viernes, 1 de julio de 2022

Una conversación muy trascendente

 -¿Qué hora es?

-Mira: las nueve menos cuarto.

-¿Te apetece cenar algo? 

-Ya he cenado, gracias.

-¿Qué has cenado?

-Tostadas untadas con queso de Filadelfia. Entrambas he puesto una tortilla de un huevo y dos rodajillas de chorizo de Pamplona.

-¿Tiempo de preparación?

-Diez minutos. 

-¿Grado de satisfacción?

-Muy alto.

-Y ¿qué vas a hacer ahora?

-Terminar de escribir esto.

-¿Y luego?

-Luego veré una peli que me ha recomendado mi sobrino J.V.P.

-¿Qué peli?

-«Apolo 10 1/2: Una infancia espacial». 

-Ah. 

-¿Ya has leído la Carta «Desiderio desideravi». 

-Sí.

-Ah. 


viernes, 22 de abril de 2022

Hope for the World

viernes, 22 de abril de 2022

 (Víspera de san Jorge)


Es el título del libro que acabo de zamparme y en el que Guillaume d’Alançon hace preguntas y Raymond Leo, cardenal Burke, responde amablemente. 

¿Quién es Guillaume d’Alançon? No tengo ni idea. Solamente sé que es francés y que pregunta muy bien. 

¿Quien es el cardenal Burke? Es difícil saber quién es alguien si uno —como yo— no lo conoce. Pero, en la primera página del libro, él mismo se presenta así:


«Soy un americano, hijo de un granjero, de ascendencia irlandesa. Mi abuela paterna dejó su hogar en Cullen, County Cork, Irlanda, a finales de los ochenta del siglo XIX. Uno de mis bisabuelos paternos había emigrado de Ballgryffin, County Tipperary, Irlanda, a principios del XIX. 

La familia de mi madre vino de Inglaterra bastante antes. Eran protestantes. Mi madre creció en la Iglesia Baptista de América. Su madre, única de mis abuelos a la que conocí aunque murió cuando yo tenía seis años, fue una cristiana piadosa con quien mi madre estuvo muy unida. Cuando mis padres se casaron,  mi madre se sintió atraída por la fe católica y fue introducida en las verdades de la fe por un excelente sacerdote irlandés, el Padre Bernard McKevitt, rector de la parroquia de mi padre. Mi madre profundizó en la fe católica y jugó un papel decisivo a la hora de transmitirla a mis hermanos, a mis hermanas y, también, a mí. Yo, que había observado desde niño su amplio conocimiento de la fe y la firmeza de su práctica, me sorprendí cuando supe que no había sido católica siempre. Ella misma, a la horade su muerte, alabó al Padre McKevitt por el modo en que la había preparado para entrar en la total comunión con la fe católica. También manifestó siempre una profunda gratitud por la fe de sus padres que la  dispuso a encontrar la plenitud de esa fe en la Iglesia Católica». 


Me parece todo un modelo de autopresentación. Apenas habla de sí mismo. Se da a conocer por su patria, por su familia y por su fe. 


¿Me ha encantado el libro? Sí, me ha encantado. ¿Lo recomiendo? Sí, lo recomiendo. Mañana es el día del libro.

jueves, 21 de abril de 2022

¿Es usted feliz, oiga?

jueves, 21 de abril de 2022


A decir verdad, oiga usted, raras veces me pregunto tal cosa y eso mismo me inclina a responder que soy un ser humano afortunado.

De todas formas voy a tratar de responder a su pregunta.

Verá usted: en primer lugar —de verdad lo digo— no estoy muy satisfecho de mí mismo. Nunca me ha ido bien con los exámenes. Los de la escuela son cosa pasada pero ese examen diario de mi conciencia a duras penas lo paso, alguna vez que otra, por los pelos, con un cinco raspado. Con franqueza se lo digo: no soy lo que se  llama un tipo ejemplar.

Si usted es de los que piensan que estar satisfecho de uno mismo es la clave de la felicidad llámeme «infeliz». Pero le diré una cosa: mi insatisfacción conmigo mismo no solamente no me impide considerarme un tipo afortunado sino que —de verdad lo digo— es la clave de mi satisfacción con todo lo demás.

Pongamos el ejemplo de mis padres. Son dos seres humanos a los que no cambiaría por nada del mundo. ¿Estoy satisfecho de ellos? Aquí, lo siento, la palabra «satisfacción» no me parece apropiada. A usted le digo que, cada día que pasa, los recuerdo con más admiración y que, si no supe agradecerles sus regalos fue porque nadie en el mundo —a menos que fuera alguien mejor que ellos— sabría hacerlo. Soy un tipo afortunado. 

Pongamos el ejemplo de mis hermanos. Son doce seres humanos a los que no cambiaría por nada del mundo. Soy un tipo afortunado. 

