Del hecho de que Juan Bautista tuviera discípulos podemos deducir que era una Maestro. Yo he sido maestro pero, claro, no es lo mismo.
Que yo he sido maestro quiere decir que, durante un tiempo, estuve yendo a un sitio en el que se reunían algunos muchachos y muchachas en calidad de alumnos. Cuando dejé de ir por allí ellos siguieron yendo por allí porque no me buscaban a mí, simplemente iban al cole. También yo, cuando era alumno, iba al cole o a la universidad para que ver qué echaban ese día. Me da la impresión de que, ni los discípulos de Juan eran gente que iba al desierto a ver qué echaban ni Juan era un tipo que fuera al desierto durante unas horas al día para dar clases de algo.
¿Qué enseñaba Juan a sus discípulos? Yo no lo sé. Como tampoco sé qué método pedagógico seguía ni qué es lo que buscaban sus discípulos cuando iban al desierto. Lo cierto es que allí no había pupitres, ni programaciones ni esas cosas. Probablemente todo era tan simple como esto: Juan vivía en el desierto de tal manera que valía la pena ir a estar con él, ir a ver cómo vivía. Y se corrió la voz. Lo cual indica que tanto Juan como sus discípulos debían ser personas extraordinarias. De estos últimos se puede decir, al menos, que buscaban en Juan algo que no encontraban en las sinagogas de sus pueblos y que estaban dispuestos a ir donde fuera con tal de encontrarlo. Y de Juan puede decirse que su vida fue un espectáculo más digno de observación que el que ofrecen los hombres lujosamente vestidos o las cañas agitadas por el viento. En fin que nadie va al desierto para ver a un tipo ordinario y que, aunque cualquier turista curioso sea capaz de irse a la India para fotografiar a un faquir, son raros -y muy extravagantes- los turistas que se hacen discípulos de un faquir.
Sin duda Juan hubo de soportar la molestia de algunos turistas curiosos y de algunos inspectores y su modo enérgico de tratarlos -raza de víboras, etc- debió ser toda una lección para sus discípulos.
Vale la pena considerar que, cuando hablamos de Juan y de sus discípulos no estamos hablando de un maestro que enseña a leer a unos niños sino de un maestro extraordinario con el que sus discípulos vivieron una experiencia extraordinaria.
Dos de sus discípulos estaban con él a eso de las cuatro de la tarde de un día en que Jesús pasaba por allí. Oyeron que Juan decía: He aquí el cordero de Dios. Como no estaban ciegos pudieron observar que, mientras decía esas palabras, Juan se estaba fijando en Jesús. De lo que hicieron a continuación podemos deducir lo que, fundamentalmente, habían aprendido de Juan.
Dice el evangelio que, en oyéndole, se pusieron a seguir a Jesús. Tal cosa solo puede entenderse si Juan les había enseñado con suficiente claridad que todo su magisterio se reducía a una especie de propedéutica o preparación para seguir a otro. Se ve que Juan los consideraba suficientemente preparados y listos y, cuando dijo lo que dijo, sus discípulos -preparados y listos- entendieron que decía "ya" y empezaron su carrera en pos de Jesús. Imagino que Juan se habría sentido un poco defraudado si esos dos discípulos suyos hubieran necesitado algún tipo de refuerzo o de estímulo. No lo necesitaron. Necesitaban pocas palabras para entender a Juan.
Hago aquí un paréntesis para decir que el extraordinario Juan Bautista me parece un misterio. Es el único santo -que yo sepa- que habiendo conocido a Jesús y habiendo animado a otros a seguirlo, no se hizo discípulo suyo.
Bien, los dos discípulos -uno era Andrés- empezaron a seguir a Jesús. Cuando Jesús se volvió hacia ellos y les preguntó ¿Qué buscáis? ellos le respondieron con un vocativo y con una pregunta: Maestro -vocativo- ¿Dónde vives?. Yo creo que con el vocativo respondían a la pregunta de Jesús -buscamos un maestro superior porque el maestro de propedéutica nos ha despedido- y con su pregunta -¿Dónde vives?- le estaban diciendo: no te soltaremos fácilmente mientras no nos digas dónde podemos encontrarte porque, te guste o no, hemos decidido vivir contigo.
Jesús podría haberles dado largas. Podría haberlos citado para otra ocasión, pero no: venid y lo veréis. No les dio largas ni les puso pegas. Juzgó que estaban preparados para estar en su compañía. Habían tenido un buen Maestro.

Tal vez Juán y el Señor se conociesen de tiempo atrás y el Bautista,sabiendo que el suyo ya era escaso decidiese seguir en su sitio,en el desierto.Lo que tengo seguro es que Andrés y el otro,se quedaron embelesados o pasmados después de conocer a Jesús y no querían perder tiempo con averigüaciones superfluas.Fueron al grano en su pregunta y el Señor también con su respuesta.Esta vez no se trata de que el Evangelista economice palabras,es que estaba todo dicho y unos y Otro se habían entendido estupendamente.Un abrazo de Janusa
ResponderSuprimirQuerida tía: Hoy es la Infancia Misionera. ¿Cómo se explica usted esto?
ResponderSuprimirNo sé,don Javier,no sé lo que debo explicarme.Todos los que salen en este evangelio eran adultos,creo.Siendo,más o menos,de la edad de Jesús habían escapado de la matanza de Herodes.Muchos niños de hoy no tienen tanta suerte,no pueden ser infancia misionera,son pequeños mártires.Un abrazo de Janusa
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