lunes, 21 de septiembre de 2026

Diario. Lunes, 21 de septiembre de 2026

 La Torre

lunes, 21 de septiembre de 2026


Duermevela durante toda la noche en casa de doña Nati, en la cama donde estuvo la imagen del Cristo yacente mientras duró la restauración de la iglesia. 

A las seis suena el despertador y, un par de minutos después, dan las seis en el reloj de la iglesia. 

Como la cita para los análisis es a las ocho no tengo prisa. Además no quiero hacer ruido. Me siento al borde de la cama para rezar el oficio de lectura y laudes de la fiesta de san Mateo. 

Desde el borde de la cama hasta el sagrario de la iglesia de San Miguel no hay ni doscientos metros. Podría ver ese sagrario si las paredes de la parroquia fueran de cristal. 

Sin ver nada, sin oír nada, empieza mi oración de la mañana. Media hora después termina, del mismo modo. ¿Pondré por obra los buenos propósitos que me han sido inspirados? 


A las siete voy a ducharme y encuentro una cucaracha en el aseo. Ella huye al verme. ¿Tan mal aspecto tengo? 

Mientras me ducho me pregunto qué sentirá una cucaracha al ver a un cura en pijama, sin afeitar y todo despeinado. 


A las siete y media, cuando me dirijo hacia la salida iluminando las escaleras con la linterna de mi móvil, aparece Samira como una fantasma, enciende las luces, me acompaña hasta la puerta y —al ver que hago ademán de llevarme las llaves de la casa— con un gesto imperioso exige que se las entregue. Obedezco. 


En la puerta del ambulatorio encuentro a Amancio —presidente de la coral Alcores— que es el primero de una cola de tres personas. Mientras hablo con él van llegando otros que se me cuelan. Me disculpo con Amancio y me pongo en la cola justo antes de que llegue una multitud de dolientes, casi todos ingleses. 


A las ocho se abren las puertas del ambulatorio y una amable enfermera va recogiendo nuestras tarjetas sanitarias y nos forma de diez en diez ante la puerta del laboratorio de análisis. 


—¡Amancio!— llama alguien desde el laboratorio. 

Y Amancio corre hacia el suplicio. 

—¡Matthew!. 

Un anciano, respondiendo a la llamada, entra en la sala de torturas. Lo encomiendo especialmente porque hoy es su santo. Buen día para morir. 

—¡Francisco!

Así me llaman siempre en los sitios oficiales. Entre Amancio y Matthew hay un sitio para mí. Allí me siento, allí desnudan mi brazo derecho, allí me hacen un torniquete, allí me clavan una aguja y me desangran. 


Como la cita con el médico no es hasta las nueve, me da tiempo para desayunar en El Capricho que antes era de uno de San Miguel y ahora es de unos pakistaníes con turbante y todo: un café con leches y una tostada con tomate y jamón, por favor. 


A las nueve y media me atiende el médico de cabecera. Un tipo bien cordial. Examina mis oídos, me explica lo que ha visto haciéndome un dibujo y todo y me dice que ya no hay hongos pero que se está formando una acumulación de cera en el borde del tímpano, que por nada del mundo debo tratar de quitarla con bastoncillos y que use tales gotas dos veces por semana como medida de higiene habitual para el resto de mis años. 


Salgo de allí muy agradecido y contento. Voy a la farmacia. Las gotas me cuestan once dólares. Una ganga. 


Llamo al Padre Juan Berchman Mulumeoderwa Nyirabwiza —mi indigno sucesor en San Miguel— para decirle que he sobrevivido a mi paso por el ambulatorio y que podemos vernos en casa de doña Nati. 

Doña Nati nos sirve un café con leches y unas tostadas con aceite y azúcar. El Padre Padre Juan Berchman Mulumeoderwa Nyirabwiza, da grandes muestras de gratitud a doña Nati —también le da dos besos— y quita el azúcar de las tostadas mientras yo —algo mohíno— me pregunto: «Si nada más llegar le da dos besos a doña Nati, ¿qué hará cuando lleve aquí quince años?». 

Eso me pregunto por dentro. Por fuera: 

—Ejem, ejem. Nos hemos reunido aquí para tratar asuntos graves. 

Sin dejar de sonreír a doña Nati, mostrando sus blanquísimos dientes y su envidiable buen humor, mi indigno sucesor me hace algunas preguntas y yo respondo como Dios me da a entender. 

Llega Miguel y nos saluda a todos y todos lo saludamos. Besa un poco a su suegra, estrecha nuestras manos nos cuenta alguna cosa y se va. 

¿Necesita el padre Mulumeoderwa que lo acompañe al banco para autorizar su firma? No, no me necesita. Doña Mari Luz se han encargado de arreglarlo todo. 

También se ha hecho amigo de doña Mari Luz. Snif. 

Mientras hablamos, su teléfono no deja de sonar. De repente se levanta, da  otros dos besos a doña Nati y se va. 