Podríamos seguir poniendo ejemplos con mis sobrinos —una multitud incontable— con mis sobrino nietos, con mis amigos, con mis vecinos, con los tiempos y los lugares en que me ha tocado vivir, con los papas y obispos y sacerdotes que me han caído en suerte, con mi lujoso Seat León y mis demás propiedades materiales, con la casa parroquial en la que habito y con el día de hoy en Alicante —soleado, fresco, amable— … La conclusión sería siempre la misma: soy un tipo afortunado a quien todo se le ha regalado.

¿Satisfecho de mí mismo? Pues no, la verdad. Pero, por eso mismo, ¡qué contento!

domingo, 17 de abril de 2022

Vigilia pascual 2022

 sábado, 16 de abril de 2022

El cuerpo muerto de Jesús estaba envuelto en un sudario, enrollado con vendas y encerrado en un sepulcro cuya entrada estaba tapada con una piedra que solo con mucho esfuerzo podrían movervarios hombres fuertes.

El cuerpo glorioso y resucitado del Señor salió del sepulcro como había salido del vientre de santa María su cuerpo pasible y mortal: ni rasgó el sudario ni rompió las vendas, y atravesó la roca como la luz del sol atraviesa el cristal. 

Cuando Nuestro Señor fue a resucitar a Lázaro, hubo que abrir la sepultura, olía a corrupción y, una vez resucitado, tuvieron que desatar sus vendas para que pudiera caminar.

Nadie tuvo que desatar a Jesús resucitado. Cuando, al amanecer del primer día de la semana hubo un terremoto y los guardias —antes de de quedar como muertos— vieron un ángel como un relámpago que se sentaba sobre la piedra, el sepulcro se abrió no para que saliera Jesús sino para que, primero las mujeres y, luego, los apóstoles, pudieran entrar en él, ver, creer y salir a anunciar lo que habían visto. 

No olía a corrupción el sepulcro de Cristo, sino al mismo perfume con el que María había ungido en Betania los pies del Maestro y cuya fragancia había llenado toda la casa. 

El sepulcro de Cristo se abrió para que la primera Iglesia pudiera entrar en él y llevar luego por todo el mundo, con la Buena Nueva del la Resurrección, el buen olor de Cristo.

Esto celebramos hoy con alegría. 

¡Feliz Pascua!


martes, 12 de abril de 2022

Mira lo que te digo

 lunes, 11 de abril de 2022

«Mira lo que te digo: hay tanta gente de oro que se cree basura por culpa de gente basura que se cree de oro que es súper injusto. Piénsalo».

La frase está tomada de Instagram. Me ha  llegado al corazón. El ser humano que la ha dejado allí —un varón con aspecto de persona honrada— probablemente necesitaba desahogarse o, quizá, quería animar a otra persona amada y deprimida. Inmediatamente he sentido simpatía hacia él y me he identificado con la gente de oro que se siente basura por culpa de la gente basura. 

Después de pensarlo un poco sigo sintiendo simpatía por él pero ya no me identifico con la gente de oro que se siente basura por culpa de la gente basura que  se siente de oro.

Después de pensarlo un poco digo:

1. La gente —los seres humanos—  ni somos de oro ni somos basura.

2. Podemos «sentir» que somos de oro o que somos basura pero sentirse así no es ser así. 

3. Cada vez que me percibo como ser áureo,  y  cada vez que  me percibo como basura, sé que yerro. 

4. Cuando me percibo como ser áureo sé que yerro pero me alegro y no busco culpables.

5. Cuando me percibo como basura me enojo y busco culpables y los persigo, y los atrapo, y los juzgo y los condeno: ¡basura!

6. Cada vez que contemplo la Cruz de Cristo veo a uno que ha sido condenado por mí —y por ti, querido hermano— como basura. 

7. Cada vez que contemplo  la Cruz de Cristo veo un corazón humano que  ni es de oro —sangra— ni es basura porque lo perdona todo del modo más gentil. No muere diciendo «perdona a esta chusma» o «perdona a estos corazones de oro». Muere implorando el perdón para todos. 

lunes, 4 de abril de 2022

La ley de Moisés nos manda apedrear a las adúlteras; tú, ¿qué dices?

Le preguntaban esto para comprometerlo y poder acusarlo. Pero Jesús, inclinándose, escribía con el dedo en el suelo. Como lo asediaban con sus preguntas, se incorporó y les dijo: «El que esté sin pecado, que le tire la primera piedra». 

El silencio de Jesús es inquietante para quien pregunta y ya tiene preparada una objeción a cualquier respuesta como en Twitter. Por eso dice el evangelista que lo asediaban con sus preguntas

La impaciencia es mala. Estaban deseando que respondiera para seguir discutiendo como en Twitter. El silencio, en general, nos fastidia cuando estamos más interesados en discutir que en pensar. Cuando Jesús dice: «el que esté libre de pecado, tire la primera piedra» les rompe el esquema. 

La mujer está sola ante Dios con su pecado mientras ellos son un grupo. Cada uno de sus acusadores cree que puede refugiarse en el anonimato. Pero Jesús no responde al grupo, a la masa anónima que se refugia en la Ley sin dar la cara, sino que apela a la conciencia de cada uno de ellos. No les dice que la Ley es mala, les pregunta: ¿Alguno de vosotros es tan santo que no necesita misericordia o perdón además de Ley? 

