Saldrá un vástago del tronco de Jesé, y un retoño de sus raíces brotará. Reposará sobre él el espíritu de Yahveh: espíritu de sabiduría e inteligencia, espíritu de consejo y fortaleza, espíritu de ciencia y temor de Yahveh. (Isaías 11,2)
La catequesis sobre los dones del Espíritu Santo se inspira en este pasaje de Isaías que anuncia una especie de primavera. La imagen que emplea Isaías es la del retoño. Hay que representarse un árbol viejo, muy viejo; un árbol de mil años que ya no se tiene en pie. Está medio podrido; los amables pájaros carpinteros, las orugas, las termitas y otros bichos se han encargado de ir agujereándolo. Por si fuera poco, un vendaval ha tronchado sus ramas y un rayo lo ha partido.
Con esa imagen Isaías está presentando ante nosotros la humanidad vieja. Se diría que no hay esperanza para esa humanidad golpeada por el hambre, las guerras, la injusticia... A veces se diría que el hombre ha perdido el alma, que se ha endurecido y se ha secado su corazón.
Eliot fue un poeta del siglo pasado al que le dieron el premio Nobel de literatura. En su poesía se oyen voces de muchos personajes que parecen haber perdido el alma, que se han olvidado de Dios y ya no se entienden entre ellos. Hablan mucho, divagan, pero no dicen nada, ni creen nada, ni esperan nada. Y uno de sus poesías se titula, precisamente Los hombres huecos, y empieza así:
Somos los hombres rellenos
Inclinados unos con otros
La cabeza llena de paja. ¡Pobres!
Nuestras voces secas, cuando
Susurramos juntos
Son suaves y sin sentido
Como el viento sobre el pasto seco
O pies de ratas sobre vidrio roto
En nuestra bodega seca
Figura sin forma, sombra sin color,
Fuerza paralizada, gesto sin movimiento;
Aquellos que han cruzado
con mirada decidida, al otro reino, al de la muerte
Recuérdennos, -si es que lo hacen- no como perdidas
Violentas almas, sino sólo
Como los hombres huecos
Los hombres rellenos.
¿Qué se puede esperar de una humanidad así? Esto puede parecer muy triste pero Isaías profetiza algo nuevo, como una primavera. De pronto, del viejo tronco brota un retoño; de las raíces nace un vástago. A la vieja humanidad le nace un Niño sobre el que reposará el Espíritu del Señor. Todos sabemos quien es ese Niño, ese Jesús -Cristo significa ungido- que se presentó en la sinagoga de su pueblo leyendo, precisamente, un pasaje de Isaías: El Espíritu del Señor sobre mí, porque me ha ungido para anunciar a los pobres la Buena Nueva, me ha enviado a proclamar la liberación a los cautivos y la vista a los ciegos, para dar la libertad a los oprimidos.
Ya no estamos hablando de una cosa triste sino de un Hombre Nuevo y de un Espíritu Nuevo. Y lo mejor es que ese Espíritu del Señor se nos ofrece a todos.
Isaías enumera seis regalos o dones del Espíritu:
- sabiduría
-inteligencia
-consejo
-fortaleza
-ciencia
-y temor de Yahveh.
La catequesis de la Iglesia suele explicar el último como un doble regalo: piedad y temor de Dios. En realidad, como veremos, lo que hace la Iglesia con esta catequesis es un retrato de Cristo y de quienes han sido transformados por el Espíritu de Cristo.
A los doce años Jesús asombró a los doctores por su sabiduría, por ese profundo conocimiento de Dios que no se adquiere leyendo muchas cosas sobre Dios sino dejándose iluminar por su Espíritu. Pero asombraba también su inteligencia, su comprensión de la Palabra de Dios. No solo la entendía mejor que los doctores, es que, además, la explicaba mejor. En los momentos difíciles seguía el consejo del Espíritu y asombraba por su prudencia. A pesar de las dificultades con las que se encontró no se desanimó. Es verdad que alguna vez lloró y sintió una tristeza terrible, pero cumplió siempre la Voluntad de Dios con fortaleza. Tampoco se dejó arrastrar por el deseo de comodidad, por el miedo a la muerte o al dolor o por el afán de riquezas: su ciencia le hacía a valorar las cosas en su justa medida y apreciar los verdaderos bienes del hombre. Su piedad también asombraba porque llamaba a Dios Abá -papaíto- y confiaba en Él como un niño pequeño confía en su padre. Y, finalmente, con su vida y con su muerte nos enseñó que el verdadero enemigo del hombre es el pecado que nos aparta de Dios.

Los hombres huecos ... menos mal que en esa oquedad nos ha brotado un renuevo ... como diría san Agustín: Bendita culpa.
ResponderSuprimirEl principio de su entrada me recuerda aquello de
ResponderSuprimirA un olmo viejo, hendido por el rayo y en su mitad podrido, con las lluvias de abril y el sol de mayo algunas hojas verdes le han salido...
Tengo una amiga,tratada muy duramente por la vida,a la que todos quieren.No es lista,al uso que damos a esta palabra,ni tiene una conversación atractiva,ni tiene dinero ni posición social alguna.No conozco a nadie qué no quiera pasar horas junto a ella.Y esta mujer dice,con toda sencillez,que siempre que ha tenido que tomar decisiones (muchas,muchas veces)se ha encomendado al Espíritu Santo.Siempre he creido que su enorme atractivo tiene raices muy profundas ancladas en El.Un abrazo de Janusa.Me permito decir a doña Cordelia que a mí me ha sucedido,con el olmo,lo que a ella.
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