El Bautismo de Jesús nos lleva hasta la orilla del Jordán y nada impide que contemplemos este misterio sumergiéndonos con el sol en las aguas de ese amable río para renovar nuestras promesas bautismales chapoteando alrededor del Bautista y salpicando a todo el que se acerque con una lluvia de avemarías.
Las Bodas de Caná -a las que acudimos puntualmente en nuestra calidad de discípulos de Cristo, recién bañados y con la túnica aún chorreando- deben ser contempladas en los ojos de santa María que miran con simpatía a los novios, observan con preocupación el trasiego de los invitados y, finalmente, se vuelven hacia Jesús. Cuando Ella dice a los criados Haced lo que Él os diga, Él descubre en la mirada de su Madre una señal del cielo. Mientras los invitados corren a llenar sus copas con ese vino nuevo que hará famosos a los bodegueros de Caná nosotros observamos a Jesús que ha rodeado con su brazo derecho los hombros de la Señora y le está diciendo algo al oído. Y ya no podemos ver los ojos de santa María -porque los ha cerrado- pero podemos ver su sonrisa.
El Anuncio del Reino de Dios y la llamada a la conversión van siempre juntos. Respondemos a esa llamada llamando a nuestra Madre "Santa Madre de Dios" y observando con qué asombrosa exactitud se cumplen en Ella todas las bienaventuranzas.
La Transfiguración del Señor la contemplamos de lejos porque Jesús ha subido a un monte llevándose consigo solamente a Pedro, a Santiago y a Juan. Nos quedamos con Santa María y vemos cómo se alejan el Maestro y sus tres discípulos favoritos. Y entonces nuestra Madre nos cuenta otra vez lo que profetizó Simeón sobre una espada de dolor y nos pregunta: ¿Vosotros seréis fieles cuando lleguen las pruebas? Y nosotros solo sabemos decirle: Dios te Salve, María, llena eres de gracia... Y vemos sobre el monte un puntito de luz y una nube muy blanca.
La Institución de la Eucaristía se conmemora especialmente el Jueves Santo, y luego cada jueves, cada domingo y cada día. Al llegar a este último Misterio de Luz le pedimos a nuestro ángel que vaya llevando nuestras diez avemarías a los sagrarios más abandonados de la tierra. A nuestro ángel no le cuesta nada realizar este encargo y así, ocurre a veces que un sacerdote abre la iglesia de un pueblito y ve una flor hermosísima -una rosa, por más señas- que alguien ha dejado junto al sagrario y repara en que es jueves y sonríe pensando: mira, ya ha pasado por aquí el ángel de los Misterios de Luz.

Tocada por lo de los sagrarios abandonados y el ángel mensajero de avemarías.
ResponderSuprimirPues ¡animo, doña Miriam! ¡No se hunda!
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