Nadie podrá decir que Jesús aprueba el adulterio —gran violencia— o que recomienda la lapidación de los adúlteros, o que condena el Derecho Penal o el Código de Derecho Canónico porque ha venido  a abolir la Ley. 

Hay que ser muy complicado para no entender esa sencilla caridad de una madre y de un padre que quieren, de verdad, a su hijos —al adúltero y al de la liga contra el adulterio, al acohólico y al de la liga antialcohólica— hasta el punto de dar la vida por ellos. Es la sencilla verdad que se expresa en la parábola del hijo pródigo.

Ya sé, ya sé que ustedes, impacientes lectores solamente quieren saber qué diablos escribió Jesús en el suelo del Templo de Jerusalén al amanecer de aquel día glorioso. La impaciencia es mala, impaciente lector.  ¡Viva la parsimonia!

domingo, 3 de abril de 2022

Perdonar

 domingo, 3 de abril de 2022

¿Qué es perdonar? 

Perdonar es seguir queriendo y seguir haciendo el bien a quien nos ha hecho algo malo. 

Dios es amor y el amor lo perdona todo. 

Nosotros no somos Dios pero somos hijos de Dios y Dios, nuestro Padre, está empeñado en que aprendamos a perdonar para que nos parezcamos a Él.

El domingo pasado, Jesús nos contaba la parábola del hijo pródigo. Allí aparecían un padre buenísimo, imagen de Dios, unos criados obedientes, imagen de los santos, y dos hijos que lo tenían todo y que no eran felices porque ni querían a su padre, ni querían a sus criados ni se querían entre ellos. Esos hijos no querían a su padre, pero su padre sí los quería a ellos. Cuando el hijo pequeño volvió a casa su padre lo abrazó y lo besó. Y, cuando el  mayor se enfadó con su padre su padre no se  enfadó con él. 

Nosotros nos enfadamos con Dios y con nuestros hermanos. Y es normal, porque no somos Dios. Pero, a veces, cuando nos enfadamos, hacemos y decimos cosas que no están bien. Y eso no es normal, porque somos hijos de Dios y tenemos que aprender a seguir bendiciendo a Dios incluso cuando estamos enfadados con Él sin razón. 

Uno se enfada con Dios y empieza a blasfemar y a decir cosas horribles contra Dios. Otro se enfada con Dios y decide que ya no va a volver a Misa. Cuando hacemos esas cosas somos dignos de lástima y Dios nos mira con pena. 

  Uno se enfada con su hermano y ya no lo saluda por  la calle. Otro se enfada con su hermano y empieza a hablar mal de él o intenta hacerle daño y humillarlo. Cuando hacemos esas  cosas somos dignos de lástima.

¿Qué hace Jesús con los pecadores, o sea, con nosotros?

Jesús, hombre como nosotros, también se enfadaba a veces. Enfadarse no es malo. Pero en Jesús no hay pecado. Por eso Jesús nunca se enfadó con su Padre Dios, y cuando se enfadó con nosotros, los hombres,  ni se enfadó por una tontería ni nos retiró el saludo ni nos deseó ni nos hizo ningún mal. Al contrario, rezó por nosotros y nos enseñó rezar así: «perdona nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden». 

Cuando llevaron ante Él a una mujer pecadora Jesús dijo a los acusadores: «el que esté libre de pecado, tire la primera piedra». Lo dijo para que nosotros, que muchas veces nos enfadamos por tonterías dejemos de enfadarnos por tonterías. Y lo dijo para que nosotros, que a veces, como Él nos enfadamos con razón, aprendamos a perdonar y sigamos haciendo el bien al que nos ha hecho algún mal. 

Como estamos en Cuaresma tendríamos que ir todos a confesarnos. Jesús nos dirá, como le dijo a esa mujer pecadora: «No te condeno, vete y no peques más». 

Aprenderemos a perdonarnos unos a otros. Ya no nos enfadaremos por tonterías y, cuando nos enfademos con razón, nos acordaremos de Jesús y de la Virgen María y empezaremos a tener paciencia y a hacer el bien a todos. 

sábado, 26 de marzo de 2022

El hijo pródigo

 domingo, 27 de marzo de 2022

La parábola del hijo pródigo nos presenta, ante todo, a un padre buenísimo. Es un hombre rico que tiene jornaleros, criados y dos hijos, y que trata bien a todos. Ese hombre bueno de la parábola es una imagen de Dios.

Aparecen también los siervos: unos criados obedientes que hacen todo lo que les manda su señor. Trabajan y viven agradecidos porque no les falta el alimento ni el vestido ni el amor de su señor. En esos siervos buenos y obedientes podemos ver a los santos. Son los que trabajan en la viña del Señor sin quejas, con humildad y agradecimiento, sin buscar reconocimiento, aplausos o premios. Ellos viven contentos con su Dios y Señor y son los mejores hijos de Dios.

La parábola nos habla, finalmente, de dos hijos que lo tienen todo pero no son felices. Y en esos dos hijos, amable hermano, podemos vernos retratados tú y yo. 

