Felicidades al Papa, a las Pepas y a los Pepes. Cordialísimas felicitaciones al Amable san José. Yo también me felicito porque hoy se cumplen veinticuatro años de mi ordenación sacerdotal y comienzo un año jubilar que terminará con la celebración de mis bodas de plata -creo que se dice así- el día de san José del 2013.
San José es Patrono de la Iglesia Universal y está muy bien que sea así porque la Iglesia, como santa María, es un misterio que debe ser custodiado por quienes entienden de misterios.
Hubo un tiempo en que los seminarios estaban llenos. Todo parecía ir viento en popa y se empezó a hablar de "triunfalismo". Había grandes proyectos, novedades, una actividad incesante, reuniones, debates... En un abrir y cerrar de ojos, y como por ensalmo, los seminarios se quedaron vacíos, las iglesias desiertas y desangeladas, los sagrarios abandonados, las órdenes religiosas diezmadas; las palabras "triduo", "novena", "rosario" o "confesión" cayeron en desuso, miles de sacerdotes se secularizaron, el pueblo fiel estaba desconcertadísimo y no hacía falta ser Jeremías para observar que tanto los profetas como los sacerdotes vagaban sin sentido por el país.
Luego vino Juan Pablo II y nos dijo que no tuviéramos miedo y que abriéramos las puertas a Cristo. Se han hecho muchas cosas -decía el Papa-, se ha trabajado mucho, pero quizá hayamos descuidado lo esencial. En las empresas de Dios lo esencial es la Fe porque es Dios quien hace la Iglesia: sin mí no podéis hacer nada. Benedicto XVI -claro- confirma el diagnóstico.
La Iglesia ya no era útil para el mundo y fue abandonada y, en cierto modo, purificada. Luego empezó a percibirse no solo como algo caduco sino como una amenaza para el progreso y el bienestar. El espíritu del amable Herodes -buen rollete, festeta, mucho gimnasio y muerte a los niños de dos años para abajo en Belén y alrededores- parece haber despertado con el tercer milenio. Buena señal: quiere decir que el diablo presiente que algo grande está pasando y da palos de ciego.
Más que nunca -como siempre- la Iglesia necesita de la protección de san José y de su ejemplo. ¿Alguna vez se ha prometido a los cristianos que el mundo los amaría? No tal. Más bien lo contrario. Así que hay que volver a aprender de san José a custodiar con inteligencia el misterio de la Iglesia y el propósito -no menos misterioso- de Dios para el mundo.
El mundo lo hizo Dios, la Iglesia la hace Dios, la salvación viene de Dios y cualquier proyecto humano que prescinda de Dios será una chapuza.
El amable rey David quería hacerle un templo a Dios. La idea le pareció bien a Natán pero no a Dios: Dile a mi siervo David: "¿Un templo? ¿Tú me vas a hacer un templo? No, querido, para hacerme templos me basto y me sobro. Recuerda que eras un pastorcillo y que fui yo quien te sacó de los apriscos por donde andabas tras las cabras y te puse al frente de mi Pueblo. Tengo una idea mejor. Yo te haré a ti una Casa. Y no habrá quien la derribe. De tu descendencia nacerá un rey de verdad cuyo reino no tendrá fin."
Entre todos los hombres de fe, entre todos los hombres que han entendido que quien hace las cosas es Dios han destacado -a años luz de los demás- dos: Abraham y san José.
Fiándose de Dios Abraham -su nombre era más cortito por entonces- dejó su tierra y se puso en camino. Fiándose de Dios hizo grandes negocios y se convirtió en el padre de un gran pueblo. Dicho así parece fácil pero su vida no fue fácil. ¡Oh, no; no lo fue! Tuvo que hacer el gran sacrificio, el sacrificio que más cuesta a los hombres, el sacrificio de una completa obediencia de fe.
El otro fue san José. Es opinión común entre los teólogos que san José superó a Abraham no solamente en la fe -fundamento del éxito- sino en el éxito de su negocio. Porque fue varón justo -cantamos hoy- lo amó el Señor y dio el ciento por uno a su labor. No fue poca labor, por cierto. Como Abraham, también José estuvo dispuesto a desprenderse de lo que más amaba; Santa María. Y, como a Abraham, también a José vino el Ángel del Señor a darle buenas noticias: No, amable José. Lo que quiero de ti no es que dejes a María sino que la recibas en tu casa y que pongas por nombre "Jesús" al niño que lleva en sus entrañas.
¡Oh! -debió pensar san José- ¡Que buena noticia! Y se despertó muy contento y se pasó la vida haciendo lo que el ángel le había dicho, a saber: cuidar de la Señora que el mismo Dios le había dado como esposa y del Niño que el mismo Dios le había dado como hijo. Consta que jamás se quejó.
Con toda lógica se celebra hoy el día del Seminario porque los seminaristas son para las diócesis como el Niño Jesús para san José y la Virgen. Un día serán sacerdotes y enseñarán cosas estupendas y por su ministerio serán expulsados muchos demonios y harán cosas admirables. Ahora están aprendiendo de san José a amar el misterio de la Iglesia y a ser amables y laboriosos, responsables, fieles, etc. Pero, sobre todo, están aprendiendo de san José a pasmarse ante el misterio de la Presencia Real de Dios en el mundo o, por decirlo de otro modo, a familiarizarse con Dios.
La campaña publicitaria que ha encargado la amable CEE ha suscitado agrias polémicas porque empieza prometiendo no un gran sueldo sino un trabajo fijo. Claro que si hubiera prometido un gran sueldo a cambio de una holganza permanente la cosa habría sido peor. Pero da igual; cualquier persona que pueda sentirse llamada al sacerdocio sabe a lo que atenerse: trabajos no le van a faltar y el dinero no le va a hacer mucha falta si se fía de Dios. Más aún, hará el negocio de su vida si hace -como san José- todo lo que diga el Ángel de Dios y nunca se quejará de tener mucho trabajo o poco dinero ni se sorprenderá demasiado si un buen día aparecen por su parroquia unos magos de oriente con camellos cargados de oro, incienso y mirra o de acciones del Banco de Santander.
En fin, San José es patrono de la buena muerte porque tuvo la mejor de las vidas: vivió y murió enamorado de Santa María y de Jesús. No ha habido desde entonces hombre más enamorado de una mujer -ni creo que lo haya en los venideros siglos- ni más familiarizado con el misterio, lo cual encierra también una lección para quienes propendemos a familiarizarnos con el misterio del peor de los modos que es el modo de la familiaridad sin amor, sin corazón, sin pasión o como se diga llamada "rutinacasposa". Da la impresión de que la muerte -que disuelve el vínculo matrimonial- no nos impide seguir llamando a san José "Esposo de la Virgen María".
Creo que estoy a punto de terminar. Si alguien les pregunta: ¿Que le pasa al cura que está tan risueño? Díganle ustedes: Es que está celebrando sus bodas de plata o algo así y, al parecer, ha decidido dedicar el año entero a san José.