-¿Alguno de ustedes sabe lo que es vivir en la presencia de Dios?
En la sala de catequesis se ha hecho el silencio. Los amables jóvenes que se preparan para la Confirmación miraban al techo o al suelo, examinaban sus uñas o simulaban buscar algo en sus bolsillos.
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Samuel vivía en el templo de Silo, capital de Israel. Vivía allí porque su madre, Ana, lo había ofrecido al Señor. Cuando, una noche, oyó que lo llamaban por su nombre, se levantó y se presentó ante el sacerdote Elí diciendo: Aquí estoy, vengo porque me has llamado. Elí no había llamado a Samuel, así que Samuel volvió acostarse. Por segunda vez oyó que lo llamaban por su nombre y, por segunda vez, se levantó y se presentó ante Elí. Elí era un sacerdote experimentado y comprendió lo que estaba ocurriendo. Para Samuel había llegado la hora de aprender lo que significa vivir en la presencia de Dios y que Dios te llame cuando quiera y te despierte, y te lleve y te traiga loco. Anda -le dijo-, acuéstate; y si te llama alguien responde: “Habla, Señor, que tu siervo te escucha”.
Dios habla. A veces tenemos que crecer un poco para aprender a distinguir la voz de Dios. Hay jóvenes -y viejos- que sienten una especie de inquietud buena y no aciertan a explicárselo. No es nada raro, es que Dios habla. Y hay quien vive en la presencia de Dios de tal modo que no pierde ni una sola de las palabras que el Señor pone en su corazón. Santa María, por ejemplo, vivía en la presencia de Dios y no ne se le escapaba nada.
Si la radio está apagada es harto improbable que sintonicemos algún canal. Dios habla, pero si no estamos habitualmente atentos lo más probable es que su llamada nos pase inadvertida. Y no es pequeño el número de quienes -considerando imposible que Dios hable- cuando oyen su llamada se asustan y hacen todo lo posible por huir de Él o, al menos, por acallar su voz.
Hace poco un chico que asistía a una especie de encuentro de oración, o algo así, oyó que pedían voluntarios para entregar la vida a Dios. No era la primera vez que oía tal cosa pero siempre había pensado que eso no era asunto suyo. Aquél día, sin embargo, la llamada no venía solo de fuera sino de lo más profundo de sí mismo. Se agarró con todas sus fuerzas a la silla en la que estaba sentado para no dejarse llevar por el impulso interior que sentía, hasta que no pudo más y echó a correr hacia el lugar donde se estaban reuniendo los voluntarios. Si no le entendí mal tuvo que levantarse, bajar un montón de escaleras, atravesar un túnel y cruzar un campo de fútbol porque, por lo visto, estaban en un estadio. Así que el asunto acabó bien pero podía haber acabado mal si este amigo, como tantos otros, a base de resistir a las llamadas de Dios, se hubiera vuelto sordo para las llamadas de Dios.
También los apóstoles tuvieron que aprender a vivir en la presencia de Dios como Jesús. En realidad podría decirse que todo lo que hizo Jesús con sus discípulos fue mostrarles su morada e invitarlos a vivir con Él en la presencia de Dios: a llamarlo Padre, a darle las gracias, a bendecir su nombre e incluso a dormir a pierna suelta en medio de una tempestad sintiéndose en todo momento, ante la mirada amorosa de Dios.
Hoy he leído el blog de uno que disfruta viendo a sus bebés dormidos y piensa que, cuando él mismo se duerme, Dios puede descansar un ratito contemplando su sueño. Y es verdad: también cuando dormimos estamos en la presencia de Dios. Si lo tuviéramos en cuenta dormiríamos mejor.
Dulces sueños.

Sí, hoy dormiré sonriendo.
ResponderSuprimirGracias