Uno de ellos, el mayor, es un tipo serio. Él se cree muy responsable, muy trabajador, muy cumplidor y obediente. No solamente se lo cree sino que presume de eso: «porque yo, yo, yo… ¡tantos años sirviéndote sin desobedecer jamás una orden tuya!». Sí, se cree muy bueno pero es bastante ruin. Tanto que se atreve a echarle en cara su padre: «nunca me has hecho una fiesta». Es un pelma que ni ama a su padre ni ama a su hermano y que habla de ambos con desprecio: «ese hijo tuyo».

Sí, hermano, en ese gruñón podemos vernos retratados tú y yo —hijos de Dios— cuando no nos queremos, cuando nos echamos en cara nuestros pecados y vivimos pensando que somos buenísimos y que merecemos más de lo que tenemos. 

El otro, el menor, es un tipo frívolo. Él se cree muy simpático y muy listo; se cree capaz de conquistar el mundo pero ni es simpático ni va conquistar el mundo. Es un pelma que solamente piensa en divertirse. Su padre, su hermano y sus criados lo aburren mucho, así que le dice a su padre: «dame la parte de la herencia que me corresponde». Luego se va de casa, lo malgasta todo, se arruina, empieza a pasar hambre y solamente entonces empieza a  echar de menos a su padre y la casa que ha dejado. 

Sí, hermano, en ese frívolo podemos vernos retratados tú y yo —hijos de Dios— cuando no nos queremos y cuando pensamos que, lo único que necesitamos para ser felices, es librarnos de Dios y de nuestros hermanos y, así, poder hacer, en cada momento, nuestro capricho. 

Estamos en Cuaresma. Con esta parábola, Jesús nos llama a la conversión. Ha llegado el momento de que tú y yo volvamos a la Casa del Padre donde nos esperan Dios, con los brazos abiertos, y sus servidores, los santos, no para echarnos en cara nuestras faltas sino para prepararnos una fiesta. 

Solamente hace falta esto: que reconozcamos a nuestro Padre común y nos dejemos abrazar por Él en el sacramento de la penitencia; que nos reconozcamos como hermanos y -muy importante- que, en adelante, aprendamos de los santos, de los que sirven al Señor y al prójimo con humildad y alegría. Porque esos son los verdaderos hijos de Dios. Con razón llaman «reina» a santa María que responde a la embajada del ángel: «Aquí está la esclava del Señor».

viernes, 25 de marzo de 2022

Solemnidad no de precepto

Jueves 24 de marzo

10:45

Llego a cierto colegio deAlicante para celebrar la Misa de 10:45. El capellán me recibe con los brazos abiertos.  

11:29 

Terminada la acción de gracias después de la Misa, el capellán me invita a un café. Yo, cura de pueblo, le ruego que me permita echarle un vistazo a la epacta porque me ha asaltado una duda. Resulta que esta tarde -víspera de la Anunciación- tengo un entierro en la parroquia: ¿puedo celebrar Misa de Exequias?

El capellán, presbítero sabio y santo donde los haya, me ataja conduciéndome a la cafetería del colegio: «¿Qué más da lo que diga la epacta? Lo que importa en una parroquia es enterrar a los muertos cuando se han muerto». 

Muy confortado por esas palabras, lo sigo hasta la cafetería. 

12:30

Llego a la Biblioteca Sacerdotal. 

13:30

Acabado el Círculo sacerdotal al que asisto en religioso silencio, comienza la tertulia sacerdotal. Me atrevo a preguntar si alguien sabe si se puede celebrar Misa de Exequias en la víspera de la Encarnación y se desata una tormenta de opiniones contradictorias. Al mismo tiempo me arrepiento de haber abierto la boca y me acuerdo de que puedo consultar la epacta  en mi teléfono, un iPad. 

Consulto la epacta en mi teléfono. Tendría que haber empezado por ahí. Dice la epacta que la Misa de Exequias se puede celebrar en las solemnidades que no son de precepto.

17:30

Víspera de la Encarnación, solemnidad no de precepto. Celebro en San Miguel la Misa Exequial de un ser humano fallecido ayer. Me asiste un diácono permanente revestido con dalmática negra. 

18:15

Terminada la acción de gracias después de la Misa Exequial, empieza la reunión ordinaria del Consejo de Pastoral. 

19:00

Terminada la reunión ordinaria del Consejo de Pastoral, voy a dar la unción de enfermos y el viático a un ser humano. 

20:00

Vísperas de la Encarnación. Solemnidad no de precepto. La salmodia del Oficio empieza así: 

Laudate, pueri Domini, laudate nomen Domini. 

lunes, 21 de marzo de 2022

San Miguel 1722-2022

 domingo, 20 de marzo de 2022


Don-dilón, don-dilón, don-dilón-dilón…

¿Por qué voltean las campanas deSan Miguel? Voltean porque la parroquia fue erigida hace 300 años y el obispo acaba de llegar. 

¿Es el que viene al volante de ese automóvil? El mismo. 