¡Cuatro besos a doña Nati de un recién llegado!


Doña Nati se sienta en su sillón de hacer frivolité y yo me siento en mi sillón de ver Pasapalabra. Pero me siento con mi Mac para escribir y publicar el diario de ayer. 


A las diez y media suena el primer toque de misa. Samira viene para preguntar a doña Nati si quiere que la acompañe a la iglesia. 

No, doña Nati no quiere que Samira la acompañe a la iglesia. Doña Nati quiere que la acompañe yo. 

Subidón de autoestima. 

Recojo mis cosas y ofrezco a doña Nati mi brazo derecho. Ella lo toma suavemente y veo las estrellas porque es el brazo que me han taladrado los de la SS. Aún así, sonrío como hacemos los ascetas de toda la vida. 


Salimos a a calle tomados del brazo y empiezo a recitar unos versos de la Odisea o algo asÍ:

Vamos amarraditos los dos

espumas y terciopelos.

Tú con tu recrujir de almidón 

y yo serio y altanero. 

La gente nos mira con envidia por la calle. 

Murmuran los amigos, los vecinos y el alcalde. 

Doña Nati se troncha. 

La llevo hasta la iglesia y allí nos despedimos —muac, muac— con dos besos. 


Me arrodillo para hacer una visita al Santísimo.

La Iglesia está transfigurada. 

¿Quité yo unos angelotes de pasta que flanqueaban el sagrario? Si, los quité. 

¿Han vuelto a ponerlos? Sí, han vuelto a ponerlos, pero los han desempolvado.  

¿Quité yo los los preciosos manteles de los altares laterales, obras maestras de frivolité? Sí, los quité. 

¿Han vuelto a ponerlos? Sí, han vuelto a ponerlos, pero los han lavado. 

¡Qué hermosa que está la iglesia! Se me antoja una novia engalanada para el esposo que, claro, ni soy yo ni es el padre Mulumeoderwa, mi simpático sucesor. 



Tengo que resumir mucho el resto del día. 


Voy a Torrellano para comer con don Eduardo. Un santo. 

Como quiere conocer la Torre, después de comer vamos a La Torre. 

Como es un santo tiene que salir pitando porque lo están esperando en Alicante. 

Yo —que no soy santo— me quedo en La Torre para holgar.

Puedo pasear por el palmeral rezando el rosario.

Puedo sentarme en la ermita para mirar fija y alternativamente al sagrario y a la Virgen del Carmen. 

Puedo leer a Gabriel Miró en el paisaje que inspiró su poesía. 

Puedo tener ganas de llorar un poco ante la ermitica que mis sobrinos dedicaron a la Virgen de Arántzazu y a mi hermana y puedo decidir mirar al cielo y reír. Elijo ambas cosas. 


¿Puede alguien elegirlo todo? 

Vuelvo a la ermita y dedico media hora de oración a preparar el altar y la sacristía para celebrar, a solas con Dios y con la multitud de los santos del Cielo, la misa de la fiesta de San Mateo con ornamentos rojos, cíngulo, amito y todo. 

¿Qué sentido tiene revestirse de rojo y ponerse un amito y cubrir el cáliz y eso si nadie te ve?

Precisamente cuando nadie te ve, el Dios que ve en lo escondido se fija mucho en tu sonrisa. 


¡Linda, apacible, dulce, amable tarde en La Torre!

Diario. Domingo, 20 de septiembre de 2026

 Granja de Rocamora

domingo, 20 de septiembre de 2026


01:00

Me despierto y me tomo un antiinflamatorio. 

Ya no consigo conciliar el sueño. 

Van pasado las horas y yo voy levantándome, paseando, acostándome… nada. 

A las cuatro rezo el oficio de lectura. 

De vez en cuando me invade una modorra pero nada. 

A las cinco y media o así oigo el canto del nuncio del sol y me acuerdo de san Pedro. 

Poco después —clap, clap, clap,clap— una cabalgadura pasa bajo mi ventana. 

A las seis en punto suena el despertador. Me alegro y me levanto. 


07:00

Voy a una gasolinera para poner cincuenta euros de gasoil: veinticinco litros. 

07:30

Llego al convento de la Virgen del Carmen de Cox. No me siento en la  capilla del Santísimo porque hace mucho calor y porque está ocupada por un grupo de seres humanos que mantienen allí una animada tertulia. 

Me siento cerca de la puerta para disfrutar del fresco de la mañana y mirar fijamente a la Virgen del Carmen. 


07:55

En la sacristía pido agua. Me la dan. Mientras me revisto llega don Paco que va a sentarse en el confesonario. 


08:00

Misa de ocho. 

Después de misa, despedida la congregación, don Paco y yo rezamos laudes. Luego don Paco propone rezar el Ángelus. Muy bien. 

Luego nos vamos a desayunar y a tramar cosas. 

