jueves, 24 de septiembre de 2026

Diario. Miércoles, 23 de septiembre de 2026

 Granja de Rocamora

miércoles, 23 de septiembre de 2026


Me despierto en La Torre y me preparo un delicioso desayuno con antiinflamatorios. 


A las once tengo que estar en la ermita porque he quedado con Ana María y Pep. Antes paso por  el palacio parroquial pongo una lavadora —programa quince minutos— y tiendo dos camisas porque hoy viene por primera vez Irene, la señora que, cada quince días limpiará el piso cada quince días y a planchará la ropa. 


A las once llamo a Pep y le ruego que me perdone porque voy a llegar cinco minutos tarde.. 

Cinco minutos después llego a la ermita y vuelvoa disculparme con Ana María y Pep. 

Necesitan que les abra el tabernáculo que guarda la estauroteca. También quieren consultar conmigo algunos graves asuntos

Cuando nos despedimos, vuelvo a pedir disculpas por el retraso.  

Aún tengo tiempo para ir al despacho parroquial y trabajar hasta las dos. 


Consulto en Google Maps: restaurantes en Cox. Me sugiere La barra del auditorio. Está a cuatro minutos en coche. Muy bien. 

Llego al restaurante y saludo. Hay dos chicas en u a mesa y un hombre sentado en la barra. Este último responde a mi saludo. 

Detrás de la barra hay una camarera cogiendo pedacitos de algo con unas pinzas y poniéndolos en un plato mientras otra señora le da palique. 

Estoy allí, plantado en medio del restaurante, sonriente y esperando que alguien me diga «pase» o «siéntese» o«todo está ocupado». Pero nada. 

La camarera sigue poniendo pedacitos de algo en un plato. La señora que le está dando palique se despide, me saluda y se va. 

Sigo allí de pie, esperando que la camarera me diga algo. Tiene cara de cansada. Se diría que mi llegada la ha contrariado. Me acuerdo de lo contaba Quintana Paz de los dueños de las tiendas en Valladolid que ponían cara de fastidio cada vez que entraba un cliente. 

De la cocina sale un señor con bigote, le dice algo a la camarera y vuelve a la cocina. La camarera deja las pinzas y el plato y desaparece en la cocina. Aprovecho para marcharme silenciosamente. 

Vuelvo a consultar en Google. Me recomienda Il Popolo. Está a dos minutos en coche. Allá que voy. 

Es un bonito restaurante italiano aunque la dueña y cocinera se llama Virtudes. 

En seguida me atienden, me ofrecen una mesa y me sirven una copa de vino tinto. Pido el menú de 14, 50 euros: un mini calzone, unos tagliatelle y un café. Todo delicioso. 


Vuelvo a la iglesia para hacer la visita al Santísimo, preparar el altar y los ornamentos, mirar fijamente al sagrario, rezar el rosario…

Vienen Pilar y Jesús trayendo una bonita imagen de san Pío: van a preparar un altarcito en el presbiterio para la misa. Yo los dejo porque tengo entierro en Cox. 


Me ayudan en el entierro David y Miguel. 


Al salir de la parroquia de san Juan Bautista de Cox paso por delante de un horno de pan. Hay una señora asomada a la puerta y, dentro —acurrucado en una silla— un gato durmiente. 

Pregunto a la señora: 

—Es esto un horno de pan. 

—Sí—contesta recelosa. 

—¿Está abierto ahora?

—¿Es usted el nuevo cura de Granja?—pregunta, ya sin recelos. 

—Sí. 

Entonces me invita a pasar y me dice que se llama Trini y que don Paco viene mucho por aquí y otras cosas. Me llevo una barra de pan y una torta. 

Cuando me voy, el gato sigue frito en su silla. 


Cuando llego a Granja ya están en la sacristía Domingo, Mari Carmen y Martín. Ni siquiera Matthew es un caballero tan acomodado y manual como Domingo. 

Me pongo la sotana y voy al confesonario. 

Misa de siete. Me ayuda Martín. Hoy es el santo de la sierva de Dios, Rebeca, y de su sobrina —hermana de Martín— que tiene el mismo nombre.


Al terminar la misa, Mari Carmen y Domingo cierran la Iglesia y se van. Yo me quedo charlando con Pilar —madre de Domingo y suegra de Mari Carmen— que me cuenta, entre lágrimas, algunas de las gracias que le ha concedido San Pío de Pietrelcina. Entonces me doy cuenta de que he dejado todas mi llaves en la sacristía. Se lo cuento a Pilar y me dice que no me preocupe, que ella tiene llaves en casa. 

De camino hacia su casa sigue contándome favores de san Pío. En la puerta la espera su esposo, Domingo, que tiene Alzheimer. Caigo en la cuenta del extraordinario parecido de Domingo nieto —seminarista— con su abuelo. Y comprendo de dónde les viene al sacristán y a su hijo ese porte de caballeros acomodados y manuales. 

La casa de Pilar está llena de imágenes de santos. Me lleva a una habitación donde hay un busto de Cristo:

—Mire usted esos ojos de Jesús. Lo miras y te lusa. Yo, a las veces, me siento aquí delante de Él y lo miro, y lo miro, y me lo como. 


Voy a la iglesia, recupero mis llaves y vuelvo a casa de Pilar y de Domingo para devolverles las suyas y agradecerles mucho todo. Luego nos despedimos. 


De camino a casa charlo con Elena y Guadalupe. Guadalupe tiene un hijo arquitecto. Quieren invitarme a su casa un día. 


Tengo que prepararme una cena ligera, tomarme una pastilla amarilla grande, rezar completas e irme a la cama.

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