Veamos: el párroco —vestido con una sotana que le viene un poco corta y revestido con un roquete que le viene muy grande— sale al encuentro del obispo llevando en la mano el acetre lleno de agua bendita. Veo un hisopo dentro del acetre. 

¿Sonríe el obispo? Sí, sonríe y rocía al párroco con agua bendita. Inmediatamente —don-dilón, don-dilón, don-dilón-dilón— saluda al diácono permanente —don David Olivares— y  a los presbíteros que van a concelebrar con él: don Rafael Mora y don Francisco Román. 

Ahora el párroco y el diácono —don-dilón, don-dilón, don-dilón-dilón— avanzan por la vía sacra. Los sigue el obispo que saluda y es saludado por los amables feligreses. El obispo se  arrodilla en un reclinatorio y adora al Santísimo Sacramento. Joan detiene el volteo. Silencio. 

Mira, el obispo se ha levantado y sigue al párroco hasta la sacristía. ¿De qué van a hablar? El párroco le va a preguntar al obispo que qué Plegaria Eucarística quiere rezar y el obispo le va a decir que la tercera. Luego el párroco le va a decir al obispo que si le parece bien que se use el incienso solamente en la procesión de entrada y el obispo le va a decir que le parece de perlas. Luego el párroco le va a preguntar que si quiere que el diácono invite a los fieles a darse fraternalmente  la paz en el rito de la paz y el obispo le va a decir que sí. ¿Nada más? Sí, algo más. El párroco le va a decir al obispo que ha preparado una sacristía en la capilla de las confesiones para que se revista. 

Mira, ya salen de la sacristía. ¿De que habrán hablado?

Ahora el obispo se está revistiendo y, mira: el párroco sube al ambón. ¿Qué va a decir?

Va a decir: «El obispo ha llegado sano y salvo, gracias a Dios, y vamos a empezar enseguida. Muchos os estáis preguntando que por qué ha desaparecido  la hermosa Cruz que suele estar junto al altar. No la hemos quitado porque haya venido el obispo sino  porque se ha roto una rueda de la peana que hizo el herrero. Aprovecho para rogar a los que podáis hacerlo que habléis con el herrero. A ver si para la Semana Santa podemos tener otra vez en el presbiterio la hermosa Cruz de siempre». Eso va a decir el párroco. 

Mira: ahora el párroco vuelve a la capilla de las confesiones. Vayamos tras él para ver qué se cuece allí. 

El diácono presenta el incensario ante el obispo y el párroco abre la naveta repleta de oloroso incienso. El obispo pone el  incienso en el incensario y lo bendice. Una fragancia como de oloroso incienso empieza a llenar toda la Casa. El párroco hace una señal a la directora del Coro, doña Delia. Doña Delia hace una señal al coro y empieza el canto de entrada: «Ven a celebrar el amor de Dios». 

El párroco hace una señal al diácono y el diácono abre la procesión de entrada con el incensario humeante. Lo siguen los amables concelebrantes y, a ellos, el obispo revestido con ornamentos morados, porque estamos en Cuaresma, y armado con el báculo del pastor y tocado con la mitra que añade a su estatura unos veinte centímetros y nos invita a mirar hacia el Cielo.

Ahora el diácono se inclina ante el Santísimo Sacramento. Ved que no hace una genuflexión porque nadie debe hacer genuflexiones si lleva cosas en las manos. Pero ved cómo, después, el obispo, que lleva el báculo en la mano izquierda, y los concelebrantes, que llevan las manos juntas, hacen una genuflexión ante el Santísimo. Y así queda claro que la primera función del báculo es servir de apoyo al obispo cuando adora a Dios. 

Ya están ante el altar. El obispo se despoja de la mitra y del báculo porque va a besar y a abrazar el altar como quien abraza y besa a Cristo y porque va a rodear el altar perfumándolo con incienso como quien perfuma el mundo en el que Cristo se encarnó, se ofreció, murió y resucitó. 

Vedlo y oídlo. Porque aún se oye el canto de entrada. 

La Misa sigue como de costumbre. «En el Nombre del Padre…». Y una monición del obispo que se encomienda a San Miguel porque sabe que, desde el momento en que roció con agua bendita al párroco en la puerta de la iglesia, ha comenzado una batalla contra el diablo. «Y la frontera que  nos divide —dice el obispo— no está fuera de nosotros sino dentro: en nuestro corazón. No pensemos — sigue la monición del obispo dando en el clavo— que fuera están los malos y aquí están los buenos. Conversión es lo que pedimos con nuestro acto de contrición». 

Vaya. Ahora el obispo confiesa públicamente ante Dios Todopoderoso y ante nosotros —nos llama «hermanos»— que ha pecado mucho. Hasta el párroco se une a su confesión y suplica a los hermanos que rueguen por él. 

Andrés, el organista, incoa el Kyrie de la Misa de Angelis. Nos unimos con entusiasmo a esa súplica de perdón. El obispo hace la oración colecta suplicando al Buen Dios que mire nuestra pequeñez y nos levante un poco con su Misericordia. 

