Que hoy sea 31 de Diciembre y que mañana sea 1 de enero no tendría nada digno de especial celebración si no fuera porque, a los ocho de la Navidad, tocaba circuncidar al niño y le pusieron por nombre Jesús, como lo había llamado el ángel después de su concepción.
Mañana se cumplen los ocho días de la Navidad y eso sí que es un asunto memorable y digno de celebración porque, ocho días después de la Navidad, el nombre de Jesús que Dios guardaba en el secreto de su corazón desde la eternidad y que san Gabriel reveló a santa María, se hizo, si puede hablarse así, público y oficial y al Hijo de Dios empezaron a llamarlo Jesús los campesinos, los pastores y hasta los sacerdotes.
Quien invoca ese nombre se salva. Y no es que sea un nombre mágico, no, es que es el nombre del Salvador. Los mejores villancicos hablan del camino que lleva a Belén, del chiquirritín, de la Virgen que, a solas, piensa qué hará, cuando al rey de luz inmensa parirá... Esos villancicos recuerdan lo que es memorable. En cambio eso del Jingle bells, y del ¡Oh! blanca navidad (recordar tu infancia podrás dice, como si fuera el maestro Yoda) no hablan de nada memorable; hablan de cascabeles y de nieve.
Hoy es un día memorable porque es la víspera del día en que María y José hicieron público el nombre de Jesús, ese amabilísimo nombre que trae salvación y paz al mundo y que hace, a quienes creen en él, hijos de Dios.
Por lo demás, ya se sabe: pasan los días, pasan los meses y los años, nos hacemos viejos... Nada digno de especial celebración si no fuera porque Dios se ha hecho hombre, se ha metido en el tiempo y, si puede hablarse así, lo ha agujereado de tal modo que no hay segundo -por triste que sea- que no esté preñado de Él.
¡Feliz octava, amigos!




