domingo, 5 de febrero de 2012

Catequesis de confirmación (III:Entendimiento).

A veces el problema es que uno no entiende y va uno y dice no entiendo. Y se lo llevan a uno los demonios.
Una no entiende por qué su marido o su novio es como es y hace lo que hace. Hay curas que hacen exclamar a su obispo ¡que me aspen si te entiendo!, y viceversa. No hay cristiano que no se haya sentido muy perplejo ante una homilía dominical o ante las instrucciones que vienen con los muebles de IKEA o ante una factura de IBERDROLA. Juan Pablo II -por ejemplo- confesó que, de niño, se le daban mal las matemáticas; no entendía.
Y se nos llevan los demonios porque somos racionales: no estamos hechos para no entender. Queremos entender lo que nos pasa, lo que nos dicen, lo que nos concierne.
A veces el problema es que a uno no lo entienden. Hasta Jesús -que se explicaba muy bien- se quejaba de lo lentos y tardos que eran sus discípulos para comprender. Hay quien ha deducido de ello que los discípulos de Jesús eran muy lerdos aunque todo hace pensar lo contrario. 
Jesús animó a sus discípulos diciéndoles que el Espíritu Santo iría explicándoles todo amablemente, poco a poco. Y a Karol Wojtyla, su padre le aconsejó que invocase al Espíritu Santo cuando le costase entender algo.
Cuando uno entiende, se alegra. A los discípulos de Emaús les ardían los corazones cuando Jesús les explicaba las Escrituras por el camino. El Maestro Interior es como un fuego que ilumina y calienta y apasiona a los que no se conforman con vivir como irracionales. De pronto ¡zas! se hace la luz y uno se alegra por el regalo, por el don de la luz. Porque es un don que hay que hay que pedir y agradecer.
Edith Stein estaba hecha -como todos- para entender. Ella, en concreto, estaba muy bien hecha para entender. No era cristiana pero estudiaba mucho y bien y no se resignaba a vivir como un irracional. Quería entender, pero no para servirse de la verdad sino por amor a la verdad. Mucho antes de que empezase a invocar al Espíritu Santo, el Espíritu Santo empezó a actuar en ella y a dirigir su pasión por la verdad hacia la Verdad. 
Yo -por desgracia para mí- no soy Edith Stein. Curioseo y pierdo el tiempo con bobadas y temo que la Verdad me lleve allí donde yo no iría de buena gana porque sé que ese tren tiene una parada obligatoria en la Cruz.
Gracias a Dios no soy Edith Stein. Soy un cura de pueblo que repite la oración de su abuelo: Dame, Señor, entendimiento, y estudiaré tu Ley... Y la guardaré en mi corazón.

4 comentarios:

  1. Si don Javier,gracias a Dios no eres Edith Stein.Porque,de serlo,no estarias aqui (así de simplón es mi razonamiento) y no podrías hablar de ella ni tenernos tan contentos.Tus alusiones a la Cruz no faltan nunca pero eres mucho más cercano y tratable que esta santa tan grande,tan seria,tan grave.Un abrazo de Janusa

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  2. Preciosa y profunda entrada con cuyo contenido me identifico. Su extraña afirmación al final de que entender pasa por la cruz la entiendo yo muy bien. Pero no es nuestra voluntad, sino la del Espíritu, el que tengamos que andar el camino a la luz, que pasa por la cruz. Algo que a mí me resulta incomprensible es por qué el Espíritu - y la Cruz - está tan mal distribuido. No sé si me he explicado bien. Yo añadiría a su comentario sobre la relación entre necesaria entre luz y cruz, que, alcanzada la luz, la cruz no desaparece, siemplemente se asume alegremente: con comprensión. Lo peor, como dijo mi "idolatrado" Dostoievski, que tenía mucho Espíritu, es "no entender. Por eso los niños sufren tanto; porque no entienden."

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  3. Muy bueno tu post, me sirvió más de lo que pude imaginar al principio. No tienes algún escrito acerca del don del Temor de Dios o la Piedad? Mil gracias!

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    1. Gracias por los ánimos. En la etiqueta "Catequesis de Juan Pablo II" hay siete entradas dedicadas, cada una, a un don el Espíritu. ¡Gracias a usted, amigo!

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