pensarlo un poco digo:

1. La gente —los seres humanos—  ni somos de oro ni somos basura.

2. Podemos «sentir» que somos de oro o que somos basura pero sentirse así no es ser así. 

3. Cada vez que me percibo como ser áureo,  y  cada vez que  me percibo como basura, sé que yerro. 

4. Cuando me percibo como ser áureo sé que yerro pero me alegro y no busco culpables.

5. Cuando me percibo como basura me enojo y busco culpables y los persigo, y los atrapo, y los juzgo y los condeno: ¡basura!

6. Cada vez que contemplo la Cruz de Cristo veo a uno que ha sido condenado por mí —y por ti, querido hermano— como basura. 

7. Cada vez que contemplo  la Cruz de Cristo veo un corazón humano que  ni es de oro —sangra— ni es basura porque lo perdona todo del modo más gentil. No muere diciendo «perdona a esta chusma» o «perdona a estos corazones de oro». Muere implorando el perdón para todos. 

lunes, 4 de abril de 2022

La ley de Moisés nos manda apedrear a las adúlteras; tú, ¿qué dices?

Le preguntaban esto para comprometerlo y poder acusarlo. Pero Jesús, inclinándose, escribía con el dedo en el suelo. Como lo asediaban con sus preguntas, se incorporó y les dijo: «El que esté sin pecado, que le tire la primera piedra». 

El silencio de Jesús es inquietante para quien pregunta y ya tiene preparada una objeción a cualquier respuesta como en Twitter. Por eso dice el evangelista que lo asediaban con sus preguntas

La impaciencia es mala. Estaban deseando que respondiera para seguir discutiendo como en Twitter. El silencio, en general, nos fastidia cuando estamos más interesados en discutir que en pensar. Cuando Jesús dice: «el que esté libre de pecado, tire la primera piedra» les rompe el esquema. 

La mujer está sola ante Dios con su pecado mientras ellos son un grupo. Cada uno de sus acusadores cree que puede refugiarse en el anonimato. Pero Jesús no responde al grupo, a la masa anónima que se refugia en la Ley sin dar la cara, sino que apela a la conciencia de cada uno de ellos. No les dice que la Ley es mala, les pregunta: ¿Alguno de vosotros es tan santo que no necesita misericordia o perdón además de Ley? 

Nadie podrá decir que Jesús aprueba el adulterio —gran violencia— o que recomienda la lapidación de los adúlteros, o que condena el Derecho Penal o el Código de Derecho Canónico porque ha venido  a abolir la Ley. 

Hay que ser muy complicado para no entender esa sencilla caridad de una madre y de un padre que quieren, de verdad, a su hijos —al adúltero y al de la liga contra el adulterio, al acohólico y al de la liga antialcohólica— hasta el punto de dar la vida por ellos. Es la sencilla verdad que se expresa en la parábola del hijo pródigo.

Ya sé, ya sé que ustedes, impacientes lectores solamente quieren saber qué diablos escribió Jesús en el suelo del Templo de Jerusalén al amanecer de aquel día glorioso. La impaciencia es mala, impaciente lector.  ¡Viva la parsimonia!

domingo, 3 de abril de 2022

Perdonar

 domingo, 3 de abril de 2022

¿Qué es perdonar? 

Perdonar es seguir queriendo y seguir haciendo el bien a quien nos ha hecho algo malo. 

Dios es amor y el amor lo perdona todo. 

Nosotros no somos Dios pero somos hijos de Dios y Dios, nuestro Padre, está empeñado en que aprendamos a perdonar para que nos parezcamos a Él.

El domingo pasado, Jesús nos contaba la parábola del hijo pródigo. Allí aparecían un padre buenísimo, imagen de Dios, unos criados obedientes, imagen de los santos, y dos hijos que lo tenían todo y que no eran felices porque ni querían a su padre, ni querían a sus criados ni se querían entre ellos. Esos hijos no querían a su padre, pero su padre sí los quería a ellos. Cuando el hijo pequeño volvió a casa su padre lo abrazó y lo besó. Y, cuando el  mayor se enfadó con su padre su padre no se  enfadó con él. 

Nosotros nos enfadamos con Dios y con nuestros hermanos. Y es normal, porque no somos Dios. Pero, a veces, cuando nos enfadamos, hacemos y decimos cosas que no están bien. Y eso no es normal, porque somos hijos de Dios y tenemos que aprender a seguir bendiciendo a Dios incluso cuando estamos enfadados con Él sin razón. 

Uno se enfada con Dios y empieza a blasfemar y a decir cosas horribles contra Dios. Otro se enfada con Dios y decide que ya no va a volver a Misa. Cuando hacemos esas cosas somos dignos de lástima y Dios nos mira con pena. 

  Uno se enfada con su hermano y ya no lo saluda por  la calle. Otro se enfada con su hermano y empieza a hablar mal de él o intenta hacerle daño y humillarlo. Cuando hacemos esas  cosas somos dignos de lástima.

¿Qué hace Jesús con los pecadores, o sea, con nosotros?

Jesús, hombre como nosotros, también se enfadaba a veces. Enfadarse no es malo. Pero en Jesús no hay pecado. Por eso Jesús nunca se enfadó con su Padre Dios, y cuando se enfadó con nosotros, los hombres,  ni se enfadó por una tontería ni nos retiró el saludo ni nos deseó ni nos hizo ningún mal. Al contrario, rezó por nosotros y nos enseñó rezar así: «perdona nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden». 

Cuando llevaron ante Él a una mujer pecadora Jesús dijo a los acusadores: «el que esté libre de pecado, tire la primera piedra». Lo dijo para que nosotros, que muchas veces nos enfadamos por tonterías dejemos de enfadarnos por tonterías. Y lo dijo para que nosotros, que a veces, como Él nos enfadamos con razón, aprendamos a perdonar y sigamos haciendo el bien al que nos ha hecho algún mal. 

Como estamos en Cuaresma tendríamos que ir todos a confesarnos. Jesús nos dirá, como le dijo a esa mujer pecadora: «No te condeno, vete y no peques más». 

Aprenderemos a perdonarnos unos a otros. Ya no nos enfadaremos por tonterías y, cuando nos enfademos con razón, nos acordaremos de Jesús y de la Virgen María y empezaremos a tener paciencia y a hacer el bien a todos.