Luego el obispo se sienta en la sede y don Francisco Román le ofrece la mitra. 

Todos vamos a escuchar la palabra de Dios, sentados. Pero solamente hay uno que escucha la palabra de Dios sentado en la sede. Hoy, el que está sentado en la sede es el obispo. La mitra que lleva sobre su cabeza nos invita a mirar a Cielo mientras Teresa proclama la primera lectura que habla de Moisés y de su suegro,  Jetró, sacerdote de  Madián, y de la zarza ardiente. 

¿Y el salmo? El salmo viene después de la primera lectura. «Bendice, alma mía al Señor». Oíd cómo responden todos, cantando: «El Señor es compasivo y misericordioso». 

Doña Nati proclama la lectura de san Pablo que nos dice que quien bebe de la Roca que es Cristo y luego anda murmurando no debe sentirse seguro por beber de la Roca y es muy posible que caiga por murmurar.

Ahora el coro empieza a cantar «Tu Palabra me da vida» y el diácono se levanta y se inclina ante el obispo suplicando que lo bendiga  para que pueda proclamar dignamente el Evangelio. Y el obispo, obediente, lo bendice y se quita la mitra y se pone de pie, porque va a escuchar el Evangelio, y vuelve a tomar el báculo para apoyarse y apoyarnos en Dios. Y el diácono proclama dignamente el Evangelio de la higuera. 

Mira, ahora el obispo deja el báculo y se pone otra vez la mitra. Eso quiere decir que va a hablar y que nosotros tenemos que escuchar mirando al Cielo. Y el obispo empieza a hablarnos de cosas del Cielo y de Cristo que es el Cielo en la tierra. Dice que a Jesús le  encanta estar con los niños, que durante los trescientos años que cumple la parroquia han pasado cosas maravillosas en la parroquia y que…

Pero mira. Hay más de treinta niños delante del obispo. Lo están mirando. Atentamente. 

…y que, durante trescientos años, mucha gente ha entrado en esta parroquia y ha salido de aquí mejor de lo que ha entrado porque han escuchado la Palabra de Dios que nos llama a la conversión y a la vida eterna. Y que ni los buenos son los que nos caen bien ni los malos son los que nos caen mal porque todos necesitamos conversión. Y que hay tres panes —el de trigo, el de cultura y el de la Eucaristía— que hacen crecer a los niños en estatura, sabiduría y gracia ante Dios y ante los hombres. Y que esos tres panes se han dado en esta parroquia durante trescientos años. Y que, en resumen, no hay otro modo de ser feliz que ser santo. 

Vaya ¡se acabó la homilía! El obispo canta «Credo in unum Deum» que es el Credo de toda la vida. Y, cuando llega a lo de la Encarnación del Verbo en el seno de la Virgen María, se inclina. Y eso quiere decir que todos debemos inclinarnos en esa parte del Credo. 

Ahora empieza la Oración de los Fieles. El diácono nos invita a rogar por lo que interesa y todos cantamos: «Te rogamos, óyenos». 

Oíd. El coro empieza a cantar y —ved— los niños llevan las ofrendas al obispo y el obispo las recibe sonriendo y diciendo, oíd: «¡Qué bien, qué bien!».

Y va a empezar la Liturgia Eucarística. El obispo se quita el solideo y dice «El Señor esté con vosotros». Y la Misa sigue como de costumbre. «Sanctus» que quiere decir «Santo es el Señor Dios del Universo». Y las campanillas que agita en diácono porque viene la consagración y tenemos que arrodillarnos ante el Señor que viene. Y el diácono nos invita a darnos fraternalmente la paz de lo cual resulta un caos amable de abrazos etc. 

Ahora el «Agnus Dei» que quiere decir  «Cordero de Dios». Y la comunión. Y el coro empieza a cantar el «Tú Señor me llamas». Los niños que van a hacer la primera comunión en mayo se acercan para recibir la bendición del obispo. «Tú has venido a la orilla». 

Muy bien. Ha terminado el rito de la Comunión. El obispo se ha sentado y todos están el silencio. 

Mirad, el párroco baja del presbiterio. 

Oíd, el organista incoa una melodía que parece un canto eucarístico famoso en el norte de Españita. Oíd, el párroco y el organista empiezan a cantar en vasco una alabanza a Jesús Sacramentado. 

Mirad: el obispo, que ha estado sonriendo durante toda la Misa ya no sonríe, se ha echado a reír. 

martes, 15 de febrero de 2022

Crónica de Orihuela (II)

sábado, 12 de febrero de 2022


Ha venido usted aquí para leer esta «Crónica de Orihuela II» porque arde usted en deseos de saber cómo acabó la gran fiesta. Muy, bien. 

        Pero antes debo contar cómo siguió. Y siguió así de bien. 

La catedral de El Salvador estaba limpísima, lindísima y abarrotada. Pero aún había más gente fuera, dispuesta a seguir la ceremonia desde unas pantallas que no eran gigantescas pero sí muy grandes. Yo encontré un sitio muy bueno en la girola, cabe la puerta de la capilla del Santísimo, detrás de la sede episcopal. 