10:00

Reunión con Laura y Jose Luis en los salones de Granja. Como yo he prometido que estaré confesando media hora antes de la misas, a las diez y veinte me despido. 


10:30

Me siento en el confesonario de San Pedro. 

11:00

Misa con monaguillo —Martín— y todo. 

Han venido de San Miguel Ana Isabel, Wilder, Cristina, Laura y Camila. A Camila la encuentro muy crecida. 

Después de misa enseño la iglesia y el palacio parroquial a los visitantes. Se quedan asombrados. 

Comemos en el palacio parroquial. Ana Isabel y las niñas han ido a ver La Odisea. Les ha encantado y aseguran que las tres horas pasaron volando. La conversación gira en torno a las aventuras de Ulises.  A las tres, o así nos despedimos. 

Siesta de una hora. 

Luego toca rezar, escribir el diario de ayer, leer un poco y salir para San Miguel de Salinas. 


A las ocho y media compro unos remedios en la farmacia de San Miguel de Salinas. Luego saludo a doña Nati. Cenamos.


Samira me acompaña a la habitación que me ha preparado doña Nati en el piso alto de su casa, como la que la mujer de Sunem preparó a Eliseo. Es la segunda vez que entro en esa habitación. La primera fue al poco de llegar a San Miguel —año 2011— cuando tuvimos que vaciar la iglesia para hacer obras. El Cristo yacente fue llevado a casa de doña Nati y puesto sobre la cama que voy a usar esta noche. 


Completas. 

domingo, 20 de septiembre de 2026

Diario. Sábado, 19 de septiembre de 2026

 Granja

sábado, 19 de septiembre de 2026


08:20

En la puerta de la iglesia me encuentro con Laura que también viene a mirar fijamente al sagrario. Mientras ella va a la capilla, yo abro todas las puertas y ventanas para que entre el fresco de la mañana. 

Oracion

Oficio de lectura y laudes. 


09:30

Me pongo a leer la nota emanada por el Vaticano con motivo del sexagésimo aniversario de Nostra aetate. 

Está muy bien aunque le sobran algunas cursiladas como la referencia al espíritu de Asís o esto: «No hay proselitismo en esta dinámica de amor». 

Estoy en ello cuando me llama Andrés, el organista. Que si puede venir a ver el órgano. Que sí. 


11:00

Llega Andrés justo cuando acabo mi lectura. 

Con no poco trabajo conseguimos encender el órgano. Andrés detecta algunos desperfectos. No puede arreglarlo él pero puede avisar al técnico que va a venir de Madrid para recorre las iglesias de la Vega Baja. 

Le enseño la iglesia. Conviene conmigo en que —aunque es más grande que la de San Miguel— no puede competir con ella por lo que se refiere al confesonario y al aseo.

Un penitente pide confesión.

Luego llevo a Andrés al palacio parroquial y se queda admirado. 

Me acompaña a la casa de Estefanía. Ayer encargué una tabla de queso. Me la ha preparado: 

1. Queso manchego de Campo Rus al azafrán. 

2. Queso cuatro picos, de cabra, de Requena.

3. Queso azul vasco-francés. 

4. Gouda de tomate seco, aceituna, miel, tomillo, orégano y trufa. 

5. Queso italiano pecorino a la pimienta negra. 

6. Queso verde: gouda al pesto. 

7. En el centro un queso francés cremoso, de cabra con papaya. 

La tabla viene con extra: dátiles y arándanos deshidratados. 


Andrés me ayuda a llevar la compra al palacio parroquial. ¿Querrá quedarse a comer conmigo? No, no quiere. Le ofrezco un vino o una cerveza pero declina la invitación:

—No, gracias. Me he quitado del alcohol porque tengo que adelgazar. 

Saco la tabla de quesos:

—¿No los vas a probar?

—Bueno, si vamos a tomar queso, ponme un poco de vino. 

Mientras picoteamos el queso preparo unos guisantes con jamón. 

—Este queso está muy rico. ¿Me pones otra gotita de vino? 

Me sirvo un plato de guisantes con jamón y aparto para él una tapita. La elogia. 

 

A las dos y media damos por terminada la sesión. Lo acompaño hasta su coche, nos despedimos y entro en la iglesia para hacer la visita al Santísimo.   

Una vez allí, nada me impide sentarme a mirar fijamente al sagrario. 

Me llama don Paco para preguntarme que si puedo celebrar mañana la misa de ocho de la mañana en Cox. Sí, puedo. 

Tengo que ir a La Torre para recoger algunas cosas. Cuando estoy saliendo de La Torre me cruzo con Nacho y unos amigos. 

De vuelta a Granja de Rocamora me siento en el confesonario. Un penitente. 

Misa de siete con homilía y todo. Luego ensayo de cantos.


Todavía tengo que ir a Consum y hacer una partida de baustismo antes de cenar y de rezar completas. 

22:30

Me acuesto y me quedo frito.