miércoles, 24 de noviembre de 2021

Junto a los ríos de Babilonia nos ponemos a cantar en Adviento

miércoles, 24 de noviembre de 2021

El mes de noviembre es el mes de las ánimas pero dentro de tres días empieza el Adviento y ya tenemos en la parroquia el árbol de Navidad de modo que os propongo meditar con las lecturas del primer domingo de Adviento.

La primera está tomada del profeta Jeremías. Antes de leerla vamos a tratar de hacer lo que san Ignacio de Loyola llamaba «composición de lugar» y lo que San Josemaría aconsejaba: «meterse en la escena», que es lo mismo. Vamos a tratar de imaginar que, por cualquier razón, hemos tenido que irnos lejos de casa y que querríamos volver pero no podemos. Echamos de menos nuestra tierra y, cada día, nos acordamos de ella como el hijo pródigo. Los amigos tratan de consolarnos y nos dicen: «Cantadnos una canción de vuestra tierra». Pero no podemos cantar lejos de casa como si estuviéramos en casa y los amigos que nos dicen «¡cantad!» -¡qué amables!- aún nos ponen más tristes. «¿Cómo cantar al Señor en tierra extranjera sin echarse a llorar? Junto a los canales de Babilonia colgamos nuestra cítaras y nos echamos a llorar».

Pues eso es lo que sentían, al parecer, los que oyeron por primera vez al profeta Jeremías. Estaban desterrados en Babilonia y solamente querían una cosa: volver a casa. Pero, cuando volvieron, encontraron la ciudad de Jerusalén en ruinas. Allí no quedaba nada. Ni un recuerdo amable. Nadie salió a darles la bienvenida como al hijo pródigo. Nadie hizo una fiesta para ellos. Si lloraban en el exilio, al volver a casa tuvieron que ponerse a levantar, piedra a piedra, lo que recordaban como un hogar y ahora era solamente una ruina. Y seguían llorando. Y se decían: «¿Tendrán nuestros hijos un hogar? ¿Acabaremos de reconstruir estas ruinas antes de morir?». Lo peor era que, queriendo construir una casa para sus hijos, empezaron a preguntarse si su padre Dios se habría olvidado de ellos. 

Fue entonces cuando habló Jeremías. Vamos a escuchar su palabra en oración:

«Mirad que llegan días —oráculo del Señor— en que cumpliré la promesa que hice a la casa de Israel y a la casa de Judá. 
En aquellos días y en aquella hora, suscitaré a David un vástago legítimo, que hará justicia y derecho en la tierra. 
En aquellos días se salvará Judá, y en Jerusalén vivirán tranquilos, y la llamarán así: 
“Señor nuestra justicia".» 

Veamos. No les dice: «¡Ánimo! Estáis reconstruyendo unas hermosas ruinas. Os va a quedar una bonita ciudad». Pero tampoco los desalienta. No les dice: «Para esto, mejor habrías hecho quedándoos en Babilonia». Les hace una promesa que viene a decir: «Reconstruid estas ruinas como podáis, con dolor y con lágrimas, pero con alegría porque os juro (oráculo del Señor quiere decir eso) que vuestro trabajo, vuestras lágrimas y vuestro dolor valen para mí más que todo el oro del mundo y Yo habitaré en esa Ciudad que ya no se llamará Jerusalén sino, simplemente, paz o justicia de Dios. Y allí viviréis tranquilos con vuestros hijos y con vuestros abuelos por los siglos de los siglos». 

¿Qué responderemos nosotros a esta promesa de Dios? Ojalá respondamos con el Salmo: «A ti, Señor, levanto mi alma». Y, ojalá sigamos reconstruyendo con humildad esas ruinas hasta que vuelva el Señor. 

La segunda lectura está tomada del la primera carta de san Pablo a los tesalonicenses. Es una lectura muy cortita pero aún se puede acortar más:

«Hermanos: Que el Señor os colme y os haga rebosar de amor mutuo y de amor a todos, lo mismo que nosotros os amamos. Y que así os fortalezca internamente, para que, cuando Jesús, nuestro Señor, vuelva acompañado de todos sus santos, os presentéis santos e irreprensibles ante Dios, nuestro Padre». 

Lo que nos desea san Pablo no es solo que nos queramos, que estaría muy bien, sino que Dios nos haga rebosar de amor mutuo y de amor a todos para que, cuando Él vuelva, nosotros hayamos aprendido de la mula y del buey lo que la mula y el buey hicieron, a su modo, gracias a la Virgen María y a san José. Allí estaban, la mula y el buey, adorando sin saberlo, gracias a la Virgen y a san José. ¡Tan contentos!

Llegamos al Evangelio del primer domingo de Adviento. 

Los que hacen películas de terror ponen el acento en estas palabras de Jesús: 

«Habrá señales en el sol, en la luna y en las estrellas; y en la tierra, angustia de las gentes, perplejas por el estruendo del mar y de las olas, muriéndose los hombres de terror y de ansiedad por las cosas que vendrán sobre el mundo; porque las fuerzas de los cielos serán sacudidas».

Hacen bien en acentuar estas palabras para que nadie, ni siquiera nosotros, los santos, pensemos que el Progreso traerá un final feliz para todos. El Progreso acabará con muchas cosas feas pero, hasta el final, habrá en los hombres perplejidad, angustia, terrores y ansiedades y psiquiatras. 

Dice el amable san Lucas que entonces, cuando, a pesar de todo el Progreso, veamos que no solamente las ruinas que hemos tratado de  reconstruir con tanto esfuerzo sino el mundo entero parezca venirse abajo, veremos «venir al Hijo del hombre en una nube con gran poder y gloria».

Entonces se alegrarán Santa María y san José con esa alegría que hay en el Cielo cuando cuando un pecador se arrepiente. Porque en ese día serán muchos los amables pecadores que se arrepientan de no haber sabido vivir bien. 

Y yo, Jesús, María, amable san José ¿estaré entre ellos? 

Jesús, José y María. Asistidme en mi última agonía. Y Tú, Padre Bueno, «ne nos inducas in tentationem sed liberanos a malo». 

1 comentario:

  1. «A ti, Señor, levanto mi alma»
    Gracias Pater, su certera entrada es magnífica para preparar esta llegada y nos prepara para luchar y librarnos del malo. Un retiro para meditar todos sus lectores del blog, gracias.

    Abrazos fraternos.

    ResponderEliminar

Es usted muy amable. No lo olvide.