Don José Ignacio llegó a la Puerta de Loreto y se oyó la voz del Nuncio Apostólico, don Bernardito Cleopas Auza: «Queridos hermanos: os presento al que, desde ahora (aunque, en esto, no fue exacto, como se verá) presidirá vuestras celebraciones en esta Santa Iglesia Catedral de la Diócesis de Orihuela-Alicante: Monseñor José Ignacio Munilla Aguirre». 

Y empezaron los aplausos que yo no apruebo en la iglesia aunque, como se verá, eso importa poco. 

Según la costumbre, don José Ignacio se dirigió a la capilla del Santísimo. Todos, menos yo, seguían aplaudiendo cuando el obispo pasó, bendiciéndonos a todos, justo por delante de mí. 

Los aplausos cesaron cuando don Jose Ignacio se arrodilló ante el Tabernáculo para orar. Fue lindo recordar que estábamos allí para orar. 

Los aplausos volvieron a sonar cuando el obispo salió de la capilla para ir a la sacristía. Una pena porque no se podía oír, con el alboroto, la hermosa y festiva y solemne música del órgano que valía mil veces más que los aplausos. 

Revestido para la Misa, el obispo fue, como de costumbre, en procesión hasta el altar mientras sonaba el canto de entrada. Pero ni fue a la sede ni dijo «En el nombre del Padre…» porque, en ese momento, la presidencia la tenía el Nuncio que fue quien ocupó la sede e inició la Misa como de costumbre. 

Palabras del Administrador Apóstolico. palabras del Nuncio Apostólico que terminan con un mandato: «¡Que se presenten las Letras Apostólicas al Colegio de Consultores!». 

El Presidente del Cabildo mostró las letras al Colegio y el Nuncio, recogiendo el ardiente deseo de todos los presentes, tronó: «¡Que se lean!». 

El Canciller, obediente, leyó las letras que empezamaba así de bien: «Francisco, obispo, siervo de los siervos de Dios, al Venerable hermano Jo´se Ignacio Munilla Aguirre». 

Y todos, conteniendo la respiración, escuchamos la lectura hasta el final: «Finalmente, Venerable hermano, con devoción te exhortamos con la intercesión de la Virgen María y de san José, su Esposo y tu celestial Patrono, a que, con ardiente (las Letras decían «flagrante») corazón emplees resueltamente todas tus fuerzas en la predicación del Evangelio a favor de la eterna salvación de los fieles encomendados a tu cuidado». 

Todos nos pusimos de pie como diciendo: «Muy bien dicho». Y todos menos yo, que no apruebo los aplausos en la iglesia, empezaron aplaudir mientras volteaban las campanas, sonaba el órgano con una música que valía mil veces más que los aplausos y el Nuncio le daba el báculo al obispo que se sentó en la sede. Entre tanto yo luchaba, íntimamente conmovido por las letras Apostólicas y por don José Ignacio, para contener las lágrimas de alegría.

La Misa siguió como de costumbre. El que quiera saber lo que pasó puede verlo en You Tube. 

¿Cómo terminó la fiesta? 

Para responder a esta pregunta harían falta mil cronistas. Yo diré cómo terminó para mí.

Salí pitando de la catedral después del «Podéis ir paz» sin despedirme de nadie porque no apruebo la cháchara ni el jaleo que suele seguir a esas palabras santas. 

De camino hacia el autobús que nos había traído, o llevado, a Orihuela, escuché un lamento detrás de mí. Me volví y vi a la más venerable, por anciana, de nuestras compañeras de peregrinación tumbada en la calle y lamentándose: «¡Ay! ¡Me he roto el brazo! ¡Me está bien empleado por haber venido! ¡No tendría que haber venido! ¡Me está bien empleado por haber dejado a mi marido!». 

Yo, que no soy médico ni nada, intuí que ni se le había roto el brazo ni su caída era una castigo por haber abandonado a su esposo. Acerté. Unos amables jóvenes que pasaban por allí la levantaron delicadísimamente y, caballerosísimamente, se ofrecieron a llevarla en su coche hasta el autobús. 

Así de bien acabó la fiesta. 

Cuando llegué a San Miguel me arrodillé ante el Sagrario. Luego apagué las luces de la iglesia. 

No suelo tener visiones pero, cuando me disponía a cerrar la iglesia, creí ver que la imagen del Sagrado Corazón de Jesús estaba un poco flagrante o algo así. 

sábado, 12 de febrero de 2022

Crónica de Orihuela

 sábado, 12 de febrero de 2022


Hemos llegado a Orihuela en dos autobuses del arciprestazgo de Torrevieja. A mí me ha tocado uno de esos muy viejos que aún llevan ceniceros y cartelitos de «prohibido escupir por las ventanas». 

El trayecto ha sido apacible. Mari Fina —sacristana de Los Montesinos— llevaba una pancarta que decía: «Los Montesinos siempre  con el..», y aquí un Corazón de Jesús pintado. Todos íbamos contentos. 

En la capital de la Vega Baja una multitud incontable (yo he contando hasta mil quinientos y luego lo he dejado por aburrimiento) se había congregado junto a la puerta de Santo Domingo (que no se llama así pero ahora no recuerdo su nombre) y en el camino de San Antón y en la calles, para recibir al nuevo obispo, don José Ignacio Munilla.

Don José Ignacio ha llegado puntualmente a lomos de una mula blanca que responde al nombre de «Bartola». Aplausos y vítores al obispo. Una niña que estaba detrás de mí, subida en los hombros de su padre, ha gritado con vocecilla casi inaudible: ¡Viva el Papa!». Solamente yo he respondido a su vítor y su padre, como para enviarle un refuerzo positivo, le da dicho cariñosamente: ¡Muy bien, Bea, muy bien!

Entonces se ha hecho el silencio porque hay que estar en silencio cuando el macero golpea la puerta de la ciudad: «Pum, pum, pum». Y hay que seguir en silencio cuando, desde dentro, un ser humano pregunta: «¿Quién va?». Y hay que seguir en silencio cuando el macero responde: «El obispo de Orihuela va entrar en la ciudad». Entonces llega lo más emocionante y hay que contener la respiración: ¿Abrirán las puertas al obispo de Orihuela, señor natural de la ciudad, o se amotinarán y tendremos que derribar las puertas y degollar a los amotinados? 

Estábamos todos conteniendo la respiración. He mirado a Fina que sostenía con una mano la pancarta y me ha parecido que, con la otra mano, sacaba de su bolso un puñal preparándose para lo peor. 

Estábamos todos conteniendo la respiración cuando las puertas de la capital de la Vega Baja se han abierto y, desde dentro de la ciudad, se ha oído un vítor. Fina ha guardado el puñal y ha murmurado algo así como «mejor para vosotros», y todos los demás hemos respirado y aplaudido. La banda de música: «Tachín, tachán». El pueblo, dentro y fuera de la ciudad, jubiloso. ¿Y don José Ignacio? 

Un tipo alto que estaba a mi lado ha dicho: ¡Está emocionado! Yo no he dicho nada pero he pensado para mí: «Daría cualquier cosa por ser tan alto como tú para ver la novedad de un vasco emocionado!». 

Don Paco Román —párroco de los Montesinos y jefe de la expedición— nos ha conducido por callejuelas atestadas de gente alegre y pacífica hasta la catedral. 

En el camino me han reconocido algunos enmascarados que me saludaban: «¿Se acuerda de mí?». Y yo, mintiendo a medias porque soy incapaz de saber quién está detrás de una máscara pero no desconfío de quien me saluda: «¿Cómo no? ¡Qué gran día!».

Entre los enmascarados he encontrado a uno a quien conocía: el doctor Poveda. Don Paco Román nos ha hecho una foto. Ha sido mi minuto de gloria. 

Don Paco Román ha dejado a Fina al mando de los laicos que tenían un sitio reservado en la plaza de la catedral. 

A mí, después de poner una amable excusa, me ha dejado en la estacada ante una puerta de la catedral custodiada por tres policías como tres torres y, lo más temible, un seminarista que no dejaba entrar a nadie sin credencial: yo no llevaba más credencial que mi alzacuellos y, en un maletín, mi alba-casulla con mi estola blanca. 

En descargo de don Paco Román he de decir que, antes de dejarme en la estacada, me ha dado una pista: «Pregúntale a esa chica. Ella te dirá por dónde pueden entrar los sacerdotes». 

La chica a la que don Paco señalaba era una chica policía más alta que la torre de la catedral. Obediente y triste, he obedecido. La torre-policía ha dicho «allí» señalando al palacio del obispo. 

En la puerta del palacio del obispo había un grupo de seminaristas revestidos con sotana y roquete que me han saludado con afecto fraternal. 

«¿Dónde puedo revestirme para Misa?» —he preguntado.

«¿Es usted obispo?» —ha repreguntado un seminarista que me ha parecido guasón aunque, como se verá luego, hablaba en serio. 

Yo, pensando que era momento de bromear: «Sí».

Él: «Pase por ahí».

Yo, obediente, he pasado y he empezado a revestirme hasta que una monja amabilísima que venía con una lista me ha preguntado: «¿Cómo se llama usted?».

Y yo: «Javier, Javier Vicens, Y Hualde por más señas».

Y ella: «No está usted en la lista de los obispos acreditados».

Y yo, dando testimonio de la verdad: «Cura  de pueblo soy. De San Miguel de Salinas por más señas».

Y la amable religiosa, reconduciédome hacia la puerta por la que pasé burlando a un seminarista: «Vaya usted al claustro de la catedral donde podrá revestirse con los demás presbíteros y no vuelva a intentar hacerse pasar por lo que ni es ni parece». 

¿Qué han venido ustedes a ver aquí? ¿Una caña movida por el viento?

Si quieren saber lo que pasó luego  —lo más interesante— pidan a Dios que dé larga vida a este cura de pueblo para que, mañana, pueda escribir la segunda parte de  esta «Crónica de Orihuela» que será la más interesante.